Panamá: el calor que no aparece en los rankings, pero se queda en el cuerpo
En los informes internacionales, Panamá parece resistir. No figura entre los paÃses más golpeados por el cambio climático. En el Climate Risk Index 2025, elaborado por Germanwatch, ocupa una posición baja en el ranking global de impacto climático entre 1993 y 2022. Menos muertes, menos pérdidas económicas, menos desastres visibles. Es una imagen que sugiere estabilidad. Pero también es una imagen incompleta. Porque el Ãndice, construido con datos de EM-DAT, mide el impacto de eventos extremos, no las transformaciones silenciosas que ya se filtran en la vida cotidiana.
A las dos de la tarde, en una parada de bus, el aire no corre. El concreto devuelve el calor acumulado desde la mañana. Una mujer se abanica con lo que tiene a mano mientras espera. No hay sombra suficiente, no hay alivio inmediato. Ese momento no entra en ninguna estadÃstica global, pero es ahà donde el cambio climático empieza a hacerse tangible. Panamá puede no encabezar los rankings, pero el calor se ha vuelto más persistente, más pesado, más difÃcil de ignorar.
El calor que se intensifica y no da tregua
Los datos del Instituto de MeteorologÃa e HidrologÃa de Panamá confirman lo que muchos perciben: desde 1981, las temperaturas han aumentado entre 0.5 y 1.5 grados Celsius. Puede parecer un margen pequeño, pero en un clima tropical es suficiente para alterar el equilibrio térmico. A ese incremento se suma un cambio que impacta directamente en el cuerpo: las noches son ahora más calientes. El descanso ya no compensa el desgaste del dÃa. El calor no solo llega más fuerte, también se queda más tiempo.
Las autoridades han insistido en que Panamá no atraviesa una ola de calor en términos técnicos. No se han roto récords históricos ni se cumplen los criterios estrictos que definen ese fenómeno. Sin embargo, la experiencia cotidiana cuenta otra historia. Porque aquà el calor no se mide solo en grados, sino en humedad. Treinta y tres grados pueden sentirse como más de cuarenta. El sudor no evapora con facilidad, el aire se vuelve denso, la fatiga aparece antes. Es un calor que no necesariamente rompe cifras, pero sà transforma rutinas.
El ciclo que cambia: del calor a la lluvia
En Panamá, el calor no solo incomoda. También produce. Desde temprano, el sol calienta la superficie, el aire húmedo asciende, se enfrÃa en altura y forma nubes que, horas después, descargan en forma de aguaceros. Es el patrón clásico del trópico: mañanas intensas, tardes de lluvia. Pero ese ciclo también está cambiando.
Con más calor, hay más evaporación, más vapor en la atmósfera y más energÃa acumulada. El resultado son lluvias más intensas, más concentradas y más impredecibles. Y, paradójicamente, más calor después de llover. La humedad se eleva, el suelo libera vapor y el aire se vuelve más pesado. El bochorno no desaparece, se transforma.
El equilibrio también se tensiona con fenómenos como El Niño, que reducen las lluvias y elevan las temperaturas, prolongando los periodos secos. En contraste, otros momentos traen precipitaciones intensas que saturan los suelos y aumentan el riesgo de inundaciones. Panamá empieza a oscilar entre extremos: o llueve demasiado, o no llueve cuando deberÃa.
La ciudad, el cuerpo y la advertencia
En la capital, el entorno urbano agrava la situación. El concreto, la escasez de árboles, el tráfico y la densidad de edificios generan lo que se conoce como isla de calor urbana. La ciudad absorbe energÃa durante el dÃa y la libera lentamente en la noche. Por eso, incluso cuando cae el sol, el calor permanece. Para quienes viven en espacios reducidos o con ventilación limitada, no es una molestia pasajera, sino una condición constante.
El Climate Risk Index advierte que ningún paÃs está completamente a salvo. No aparecer entre los más afectados no es garantÃa de protección, sino una oportunidad para prepararse. Pero esa preparación comienza por reconocer las señales. Y en Panamá, esas señales ya están presentes: más calor sostenido, más incomodidad térmica, más presión sobre la vida diaria.
El cambio climático aquà no ha llegado con la violencia de un desastre masivo. Ha llegado de forma más silenciosa, más persistente. Se instala en el calor que no cede, en la humedad que pesa, en la lluvia que ya no se comporta igual. No aparece con fuerza en los rankings, pero se siente en la piel. Y cuando el clima empieza a vivirse asÃ, deja de ser una advertencia lejana para convertirse en una realidad cotidiana.
La autora es Periodista


