El gran secreto en el cuento de Rogelio Ávila
El cuento, sin duda alguna, uno de los géneros más cultivados en la historia de la literatura en nuestro país, tiene características fundamentales; entre ellas, el elemento sorpresa. Muchos escritores nuestros tienen la gran habilidad para relatar, pero no tienen la capacidad de sorprender al lector; es decir, de crear un buen cuento. El cuentista que no sorprende no es cuentista; es un relator.
Rogelio Guerra Ávila (Panamá, 1963) es un escritor que tiene la capacidad de sorprender, es decir, tiene la habilidad necesaria para contar cuentos. Su obra, Las dos Marías, forma parte del cuentario El suicidio de las rosas y es una clara evidencia de lo que manifestamos.
En primer lugar, en el párrafo introductorio, Guerra no se refiere ni siquiera a los personajes principales del relato, sino que enfoca su atención narrativa en la vida de unos italianos, de edad avanzada, cuyas hijas viven en Argentina, compran una casa enorme, la cual convierten en una pensión, La Nazarena, en honor al Cristo Nazareno de la Atalaya, del cual eran devotos.
Los ancianos son felices, sus cuartos solo eran alquilados a personas de ambos sexos, aunque compartían cuartos hombres con hombres y mujeres con mujeres. No debía haber ninguna manifestación de inmoralidad. Allí, el protagonista conoce a la que, según él, es la mujer más hermosa del mundo. No obstante, sus amigos le comentan que está mujer no le está permitida, pues ella lleva una relación amorosa con su compañera de cuarto.
Como vemos, el lector logra sorprendernos por primera vez, pues pudo pensar que la historia estaba dirigida a la pareja de ancianos que compró la casa. No obstante, ahora hay tres personajes diferentes: el narrador y las dos Marías, que así se llaman las hermosas mujeres que comparten el cuarto. Los compañeros, insisto, le comentan al narrador de la relación lesbiana que hay entre las dos Marías, la cual él se niega a aceptar.
Para salir de dudas, decide cortejar a María Guadalupe, quien para él era la favorita. No obstante, la muchacha le cuenta que no puede ser y, sin remilgo de ninguna clase, le afirma que no puede tener relación amorosa con hombre alguno, porque ella convive con la otra María. El narrador se decepciona, hasta que un día las dos Marías lo llaman. María le dice a María Guadalupe que le dé al narrador lo que quiere (un poco de amor) y ella acepta. No obstante, María Guadalupe le comenta al narrador que ellas se pusieron de acuerdo porque quiere salir embarazada y que lo han elegido a él para que sea el padre. Él se ofusca, pues el ofrecimiento le pareció indecoroso y recriminó a las dos Marías por la inmoralidad de la propuesta.
Entra en juego una tercera sorpresa. La pensión fue vendida y todos los inquilinos fueron echados. Pasó algún tiempo y nadie volvió a saber de nadie, hasta que un día el compañero de cuarto se encuentra con el narrador y le comenta que vio a las dos Marías y que María Guadalupe tenía una hija de ocho años.
El narrador respondió con su silencio y con su indiferencia, pues sus amigos saben que él rechazó la propuesta de embarazar a María Guadalupe. No obstante, el narrador, en el último párrafo del relato, confiesa algo que, como lectora, me sorprende y me lleva a admirar la creación de Guerra Ávila: Lo que él nunca supo, ni sabrá nadie, es que aquella niña era mi hija. Varios días después del terrible incidente de la Cueva de las Fieras, habiendo recuperad el sosiego y con una visión distinta sobre la vida y sus desencantos, volví a hablar con las dos Marías y acordamos llevar a cabo sus planes. Acepté conforme a los términos de la propuesta. Eso sí, la única condición que les impuse fue que nuestro hijo fuera concebido a la manera tradicional como lo dispuso Dios y no sobre una mesa de laboratorio. Ellas titubearon al principio, en especial María Guadalupe. Pero María Gambau le pareció el precio justo de una recompensa bien ganada, no tanto por la nobleza de mi conducta, sino por la desgracia de mi amor sufrido que no hallaría en otra la paz que yo tanto pedía. (Pág. 47).
La autora es docente en la facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá.


