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Reflexión — 12 de mayo, Día Internacional de la Enfermera/o 2026

Por: Yoel Barria | Publicado el: 14 mayo 2026



Ser enfermera o enfermero no es únicamente ejercer una profesión. Es asumir una forma de vivir, de sentir y de comprender el sufrimiento humano desde la compasión, la ciencia y la entrega. La enfermería no nace solamente en las aulas universitarias ni en los hospitales; nace profundamente en el corazón de quienes descubren que servir a otros también es una manera de darle sentido a la propia existencia.

Desde los inicios de la humanidad, el cuidado ha sido un acto esencial para la supervivencia. Mucho antes de que existieran hospitales, protocolos o diagnósticos, ya existían manos que sostenían al enfermo, miradas que acompañaban al moribundo y voces que brindaban consuelo en medio del dolor. Allí comenzó verdaderamente la enfermería: en el acto humano de cuidar.

La historia de la enfermería está marcada por mujeres y hombres que decidieron dedicar sus vidas al bienestar de los demás. Hablar de enfermería es inevitablemente recordar a Florence Nightingale, considerada la madre de la enfermería moderna, quien comprendió que cuidar no era solamente aliviar síntomas, sino dignificar la vida humana. Nightingale afirmaba que “la enfermería es poner al paciente en las mejores condiciones para que la naturaleza actúe sobre él” (Nightingale, 1860). Detrás de esta frase existe una verdad profunda: el cuidado no es un procedimiento frío; es un acto profundamente humano que reconoce la vulnerabilidad de las personas y responde a ella con conocimiento, sensibilidad y amor.

Ser enfermera o enfermero significa estar presentes en los momentos más trascendentales de la vida humana. Estamos cuando un niño da su primer aliento; cuando una madre llora de emoción al abrazar a su hijo; cuando un paciente escucha un diagnóstico que cambiará su vida; cuando un adulto mayor teme quedarse solo; cuando una familia necesita esperanza; cuando alguien parte de este mundo y requiere una mano que le permita sentir que no está abandonado. La enfermería acompaña la vida desde el nacimiento hasta la muerte, y quizás por ello es una de las profesiones más profundamente humanas que existen.

La sociedad muchas veces observa la enfermería únicamente desde lo técnico: administrar medicamentos, tomar signos vitales, ejecutar procedimientos o asistir tratamientos. Sin embargo, quienes vivimos esta profesión sabemos que la esencia del cuidado va mucho más allá. La enfermería implica escuchar silencios, interpretar miradas, comprender temores y brindar seguridad cuando el dolor parece superar las fuerzas humanas. Jean Watson sostenía que el cuidado es el núcleo moral y filosófico de la enfermería. Para Watson, cuidar significa establecer una conexión auténtica entre seres humanos, una relación en la que la dignidad, la empatía y la sensibilidad permiten sanar incluso cuando no es posible curar (Watson, 2008).

Y es que muchas veces la enfermería no puede evitar la enfermedad, pero sí puede evitar la soledad del paciente. Puede ofrecer alivio emocional, esperanza y acompañamiento. Una palabra dicha con ternura puede convertirse en medicina para el alma. Una mano sostenida en silencio puede transmitir más tranquilidad que cualquier tecnología. Allí reside la grandeza invisible de esta profesión.

Ser enfermera o enfermero también es vivir una vocación de sacrificio. Existen noches interminables, jornadas agotadoras, cansancio físico y emocional, momentos de frustración e impotencia. Hay días en los que el sufrimiento humano parece demasiado grande y el cuerpo apenas encuentra fuerzas para continuar. Sin embargo, aun en medio del agotamiento, la enfermería vuelve cada día al lado del paciente. ¿Por qué? Porque existe algo más fuerte que el cansancio: la vocación.

La vocación no puede imponerse ni enseñarse completamente. La vocación se siente. Es esa fuerza interior que impulsa a permanecer junto a quien sufre incluso cuando nadie observa. Es comprender que el cuidado no es una obligación mecánica, sino un compromiso ético con la humanidad. La enfermería exige conocimiento científico, pero también requiere sensibilidad, paciencia y amor genuino por las personas.

El Consejo Internacional de Enfermeras (CIE), en este año 2026, nos invita a reflexionar bajo el lema: “Nuestras enfermeras. Nuestro futuro. Las enfermeras empoderadas salvan vidas” (Consejo Internacional de Enfermeras [CIE], 2026).

Este lema reconoce que fortalecer la enfermería no solo mejora la atención sanitaria, sino que también transforma sociedades enteras. Empoderar a las enfermeras y enfermeros significa brindarles condiciones dignas, liderazgo, reconocimiento, educación continua y bienestar emocional, para que puedan ejercer plenamente su vocación y continuar salvando vidas desde la ciencia, la humanidad y el cuidado.

Este mensaje posee una enorme profundidad humana y social. Durante décadas, la enfermería ha entregado silenciosamente su esfuerzo, su tiempo y muchas veces incluso su estabilidad emocional al servicio de los demás. Sin embargo, pocas veces se reflexiona sobre las necesidades de quienes sostienen diariamente los sistemas de salud. Hablar del fortalecimiento de la enfermería significa hablar de dignidad laboral, salud mental, reconocimiento profesional, formación continua, salarios justos y condiciones humanas de trabajo.

Cuando una sociedad invierte en enfermería, invierte en prevención, educación, promoción de la salud y calidad de vida. Un sistema sanitario fortalecido por profesionales competentes y valorados disminuye enfermedades, mejora la atención, reduce complicaciones y contribuye al bienestar colectivo. La enfermería no representa un gasto; representa una inversión humana y social.

Esta reflexión también nos obliga a mirar hacia dentro de nuestra profesión. Muchas veces aprendimos a cuidar de todos, excepto de nosotros mismos. Aprendimos a resistir el cansancio, a callar el agotamiento y a continuar aun cuando las fuerzas parecían desaparecer. Sin embargo, ningún ser humano puede sostener el cuidado de otros si ha olvidado completamente su propio bienestar. Cuidar a quienes cuidan significa reconocer que detrás del uniforme existen seres humanos con emociones, familias, sueños y necesidades.

Virginia Henderson describía la función de la enfermería como ayudar al individuo sano o enfermo a realizar aquellas actividades que contribuirían a su salud o recuperación, actividades que realizaría por sí mismo si tuviera la fuerza, la voluntad o el conocimiento necesario (Henderson, 1966). Esta definición revela algo profundamente hermoso: la enfermería acompaña a las personas cuando la enfermedad les arrebata temporalmente su autonomía y les ayuda a recuperar su dignidad.

En cada hospital, centro de salud, comunidad o aula universitaria existen enfermeras y enfermeros que silenciosamente sostienen el sistema sanitario. Muchas veces su labor no recibe el reconocimiento merecido, pero aun así continúan sirviendo. Porque quien comprende el verdadero sentido de la enfermería sabe que su valor no depende únicamente de los aplausos externos, sino de la certeza interior de haber hecho el bien.

Pero además de cuidar pacientes, la enfermería tiene otra misión trascendental: formar nuevas generaciones de profesionales. Ser enfermero formador implica multiplicar el legado del cuidado humano. Quien enseña enfermería no transmite solamente contenidos académicos; transmite valores, ética, sensibilidad y humanidad. Formas profesionales que algún día tendrán en sus manos la vida de otras personas.

La docencia en enfermería representa una enorme responsabilidad moral. Cada estudiante aprende observando no solo lo que el docente dice, sino también cómo actúa, cómo trata a las personas, cómo responde al sufrimiento y cómo vive su vocación. Por eso, el enfermero educador debe convertirse en ejemplo de integridad y compromiso.

Patricia Benner, en su teoría Del principiante al experto, explica que la experiencia transforma progresivamente al profesional hasta convertir el conocimiento técnico en sabiduría práctica (Benner, 1984). Esta teoría cobra enorme relevancia en la formación de enfermería, porque enseña que los estudiantes no solo necesitan aprender procedimientos, sino desarrollar juicio clínico, sensibilidad humana y pensamiento ético. El verdadero maestro en enfermería no forma únicamente profesionales competentes; forma seres humanos capaces de cuidar con excelencia y compasión.

La enfermería también posee una dimensión profundamente social. No se limita a los hospitales. Está presente en las comunidades, en la prevención de enfermedades, en la promoción de estilos de vida saludables y en la defensa de poblaciones vulnerables. El enfermero es educador, investigador, líder, gestor y defensor de la salud pública. Su labor transforma comunidades enteras y contribuye al desarrollo humano de las naciones.

Hablar de enfermería es hablar de compromiso con la vida. Es comprender que cada paciente es único y posee historia, sueños, miedos y dignidad. El paciente nunca debe convertirse en un número de cama o en un diagnóstico clínico. Cada persona merece ser tratada con respeto, empatía y humanidad.

En tiempos donde la tecnología avanza aceleradamente y los sistemas de salud muchas veces se vuelven impersonales, la enfermería tiene el desafío de preservar la esencia humana del cuidado. Ninguna máquina podrá reemplazar completamente la capacidad de escuchar, consolar y acompañar desde la empatía. La ciencia puede prolongar la vida, pero el cuidado humanizado le da sentido y dignidad a esa vida.

Ser enfermera o enfermero es comprender que cada acción deja huella. Un procedimiento realizado con respeto puede disminuir el miedo de un paciente. Una orientación brindada con paciencia puede cambiar el futuro de una familia. Una palabra de esperanza puede devolver fuerzas a quien estaba a punto de rendirse. Muchas veces la enfermería nunca llega a conocer el impacto completo de su labor, pero ese impacto existe silenciosamente en la vida de miles de personas.

La enfermería no es simplemente una carrera universitaria; es una misión de vida. Es levantarse cada día con la convicción de que incluso los actos más pequeños pueden aliviar el sufrimiento humano. Es entender que el verdadero valor de esta profesión no siempre se mide en reconocimientos visibles, sino en las vidas tocadas, en el dolor aliviado y en la esperanza sembrada.

Quien decide ser enfermera o enfermero acepta caminar junto a la humanidad en sus momentos más frágiles. Acepta servir aun cuando existan dificultades. Acepta convertir el conocimiento en cuidado y el cuidado en amor.

Y quizás allí reside el significado más profundo de la enfermería: recordar que, incluso en medio de la enfermedad, el dolor y la incertidumbre, siempre existe espacio para la compasión humana.

Porque al final, ser enfermera o enfermero significa mucho más que cuidar cuerpos. Significa cuidar vidas, historias, sueños y esperanzas. Significa comprender que cada ser humano merece ser tratado con dignidad. Significa acompañar sin abandonar. Significa servir con humildad. Significa enseñar con el ejemplo. Significa transformar la ciencia en humanidad.

Y hoy, de manera especial, esta reflexión quiere dirigirse a quienes representan la continuidad y el futuro de nuestra profesión: los profesores y estudiantes de enfermería.

A ustedes, docentes de enfermería, gracias por enseñar mucho más que conocimientos científicos. Gracias por formar conciencia, sensibilidad, ética y humanidad. Cada lección impartida, cada orientación y cada ejemplo construyen generaciones capaces de cuidar con excelencia y compasión. La verdadera enseñanza en enfermería no solo transmite conocimientos; inspira vocaciones y transforma vidas.

Y a ustedes, estudiantes de enfermería, nunca olviden por qué eligieron este camino. Habrá momentos de cansancio, incertidumbre y sacrificio, pero también existirán días en los que comprenderán que una sola acción suya pudo aliviar el sufrimiento de una persona o devolver esperanza a una familia. Allí descubrirán el verdadero significado de esta profesión.

Nunca permitan que la rutina les robe la sensibilidad ni que las dificultades apaguen la vocación que nació en sus corazones. El mundo necesita enfermeras y enfermeros capaces de cuidar con conocimiento, pero también con humanidad.

Porque mientras exista alguien necesitando alivio, cuidado, esperanza o compañía, siempre habrá una enfermera o un enfermero dispuesto a sostener la vida con sus manos, con su vocación y con su corazón.

 El autoes es profesor de la Facultad de Enfermeria, Universidad de Panamá

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Referencias bibliográficas — Normas APA 7.ª edición

Benner, P. (1984). From novice to expert: Excellence and power in clinical nursing practice. Addison-Wesley.

Consejo Internacional de Enfermeras. (2026). Día Internacional de la Enfermera 2026: Nuestras enfermeras. Nuestro futuro. Las enfermeras empoderadas salvan vidas. Consejo Internacional de Enfermeras

Henderson, V. (1966). The nature of nursing: A definition and its implications for practice, research, and education. Macmillan.

Nightingale, F. (1860). Notes on nursing: What it is and what it is not. Harrison.

Watson, J. (2008). Nursing: The philosophy and science of caring (Rev. ed.). University Press of Colorado.

 

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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