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Los Cuentos étnicos de Gerardo Maloney

Por: Pedro Rivera |



La editorial, Formato 16, de la Universidad de Panamá, tomó la decisión de editar esta obra por su trascendencia y significado. Por las mismas razones que la indujeron a publicar hace algunos años el poemario 'Juega vivo' del mismo autor. 'Cuentos étnicos y Juega vivo' son dos libros básicos. Ambos libros rescatan y exponen con el estilo que emana uno de los fundamentos de nuestra compleja, cambiante y enriquecida identidad.

Son libros que rompen con la exclusión. Son pertinentes porque resaltan la singularidad en la diversidad.  El yo respecto al otro. Pero también el nosotros en nosotros mismos y con demás.

Mi yo tú diría Gerardo en una de las metáforas más emotivas de las que yo tenga memoria.

Esto, lo del hombre en su medio social-histórico, en su hábitat, es decir, con la misma gente en su mismo ambiente, es lo que motiva la obra de Gerardo Maloney, toda ella, incluyendo la de carácter periodístico, cinematográfica y sociológica.

Es bueno recordar que existe una definición oficial de lo que es el cuento. Se trata de una breve historia de ficción, oral o escrita, con pocos personajes, de intrigas y sucesos, cuyo clímax condiciona un rápido desenlace. Así más o menos lo describen los académicos.

Cortázar compara el cuento con una esfera. Pero también dice que es una síntesis viviente de la vida. El dominicano Juan Bosh lo percibe como una fotografía instantánea. Algo así como un flash. Flamer y OConnor sostiene que un cuento compromete, de modo dramático, el misterio de la personalidad humana. Es como un temblor de agua dentro de un cristal, un destello fugaz en algo que permanece y continua..." Borges afirma que el cuento es todo lo que sucede entre un principio y un fin que el autor sabe o intuye de antemano. Ernest Hemingway apuntala que para escribir un cuento hay que eliminar todo lo que sobra a la historia.

Para mí, el cuento es un gancho al hígado. Un uppercut. Un nocaut fulminante.

Es muy probable que en el ejercicio de escribir se perciba inevitablemente la relación que hay entre quien escribe, con el ambiente que lo rodea y el lector. Es lo que en toda historia, real o ficticia, se denomina el escritor y su contexto.  Dicho como lo diría Ortega y Gasset: entre el hombre y su circunstancia.

¿Y cuál es, en este caso, el contexto histórico sobre el cual se asienta el quehacer de Maloney como sociólogo, cinematografista y hombre de letras?

Diré algunas cosas del contexto.

En 1903, cuando nos separamos de Colombia, éramos apenas 300 mil seres humanos, en toda la geografía nacional. Aproximadamente la misma cantidad de habitantes que vive en el Distrito Especial de San Miguelito hoy por hoy. Créanlo. Es la purita verdad.

Hoy somos 4 millones. Entre 13 y 14 veces más seres humanos de los que había antes de construirse el Canal. Una población como esa no se alcanza en tan poco tiempo por muy prolíficos que hubiesen sido los que habitaban este territorio en los albores del Siglo XX. Es una población que se alimentó y sigue alimentándose de emigrantes. Gran parte de esa población emigró de las islas del Caribe por las razones que todos conocemos. Y que no es necesario repetir aquí.

Este es un país de tránsito. Pero también de oportunidades.  Los demógrafos sostienen que aquí la gente no duerme. Dedica mucho tiempo a las actividades reproductivas. Pero lo cierto es que en este país hasta los que van de paso dejan hijos.

Lo que quiero decir con esto es que Panamá es un país de emigrantes. Así debemos entenderlo. Un país abierto a todas las etnias, a todas las culturas, a todos los cultos, a todas las influencias. Es como la Roma Antigua: accesible desde todos los caminos. Es esa particularidad la que nos hace ser lo que somos hoy.

Yo diría que la nuestra es una sociedad de las síntesis perpetuas. Y es importante que se diga porque a través de sucesivas síntesis culturales y étnicas es como los pueblos impiden que la vida y la identidad se conviertan en naturaleza muerta.

Déjenme decirles que Gerardo Maloney en este libro salta con garrocha algunas imposiciones académicas de la lengua española, pero sin transgredirla. Sin faltarle el respeto. Más bien enriqueciéndola.

Si Maloney no manejara a los personajes como los maneja, estas historias carecerían de brillo y de autenticidad.  No revelarían con la sutileza que las caracteriza su origen y singularidad cultural.

En mi muy modesta opinión estos no son cuentos de situaciones sino de personajes. Prototipos de hombres de carne y hueso obligados a surfear las encrucijadas, las trampas y aberraciones del sistema. 

Pero también es un libro de reflexión. ¿Quiénes somos los negros? El hecho de que unos hayan nacido bajo el tutelaje de los españoles, o bajo el tutelaje de los ingleses, o bajo el tutelaje de los franceses u holandeses, o que nos hayamos mestizado, ¿eso nos hace diferentes? ¿Por qué dos personajes de uno de los cuentos, Pedro y George, y antes sus abuelos, en vez de ser hijos del amor y vinculados por sus genes ancestrales tienen que ser hermanos en el odio?

Estos cuentos, por supuesto, reflejan sin manierismos esteticistas la discriminación, la hegemonía blanca, el apartheid, el ghetto y nuestras propias mendicidades: los túneles sin salida en los que quedan y quedamos atrapados hombres como el pantera negra Franky.  O como Shaty, el político con ínfulas de grandeza. O la reflexión de Lito, panameño, soldado del ejército norteamericano, excombatiente de Vietnam, alguna vez maltratado por la policía panameña, de la que alguna vez quiso vengarse. 

Personajes obligados, como en la vida real, a vivir tragicomedias, a envilecerse, a luchar por elevar su condición humana, a sufrir sus derrotas y gozar sus victorias, a negar certezas y reinventar caminos.

Obras como estas, provocadoras, desafiantes, de personajes disidentes, como el propio autor, cuya originalidad anti modélica salta a la vista, demuestran que el alma de los pueblos no es pétrea, ni egoísta, ni aislada, ni enmohecida, ni enraizada en la unilateralidad cultural y estilística sino, por el contrario, reafirma la libertad creadora inmanente al hombre y a una existencia que en vez de restar, agrega. 

Y digo esto porque en materia de arte no hay resta sino suma. El arte interpreta, congrega, reafirma lo que se es, explica y multiplica. Une. No divide. Y porque la literatura, como ocurre con estos cuentos de Maloney, le devuelve a la comunidad a la que se pertenece renovados motivos para reír, trabajar, amar, celebrar, y luchar para que la vida sea digna de ser vivida.

Apertura de acto de presentación de

Cuentos étnicos de Gerardo Maloney

Hotel Torres de Alba, Salón Auro, 4:p.m.

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