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Cuando el folclore pierde su rostro en un mundo de plataforma

Por: Roberto AntoniPinto y Arturo Coley Graham | Publicado el: 21 mayo 2026



En tiempos digitales, el folclore no está muriendo: está circulando. Está en videos, transmisiones, páginas, plataformas y redes sociales. Está más visible que antes. Incluso entre nosotros mismos conocemos aspectos de nuestro folclore que antes ignorábamos; la saloma, por ejemplo, se ha vuelto mucho más conocida en los últimos años gracias a las redes y ha despertado interés incluso entre extranjeros.

Pero el problema no es su presencia en esas plataformas. El problema es otro: cada vez más elementos identitarios del país aparecen con menos personalidad propia y con más señales de imitación, y eso sí debe preocuparnos.

Hoy no basta con decir que la tradición sigue viva en las plataformas. Hay que preguntarse cómo sigue viva y qué está ocurriendo con ella en ese tránsito hacia lo digital. Porque una cosa es proyectar la cultura popular en nuevos formatos, y otra muy distinta deformarla para que encaje en modelos ajenos. Ahí está el punto de quiebre. Ahí comienza el riesgo para la identidad.

En Panamá, y en muchos otros espacios de tradición, se ha ido instalando una idea lamentable: que lo nuestro, tal como es, no basta; que hay que “mejorarlo”; que hay que ponerle algo de afuera para que luzca más atractivo, más moderno o más bonito. Esa mentalidad no es inocente. Es una forma de menosprecio cultural. Y cuando se vuelve costumbre, termina alterando la esencia misma de las expresiones folclóricas.

Se nota en los sonidos. Se nota en ciertos instrumentos incorporados sin criterio. Se nota en adaptaciones de tambores que responden más al gusto de la moda que a la memoria de una tradición. Se nota en bailes que empiezan a perder su forma para parecerse a otros que circulan mejor en internet. Se nota, incluso, en la puesta en escena de grupos que ya no quieren representar lo que son, sino lo que creen que “se ve mejor” desde una mirada externa.

Ese es el problema de fondo: hemos comenzado a mirar nuestra cultura con ojos prestados. Y cuando una sociedad empieza a evaluar sus expresiones tradicionales desde parámetros ajenos, entra en terreno peligroso. Ya no crea desde sí misma. Ya no se reconoce desde su propia historia. Empieza a corregirse, a suavizarse, a disfrazarse para responder a una estética importada.

Basta entrar en muchas redes dedicadas al folclore para advertirlo. Allí aparece una tendencia cada vez más visible: la uniformidad. Todo comienza a parecerse. Los estilos se copian. Las sonoridades se repiten. Las coreografías se acomodan a fórmulas de consumo fácil. Lo regional pierde fuerza. Lo particular se diluye. Y, en nombre de una supuesta modernización, se va borrando la diferencia que da sentido a una tradición.

Eso no es un detalle menor. La riqueza del folclore está precisamente en su diversidad, en sus acentos locales, en sus matices, en sus maneras propias de tocar, cantar, bailar, vestir y celebrar. Cuando esa diversidad se reemplaza por esquemas homogéneos, lo que se pierde no es solamente una forma artística: se pierde una manera de narrar la historia de una comunidad.

Lo más preocupante es que muchas de estas alteraciones se defienden con argumentos débiles. Se dice que “hay que evolucionar”. Se dice que “hay que actualizarse”. Se dice que “así conecta más con los jóvenes”. Pero evolucionar no puede significar renunciar a la raíz. Actualizar no puede ser sinónimo de copiar. Y conectar con nuevas generaciones no exige vaciar de contenido aquello que se quiere transmitir.

Las tradiciones, por supuesto, se transforman. Siempre lo han hecho. Ninguna cultura permanece intacta. Pero transformarse no es lo mismo que desfigurarse. La diferencia está en si el cambio nace de la comunidad, de su experiencia, de su proceso histórico, o si responde simplemente a la ansiedad de parecerse a otros. Cuando el cambio rompe el sentido cultural y solo persigue aprobación visual o impacto inmediato, ya no estamos hablando de continuidad, sino de sustitución.

El folclore puede y debe habitar el mundo digital. Debe circular, documentarse, enseñarse y hacerse visible. Eso no está en discusión. Lo que sí debe discutirse es el precio de esa circulación. Porque, si para ser visto necesita renunciar a lo que lo define, entonces el costo es demasiado alto. Una tradición no se fortalece cuando se vuelve más parecida a otra; se fortalece cuando logra proyectarse sin dejar de ser ella misma.

Hoy el peligro no es la desaparición silenciosa del folclore. El peligro es su vaciamiento: que siga presente, sí, pero sin espesor cultural; que conserve el nombre, pero no el sentido; que mantenga el vestuario, pero pierda el alma; que se exhiba mucho, pero represente poco.

Defender el folclore en tiempos digitales exige más que entusiasmo. Exige criterio. Exige memoria. Exige respeto por la diferencia. Y exige, sobre todo, abandonar de una vez esa vieja inseguridad que nos hace creer que lo ajeno siempre luce mejor que lo propio.

No todo lo que viene de afuera enriquece. No toda mezcla mejora. No toda adaptación honra la tradición. A veces, detrás del brillo de lo nuevo, lo que hay es una renuncia disfrazada.

Y un país que empieza a embellecer su folclore a costa de su identidad no está avanzando: está cediendo terreno.

Los autores son Roberto Antonio Pinto Rodríguez, Doctor en Ciencias de la Comunicación Social y profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá, especialista en medios de comunicación y cultura; y Arturo Coley Graham, catedrático de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá y doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, España.

 

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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