"2026: Año del fortalecimiento de la autonomía universitaria, mediante la elección democrática de sus autoridades"


Necesaria Reflexión

Por: Gricelda Castillo Escobar |



En el mundo globalizado de la Edad Contemporánea (1789 hasta el presente ), en el Lejano Oriente, en Japón, aunado a las tradiciones de respetar, honrar y cuidar a los mayores, el gobierno sublima estas, con una política de Estado instaurada desde 1950 con el programa de Los Tesoros Nacionales Vivientes que otorga dicho título a ciudadanos maestros en sus respectivas habilidades y técnicas artesanales, que por la ancianidad de quienes lo conocen expertamente y por desuso, son artes en peligro de desaparición.

La gente mayor en edad de jubilarse, por otra parte, se jubila únicamente de la fase laboral formal de su existencia. No se jubilan de la vida y mucho menos de la sociedad. El gobierno aprovecha el potencial de los viejos como voluntarios comunitarios que a lo largo y ancho de toda la geografía japonesa, brindan servicios directamente vinculados al bienestar y calidad de la vida social como, dirigir el tráfico, por ejemplo, y otros.

En China, donde si bien es cierto que la mayor población del mundo es demográficamente vista como un problema , aun con las contradicciones y dificultades surgidos en el proceso de desarrollo económico y social de ese país, la sociedad, El Estado y el gobierno continúan desplegando comportamientos domésticos, comunitarios, regionales y nacionales fundamentados, cuando se trata de la vejez, en la sentencia confucionista de si uno no demuestra respeto hacia los ancianos, en qué se diferencia de los animales? ( Confucio 551 aC. - 479 aC: ), y en la delicada malla de interrelaciones de tan extenso tejido social en un SXXI que comenzó con apogeo, los ancianos se convierten en pilar de la sociedad y continúan siendo admirados y respetados por la misma.

En la India, el respeto a los mayores y a los ancianos continúa siendo uno de los importantes pilares culturales de su sociedad. El respeto a todos y especialmente a los mayores es enseñado y aprendido en todos los ámbitos de vida e incluye todos los libros de la cultura de esa nación. Se respeta la vida que tienen a sus espaldas, su experiencia y sus conocimientos y, así mismo, son deseables, porque son indispensables, sus opiniones y su aprobación. Porque son respetados e inspiran autoridad, acostumbran arrodillarse ante ellos y tocar sus pies en señal de respeto.

En África, hoy día, en muchas de sus sociedades es cierto que existe lo que en Occidente llamamos eufemísticamente brecha generacional (para ocultar nuestras deficiencias en la trasmisión de los valores culturales a través de aprendizaje socia ), porque la mayoría de la población joven africana no conoció el colonialismo. Ellos nacieron en países ya independientes y las mismas deficiencias estructurales de sus sistemas educativos han sido deficitarias en la tarea de impregnarlos, empaparlos y consolidar en ellos la memoria histórica suficiente y necesaria para organizarse hacia el reclamo del poder, fundamentados, no únicamente en el hecho de ser jóvenes. Jóvenes que han tenido en sus países cruentos enfrentamientos con sus respectivas autoridades, pero que se han circunscrito casi siempre a reclamos laborales, más o menos resueltos.

En el terreno de la realidad, nada ha sido modificado. La media de edad entre los gobernantes africanos es de 70 años. Y, aun cuando hay sectores que se refieren a sus gobernantes como personificaciones viejas de las dictaduras o dictaduras de los viejos, tras la aparente brecha, una filosofía de vida, milenaria, profunda y de la cual todas las naciones africanas están empapadas, Ubuntu, impide el rompimiento entre generaciones, propugna por la sociedad antes que el individuo, preserva el respeto y la veneración hacia los mayores, estrecha los lazos sociales como cosa solidaria e impide los desmanes individualistas porque Ubundu significa soy porque nosotros somos y hay un orden que debe ser respetado. Ryszard Kapucscinski ( 19322007 ), en su libro Ébano (junio del 2010 ), lo ilustra diciéndonos que en África, todavía, a los viejos se les obedece a rajatabla y absolutamente.

Aquí, en Panamá, entre nosotros, en estos momentos de nuestra vida familiar, comunitaria, laboral y social, la condición de los adultos mayores y su situación, en términos de valoración, nos está convirtiendo en una de las naciones menos civilizadas de la tierra.

Veamos: como contexto, hemos repasado los indicadores demográficos y aspectos cualitativos en la evolución social de la vejez. Jurídicamente, en Panamá la edad avanzada no es impedimento para estar protegido de discriminación y las leyes de seguridad social establecen los deberes y derechos para las personas de la tercera edad y jubilados, nacionales y extranjeros. La administración del Estado, a cargo del aparato de gobierno, incluye (excepción hecha del Ministerio de Desarrollo Social, que si desarrolla normas puntuales para la atención de los adultos mayores y cuenta con una Dirección Nacional, una filosofía y la logística necesaria y pertinente para esa tarea), a los adultos mayores con el resto de la población ,como sujetos de su atención.

Lo expresado, presupone que se tiene acceso a la igualdad de oportunidades, en la teoría. En la realidad, no hay equidad y la percepción, interpretación y las conductas (todas aprendidas), hacia nuestros adultos mayores, se manifiestan como herencias típicas del Occidente que nos ha sido legado desde Grecia y Roma, pero en sus más criticables expresiones, porque no es tanto un asunto legal, como un asunto de cultura, asumiendo como buena definición de cultura, que esta es la conducta humana compartida, aprendida y transmitida de generación en generación.

A lo anterior, debemos agregar la herencia de desangramiento en vida que recibimos diariamente, semanalmente, quincenalmente, mensualmente, anualmente, de por vida y ad infinitum, porque junto con nuestros descendientes que aún no han nacido, hemos sido declarados por el capitalismo neoliberal, deudores eternos. Ese capitalismo que con la globalización, se ha empoderado sobre la vida de todos. Régimen económico que en pro de beneficios monetarios, convierte a los pacientes (incluso los adultos mayores ), de los sistemas públicos de salud, en clientes y un adulto mayor que no cuente con dinero para ser cliente, es desechable.

Adquirir la condición de desechable, implica también que se ha rebasado las etapas de la juventud y que el aspecto físico carece ya de los rasgos que culturalmente se imponen como sinónimos: juventud igual a vigor, lozanía y belleza. Paradójicamente, no es la población de diversas edades la que ha originado la cultura del desprecio, del acoso, de la disminución, de la falta de respeto y, más trágico aún para los mayores que la sufren, la cultura de la ausencia de amor hacia nuestros adultos mayores.

Quién o qué entidad esconde la raíz de este mal social? Esa criatura, que la mayoría conocemos porque a través de la producción, la distribución y el consumo nos relacionamos indirecta o directamente con ella, pero a la que no se puede identificar de primera mano: el mercado. La Segunda Guerra Mundial, una vez concluida dejó al mundo no sólo los muertos de todos los bandos, dejó también una nueva distribución geopolítica y territorios distribuidos de nueva manera y, con esos territorios, nuevos mercados. Uno de estos, es el gran mercado de la juventud cuyos clientes abarcan desde los recién nacidos hasta (sin importar la edad cronológica), los que pueden sufragar los costosos procedimientos clínicos, quirúrgicos y/o estéticos que prometen devolver la juventud.        

Paradójicamente, son los jóvenes y no los adultos mayores, quienes más gastan en ese rubro.

Pero ese anhelo de los jóvenes por la perfección física no llegó solo. Desde principios de la década de los años 90, en que el mercadeo de la cultura de juventud comenzó a tomar auge en Panamá, se ha venido produciendo una curiosa ecuación: a mayor perfección juvenil /menos sensibilidad y empatía en la otredad. Y si el otro o los otros son adultos mayores, entonces son estorbos que han de ser castigados socialmente, por haber envejecido.

Deliberadamente ciegos y sordos frente a declaraciones de la ONU, de la OMS y de la OPS, fundamentadas en el Plan de Acción de la Organización Panamericana de la Salud sobre la salud de las personas mayores, incluido el envejecimiento activo y saludable (2009), la Declaración de Compromiso de Puerto España (2009) y la Carta de San José, en el sentido de que los viejos son cada vez más longevos, todos los panameños hemos estado presenciando como la violencia de todo género , hace presa de nuestros adultos mayores. Obviando el tema de las estadísticas criminales (exaltadas con suficiencia y cotidianamente en los medios masivos de información), que hoy liberados de toda responsabilidad legal y moral, son instrumentos el que algunos programas  generen, promocionen y consoliden en Panamá, la cultura del desprecio a la vejez, sometiendo al escarnio público al anciano común y al destacado mediante un acoso continuo y despiadado expresado en motes o sobrenombres, en chistes en TV, la radio y en redes sociales, en caricaturas de periódicos y en cibercaricaturas como los memes y en el uso de lenguaje ofensivo que aun cuando no sea soez, tampoco es dignificante, como llamarlos abuelitos .

Todo eso es violencia, violencia que tácitamente pareciera pretender el desplazamiento de nuestros adultos mayores, de los espacios que han ganado legítimamente en una vida de trabajo y dedicación, al servicio de nuestra sociedad, hacia los oscuros laberintos del olvido aplicándoles, decía el Maestro García Márquez ( Cien Años de Soledad ), un régimen de implacable hostilidad.

Curiosamente, es en esta etapa de la vida, al menos en Panamá, una etapa en la que hombres y mujeres, paradójicamente son tratados , y no para bien, con igualdad de género, porque ya envejecieron.

Hostil al envejecimiento , discriminadora contra la vejez y violenta y acosadora contra los adultos mayores nuestra sociedad , objetivamente, no reflexiona y no se prepara para hacerle frente al país de viejos que Panamá será a mediados de este siglo.

Por lo demás, reitero siempre , envejecer, te jubila solo de un trabajo pero no te jubila de la sociedad. Solamente han envejecido y de la vida, todos nos jubilamos sólo cuando morimos y aun así, ni muertos nos jubilamos de la sociedad.

Qué hacer? Son consideraciones que desarrollaremos en nuestro próximo artículo.

*La autora es profesora de antropologia de la facultad de humanidades     

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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