La dicotomía alma cuerpo
La metafísica entendida como fusión entre la teología natural y ciencia universal sirve para interpretar la revelación divina compuesta por la unión entre revelación especial y revelación general. La escisión a la unidad alma cuerpo, que inició en 1277 con los voluntaristas y terminó con el binomio fenomenal – noumenal de Immanuel Kant a finales del siglo XVIII, separó la metafísica en metafísica especial para aclarar la revelación especial y metafísica general para descifrar la revelación general.
“Han cortado al hombre en dos, enfrentando una mitad contra la otra. Le han enseñado que su cuerpo y su consciencia son dos enemigos enzarzados en un conflicto mortal, dos antagonistas de naturalezas opuestas, demandas contradictorias y necesidades incompatibles, que beneficiar a uno es perjudicar al otro, que su alma pertenece a un reino sobrenatural, pero su cuerpo es una prisión malvada que lo mantiene esclavo de esta tierra – y que el bien consiste en derrotar su cuerpo, pulverizarlo a través de años de paciente lucha, cavando su camino hacia ese glorioso escape de prisión que conduce a la libertad de la tumba”, sostenía la filósofa objetivista Ayn Rand.
Tomemos, por ejemplo, el gran mandamiento de Jesús: ama a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y el segundo es semejante: ame al prójimo como a ti mismo. En él está implícito el ser divino, matemático (corazón, alma y mente) y físico (ame al prójimo como a ti mismo).
Esa es la fusión entre teología (ser divino) y ciencia universal capaz de ocuparse de todo lo real (ser físico), sin restricción alguna (validez de los sentidos como axioma), del ser en cuanto al ser y los atributos que le pertenecen (ser matemático).
“Como productos de la separación entre el alma y el cuerpo del hombre, surgieron dos tipos de maestros de la Moralidad de la Muerte: los místicos del espíritu y los místicos del músculo, a quienes llamáis los espiritualistas y los materialistas, los que creen en consciencia sin existencia y los que creen en existencia sin consciencia. Ambos demandan la sumisión de tu mente, el uno a sus revelaciones (especiales), el otro a sus reflejos (revelaciones generales). Sin importar cuánto se afanen en los papeles de antagonistas irreconciliables, sus códigos morales son iguales, y así lo son sus objetivos: en materia, la esclavitud del cuerpo del hombre; en espíritu, la destrucción de su mente”, aclaró Rand.
El filósofo Tomás Calvo Martínez enseña en su obra “Aristóteles y el aristotelismo” que “la unidad de la metafísica fue cuestionada y negada a finales del siglo XIX sobre la base de la distinción moderna entre metafísica general y metafísica especial: la ontología sería una metafísica general y la teología una metafísica especial, resultando imposible cualquier unificación coherente de ambas”.
El pensamiento aristotélico tomista del siglo XIII encontró coherencia e integración entre la ciencia universal, teología natural y teología revelada como unidad alma cuerpo en un solo universo ordenado, inteligible, racional y benevolente. “¿Os dais cuenta de qué facultad humana esa doctrina fue concebida para ignorar? Fue la mente del hombre la que tuvo que ser negada para poder descuartizarlo. Una vez que él concedió la razón, quedó a merced de dos monstruos a los cuales no podía ni comprender ni controlar: un cuerpo movido por instintos incontrolables y un alma movida por revelaciones místicas – se quedó como la indolente y devastada víctima de una batalla entre un robot y un dictáfono”, explicó Rand.
El pastor John MacArthur indicó que la revelación general se aprecia “cuanto más examinamos la inmensidad del espacio o las partículas más diminutas de su estructura molecular, más obligados nos sentimos a reconocer, sorprendidos y asombrados, la verdadera grandeza del Creador”. Esta revelación corresponde al descubrimiento de la sabiduría que el Señor dejó dispersa en su creación, hoy la ciencia moderna.
La revelación general prácticamente ha sido usurpada, como producto de la escisión de la metafísica, por los materialistas y naturalistas ateos, escépticos, laicos y agnósticos, mientras que “Dios se sirve de la revelación especial cuando se revela a sí mismo directamente y en mayor detalle. Dios ha hecho esto por medio de su intervención directa, sueños y visiones, la encarnación de Cristo y las Escrituras”, señaló McArthur.
Bajo la unidad alma cuerpo, las realidades inmóviles e inmateriales (ser divino), no inmóviles e inmateriales (ser matemático) y no inmóviles no inmateriales (ser físico) se encuentran en armonía en el conocimiento sensible dejando brotar el gran mandamiento en el conocimiento ético; en tanto, con la dicotomía alma cuerpo, Dios y las matemáticas están fuera del conocimiento sensible separándose de la física, y es así como niegan la mente de Cristo para descuartizar el segundo mandamiento: ame al prójimo como a ti mismo mediante los constantes conflictos y guerras que sucedieron tras la escisión de 1277.
“Le han enseñado al hombre que él es un inepto desahuciado compuesto de dos elementos, ambos símbolos de la muerte. Un cuerpo sin alma es un cadáver, un alma sin cuerpo es un fantasma; pero ésa es su imagen de la naturaleza del hombre: una batalla campal entre un cadáver y un fantasma, un cadáver dotado de algún tipo de malvada voluntad propia y un fantasma dotado con el conocimiento de que todo lo conocido por el hombre no existe, sólo lo desconocido existe”, describió Rand.
El lamentable, triste y bochornoso espectáculo que brindan los distintos arquetipos que surgieron a raíz de la separación entre el cuerpo y alma del ser humano, se expresa en la disputa eterna entre el empirista ateo y el sobre naturalista creyente, una dicotomía que previamente había llevado a las divisiones entre católicos y protestantes y posteriormente a la de su versión secularizada de la derecha e izquierda política, la cuarta rama de la filosofía desligada de la ética y esta de la epistemología o teoría del conocimiento y metafísica o realidad.
El autor es Magister y Docente de la Facultad de Comunicación Social


