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La radio y la persistencia del imperialismo cultural en el medio más íntimo

Por: Roberto Antonio Pinto y Arturo Coley Graham | Publicado el: 19 abril 2026



Cuando se habla de imperialismo cultural, la atención suele dirigirse al cine, la televisión o, más recientemente, a las plataformas digitales. Sin embargo, la radio exige una mirada más cuidadosa. No porque haya perdido importancia, sino porque conserva una capacidad singular: instalarse en la rutina diaria con una naturalidad difícil de igualar. Acompaña el despertar, el trayecto al trabajo, la jornada laboral, el comercio, el transporte público y el regreso al hogar. Su fuerza no depende del espectáculo visual, sino de la repetición, la cercanía y la costumbre. Ahí reside su intimidad.

Desde esa perspectiva, la radio sigue siendo uno de los espacios más eficaces para fijar hábitos culturales, ordenar sensibilidades y volver familiares determinados repertorios sonoros. En ella, el imperialismo cultural no siempre aparece de forma abierta. Se manifiesta como selección musical, formato de programación, jerarquía de estilos, acento legitimado y pauta de consumo que termina por parecer natural. La dominación no necesita exhibirse como imposición; le basta con convertirse en costumbre.

En Panamá, esta discusión resulta especialmente pertinente. Un estudio sobre el sistema de medios en el país señala que la mayoría de las emisoras panameñas son musicales, dato revelador si se considera que esa predominancia convierte a la música radiada en una de las principales vías de organización del gusto cotidiano. El mismo informe recuerda, además, que la radio y la televisión llegaron al país en estrecha relación con la presencia estadounidense en el istmo, lo que obliga a pensar la historia mediática panameña también desde las asimetrías geopolíticas que la atravesaron (Vásquez, 2012). En otras palabras, la radio panameña no solo ha sido un medio de compañía o entretenimiento; también ha sido un espacio de recepción y reproducción de matrices culturales externas.

La influencia de Estados Unidos en la región fue decisiva, sobre todo por su poder económico, tecnológico y comercial. No obstante, la historia radiofónica latinoamericana no puede reducirse únicamente a esa relación. También operaron otros centros de irradiación cultural dentro del propio ámbito hispanoamericano. México, por ejemplo, ocupa un lugar central en esta historia. Su radio temprana no fue solo un dispositivo técnico de difusión, sino también un instrumento de articulación cultural y política. Los estudios sobre sus inicios muestran que la radiodifusión fue empleada como vehículo de educación, propaganda y transmisión de valores asociados a la construcción de un México moderno y nacional (Chávez Ortiz, 2012). Más adelante, con el desarrollo de grandes emisoras comerciales como la XEW, México se consolidó como un polo de irradiación continental capaz de difundir artistas, géneros y fórmulas de programación que rebasaron ampliamente sus fronteras (Secretaría de Cultura, 2021).

Cuba ofrece otro ejemplo decisivo. La radio cubana comenzó en 1922 y, desde sus orígenes, estuvo estrechamente ligada a la música. Diversos recuentos históricos subrayan que nació “bajo el signo de la música” y que su primera señal continua fue lanzada por Luis Casas Romero, músico y compositor (Cubainformación TV, 2022). No es casual, por tanto, que durante décadas la radio cubana se convirtiera en una de las experiencias más influyentes de América Latina. Suárez Sian (2013) la presenta, incluso en la era de internet, como un modelo singular de programación radiofónica. Su capacidad para difundir repertorios, voces e imaginarios fue enorme. Pero ahí aparece una paradoja importante: la radio puede ser vehículo de afirmación cultural y, al mismo tiempo, engranaje de circulación desigual, según quién controle la producción y la legitimación de los contenidos.

España también debe figurar en este mapa. Los estudios sobre su evolución señalan que la radio musical llegó a ser una de las modalidades más extendidas por su capacidad para fidelizar audiencias y construir formatos de identificación inmediata (Esteban, 2000). Esa forma de organizar la escucha, establecer listas de rotación y definir qué se considera actual, juvenil o comercial no es neutral. También ahí opera un orden cultural.

Desde esta perspectiva, el imperialismo cultural en la radio no consiste solo en la entrada de contenidos extranjeros. Se manifiesta cuando una estructura de programación privilegia de manera sistemática ciertos sonidos, lenguajes y sensibilidades, mientras reduce la presencia de expresiones locales o las relega a espacios secundarios. No siempre se elimina lo propio; muchas veces se lo mantiene, pero en condición subordinada.

En Panamá, este problema no debería leerse como nostalgia por un pasado puro ni como rechazo a toda circulación internacional. La cuestión de fondo es otra: si la radio sigue siendo uno de los medios más próximos a la experiencia ordinaria, entonces también continúa siendo un territorio donde se disputa la memoria sonora del país, la presencia de los repertorios locales y el derecho de una sociedad a escucharse a sí misma desde sus propias modulaciones culturales.

Incluso en el terreno de la memoria oral aparecen indicios sugerentes. En tiempos de clases universitarias, una profesora comentó que parte del acento de la gente de Azuero podía estar vinculada, en alguna medida, con la influencia histórica de las emisoras cubanas que durante años circularon con fuerza en la región. Era un comentario de aula, no una conclusión presentada como investigación formal. Sin embargo, la observación abre una reflexión válida: si la radio acompaña, repite, familiariza y modela, no resulta desproporcionado pensar que también pueda dejar huellas en la entonación, en la sensibilidad verbal y en ciertas apropiaciones culturales.

Por eso, pensar la radio desde el imperialismo cultural no implica descalificarla. Implica reconocer su densidad histórica y su poder formativo. En el caso panameño, ello supone examinar cómo las influencias externas han moldeado repertorios, estilos y legitimidades, y cómo, a pesar de ello, sigue abierta la posibilidad de fortalecer una política cultural de la escucha más atenta a lo nacional. La radio continúa siendo el medio más íntimo. Y precisamente por esa intimidad, también puede ser uno de los medios más eficaces para naturalizar dependencias culturales o, en sentido contrario, para sostener una afirmación simbólica desde la vida cotidiana.

Referencias

Cubainformación TV. (2022, 22 de agosto). Cien años de la radio de Cuba. Cubainformación TV. https://www.cubainformacion.tv/cuba/20220822/98712/98712-cien-anos-de-la-radio-de-cuba

Chávez Ortiz, I. G. (2012). La radio como experiencia cultural: un panorama de la radiodifusión en el ámbito internacional y los inicios de la radio educativa en el periodo nacionalista en México 1924-1936. Desacatos. https://www.scielo.org.mx/pdf/sh/v14n28/v14n28a4.pdf

Esteban, L. M. P. (2000). La radio musical en España: historia y análisis. Instituto Oficial de Radio y Televisión. https://www.researchgate.net/profile/Luis-Pedrero-Esteban/publication/293333762_La_radio_musical_en_Espana_historia_y_analisis/links/56b7872d08ae44bb330ba94e/La-radio-musical-en-Espana-historia-y-analisis.pdf

Secretaría de Cultura. (2021). Centenario de la radio en México 1921–2021: La radio en el diario El Nacional https://www.inehrm.gob.mx/recursos/Expos/Expo_web_Radio.pdf

Suárez Sian, M. D. (2013). Programación radiofónica en Cuba. Un modelo singular en la era de internet. Revista de Comunicación Vivat Academia, 15(125), 36–51. https://doi.org/10.15178/va.2013.125.36-51

Vásquez, C. I. L. (2012). Sistema de medios de comunicación en Panamá y la configuración de su esfera pública. Centro de Iniciativas Democráticas. https://cidempanama.org/wp-content/uploads/2012/09/Sistema-de-medios-de-comunicacion.pdf

Los autores son Roberto Antonio Pinto Rodríguez, Doctor en Ciencias de la Comunicación Social y profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá, especialista en medios de comunicación y cultura; y Arturo Coley Graham, catedrático de la Facultad de Comunicación Social de

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