Cuando la telenovela imponÃa moda: televisión, identidad y poder cultural en América Latina
Durante décadas, la telenovela latinoamericana no solo ocupó el horario estelar de millones de hogares: también influyó en la forma de vestir, de hablar y de imaginar la vida social. Lo que aparecÃa en pantalla no terminaba con el capÃtulo. Los personajes dejaban huella en la moda, en los gestos cotidianos, en ciertas expresiones del habla popular y hasta en la manera de construir la feminidad, el deseo o el prestigio. La televisión no solo contaba historias; también proyectaba estilos de vida e identidades nacionales.
México, Venezuela y Brasil fueron grandes centros de esa irradiación cultural. Sus telenovelas circularon por toda América Latina y ayudaron a instalar imágenes reconocibles de sus paÃses. No se exportaban únicamente melodramas; también se difundÃan acentos, vestuarios, maneras de amar, formas de padecer y modelos de presencia pública. La investigación sobre las telenovelas ha mostrado precisamente que este género funcionó como un espacio de producción de afectos, ciudadanÃa e interculturalidad, capaz de moldear sensibilidades más allá de las fronteras nacionales.
En México, personajes como Rosa GarcÃa, en Rosa salvaje, quedaron asociados a una imagen femenina rebelde y popular. Incluso en la sinopsis de su reestreno se recordaba que el personaje de Verónica Castro tenÃa un aspecto semejante al de un muchacho, con cabello corto, pantalones vaqueros y gorra. Esa descripción no demuestra por sà sola una moda continental, pero sà confirma que el personaje fue construido desde una imagen visual muy marcada, fácil de recordar e imitar por el público. En Brasil ocurrió algo semejante con Tieta: la repercusión del personaje de Betty Faria fue tan intensa que llegó a derivar en una lÃnea de ropa asociada a la protagonista, señal de que la ficción televisiva podÃa extenderse al consumo y a la vida cotidiana.
También las maneras de hablar se adherÃan a la gente. Frases, tonos, respuestas y formas de expresar el amor o el desprecio saltaban de la pantalla a la calle. Eso no era casual. La telenovela entraba todos los dÃas en el hogar y, con esa repetición, convertÃa a sus personajes en referencias culturales. Lo que una protagonista usaba, decÃa o encarnaba adquirÃa valor simbólico. La televisión melodramática enseñaba, casi sin que lo notáramos, cómo debÃa lucir una mujer fuerte, cómo se reconocÃa a una villana elegante o cómo se representaba el glamour, la pobreza digna o la rebeldÃa popular.
Desde una mirada crÃtica, allà puede hablarse de una forma de poder cultural. No era dominación militar ni económica, sino simbólica. Algunos paÃses lograron proyectar sus imaginarios televisivos sobre otros por medio de la fortaleza de sus industrias culturales. La telenovela funcionó, en ese sentido, como un mecanismo de influencia regional: puso a circular modelos de belleza, de conducta y de identidad que muchas audiencias recibieron como aspiracionales. Al mismo tiempo, esa irradiación contribuyó a consolidar jerarquÃas dentro del propio mapa audiovisual latinoamericano, donde unos paÃses exportaban relatos y otros, sobre todo, los consumÃan.
Pero existe también una lectura positiva que no debe perderse. Gracias a la telenovela, América Latina se conoció mejor a sà misma. Nuestros paÃses comenzaron a entrar en la intimidad del hogar ajeno a través de sus historias, sus estrellas, sus acentos y sus emociones. México, Venezuela y Brasil no solo se proyectaron culturalmente: también ayudaron a tejer una memoria afectiva común en la región. La telenovela fue, al mismo tiempo, vehÃculo de influencia y puente de reconocimiento mutuo. Por eso su legado sigue siendo tan intenso: no solo entretuvo, sino que vistió, enseñó, marcó época y dejó en varias generaciones la sensación de que la televisión también podÃa ser una forma de identidad compartida.
Los autores son Roberto Antonio Pinto RodrÃguez, Doctor en Ciencias de la Comunicación Social y profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá, especialista en medios de comunicación y cultura; y Arturo Coley Graham, catedrático de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá y doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, España.
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