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El Impacto de la IA Generativa en la Autoría Audiovisual

Por: Blanca Pedreschi | Publicado el: 23 marzo 2026



Actualmente hay un cambio importante en la producción audiovisual de 2026 con la introducción de la inteligencia artificial generativa como un agente activo de los procesos creativos. Lo que hasta ahora se entendía y enseñaba que la realidad solo podía capturarse con la tecnología y el juicio humano se convirtió en un híbrido de un proceso que involucraba la mezcla de los tres, que son datos, algoritmos y experiencias personales durante décadas a finales de 2026 y ahora se ha convertido en una mezcla.

En esta nueva situación, la producción audiovisual no pertenece solo a la visión de un único autor, sino a una generación de capacidades de aprendizaje profundo que procesan grandes volúmenes de información y producen imágenes, sonidos y narrativas. Este cambio de herramienta a agente, la creación de creación digital a agente generativo, transforma no solo las relaciones de producción, sino que también desafía seriamente las epistemologías y su significado de autoría.

Académicamente, el concepto de autor ha sido primordial en los estudios audiovisuales desde principios del siglo XX. El director fue la teoría del autor desarrollada durante este período de movimientos cinematográficos del siglo XX como el corazón creativo de la obra, el que imprime una estética cinematográfica y una estructura narrativa. Sin embargo, tal centralidad en el panorama actual está dispersa. La inteligencia artificial generativa permite a un usuario producir contenido visual complejo a través de solo una pequeña instrucción textual cuando solía ser cuestión de un equipo técnico y una planificación detallada. Lo que lleva a una pregunta natural: ¿Quién es realmente el autor de la ejecución creativa cuando es realizada por un sistema automatizado?

La respuesta definitiva, porque es mucho más que autoría, es reexaminar la creatividad como una cosa. La Asociación Americana de Psicología (2020) afirma que los principios de integridad académica y la atribución del conocimiento también son fundamentales para el proceso de producción intelectual. Sin embargo, estos principios se ven amenazados cuando el "sujeto creativo" puede ser el propio material (una red neuronal que ha sido entrenada con una multitud de fuentes de datos). El desafío de asignar una obra realizada por inteligencia artificial ocurre cuando no es intencionada por el sistema, por lo tanto, la información creada debe carecer de algo dentro de ella que necesite informar la intención humana.

Mientras que los humanos producen a partir de experiencias vividas, emociones y culturas, la IA actúa según patrones formados por relaciones numéricas o correlaciones entre los datos. Lo que significa que, aunque puede replicar estilos y estructuras narrativas, carece de la conciencia para fundamentar sus elecciones. A la luz de esto, surge la noción de "automatización del gusto" la externalización de decisiones estéticas a sistemas algorítmicos. Esta situación tiene grandes implicaciones en relación con la producción audiovisual, particularmente en la educación. Los estudiantes que se apoyan en la IA para resolver aspectos técnicos, como el encuadre, la iluminación o el ritmo de edición, podrían convertirse en víctimas de una reducción de habilidades de análisis crítico. El contenido se vuelve fácil, pero también crea un exceso de superficialidad donde la técnica supera la intención.

Este desplazamiento del "yo" creativo no es en sí mismo el fin del autor tanto como su transformación en un agente que supervisa, selecciona y valida las sugerencias emitidas por la máquina. El impacto de los algoritmos en la producción audiovisual no puede examinarse en un vacío; existe en un contexto más amplio conocido como la sociedad de la información. Según Castells (2023), la información se ha convertido en el eje estructural de las dinámicas sociales, económicas y culturales. En tal contexto, los textos audiovisuales circulan en plataformas digitales que funcionan bajo lógicas algorítmicas de visibilidad basadas en métricas de interacción y consumo. Esto indica que la producción audiovisual no solo funciona según un estándar creativo, sino también según conjuntos de rendimiento orientados a resultados impuestos por sistemas automatizados.

Así, la historia también está determinada por tendencias que valoran la retención de una audiencia, volverse viral y regurgitar fórmulas exitosas. Esa lógica crea un dilema ético difícil. Cuando las decisiones creativas se toman basadas en lo que funciona estadísticamente, esto puede ser propenso a la homogeneización y restringe la expresión. La inteligencia artificial, como una extensión de datos históricos, reproduce estructuras y prácticas del pasado, lo que puede sofocar la innovación. Además, la dependencia de estas plataformas puede limitar el nivel de riesgo asumido por los creadores de programas audiovisuales, obstaculizar la experimentación con nuevas formas narrativas y una variedad de puntos de vista. En este sentido, la producción audiovisual puede verse como un proceso altamente automatizado con poca profundidad simbólica, pero como tal, demasiados "justo a tiempo".

García y Torres (2025) señalan que el algoritmo no crea a partir de la experiencia humana sino de la correlación de datos, lo que implica una diferencia fundamental en la forma en que se construyen los significados. Mientras que los humanos interpretan la realidad a través de su contexto y subjetividad, la inteligencia artificial organiza la información reconociendo los patrones que las personas reconocen en la realidad. Esta diferencia se traduce en una brecha entre la precisión técnica y las emociones genuinas. La IA puede crear contenido que sea visualmente atractivo y estructuralmente sólido, pero la conexión con una audiencia, sin embargo, en última instancia, depende de cuestiones más allá de lo medible.

Como tal, las implicaciones legales de este fenómeno también son complejas. El marco legislativo existente se ha centrado en preservar la propiedad intelectual humana, lo cual es difícil de adaptar, especialmente si estamos en una era en la que la creatividad se genera como resultado de interacciones humano-máquina. No está claro quién posee los derechos de una obra resultante de la IA; la respuesta a esta pregunta requiere la participación de varias partes, incluyendo al usuario, el desarrollador del sistema y las fuentes de datos utilizadas para entrenar el algoritmo. Esta vaguedad resulta en incertidumbre y muestra que se requiere una revisión adicional de las regulaciones para asegurar una asignación justa de los derechos y obligaciones.

Aparte de lo legal, la discusión ética es crítica. La producción audiovisual no es un fenómeno neutral e incluye no solo las decisiones que moldean nuestras percepciones de la realidad, la producción de identidades y la transmisión de valores. No vamos a decir que la responsabilidad del productor pueda ser transferida completamente a un sistema automático. Pero por mucho que la IA ayude con el trabajo técnico, la intención comunicativa sigue siendo un rasgo humano. La ética es, por tanto, el eje a través del cual se despliegan todas estas tecnologías en el mercado, definiendo sus límites y criterios de uso.

En el sector escolar, la incorporación de la IA generativa puede ser una oportunidad y un desafío. Por un lado, permite oportunidades imaginativas más amplias y la exposición a herramientas superiores; por otro lado, requiere una reconsideración de las pedagogías existentes. La formación en producción audiovisual necesitará ajustarse a estas nuevas condiciones, involucrando también un uso introspectivo y crítico de la IA. No es un reemplazo del estudio técnico, es una adición a él, un conocimiento profundo de los procesos algorítmicos y sus consecuencias. Y esto significa que hay llamados a formar personas que realmente puedan dirigir los algoritmos: conocer sus límites y extensión y estar capacitados para ser creadores de algoritmos.

La llamada dirección de algoritmos significa actuar como supervisores de sistemas generativos ayudando a asegurar que las decisiones autónomas sean comunicativas y éticas. En este sentido, la autoría se redefine, se convierte en un acto consciente que no es la ejecución técnica de lo técnico sino más bien de un rol crítico, no de la tecnología sino de determinar el destino para mover este resultado hacia una dirección significativa. La inteligencia artificial no borra el acto de autoría, pero lo reconstituye de diferentes maneras. Ya no se trata simplemente de quién produce una imagen y quién cambia una secuencia, sino de quién representa el significado, el mensaje y el propósito de la obra.

La IA puede escribir cosas, pero no está ahí para hacerlas, en sí misma. Esta distinción es crítica para entender el potencial irreductible de la creatividad humana: su capacidad, fundamentalmente, no para replicar la creatividad humana, porque no sustituye la creatividad humana por el ingenio humano, que carece tanto de capacidad técnica como de emoción significativa. Al final del día, crear audiovisuales sigue siendo una actividad profundamente humana. Con la nueva tecnología, todavía hay una necesidad de contar historias, articular sentimientos y relacionarse con otros. En lugar de suplantar al creador, la inteligencia artificial generativa es una extensión del creador, un instrumento que escala, amplifica, pero necesita ser guiado conscientemente para no volverse sin sentido.

El punto no es luchar contra el cambio, sino enfrentarlo. La tecnología progresa tan rápidamente, pero hay restricciones morales asociadas a ella, y necesitamos asegurarnos de que cuando hacemos audiovisuales aseguramos que el medio sigue siendo un lugar donde uno puede sentarse, pensar y generar significado. Este desafío es aún más crítico ahora. En este marco, la autoría no consiste en la afirmación de pura autonomía, sino en la propia conciencia del creador y en asumir la responsabilidad de sus decisiones dentro de un contexto cada vez más complejo. La inteligencia artificial generativa se reduce a un reflejo de la cultura que la anima. Los resultados dependen de los datos ya que se extraen de producciones humanas en las que ha sido entrenada.

Es decir, aunque pueda ser capaz de crear nuevas combinaciones, está enraizada no en una tecnología singular, sino en la experiencia de la humanidad en su conjunto. Por lo tanto, el valor de la producción audiovisual no es el grado de su capacidad para desempeñarse, sino el grado en que eres capaz de imbuirla de significado, propósito y un sentido de humanidad. En resumen, la cuestión de crear una nueva autoría audiovisual por inteligencia artificial generativa no debería representar un problema, sino una oportunidad para recrear quién es el autor de tales obras en la era digital. Y la definición de autoría no es una habilidad técnica sino un nivel de intención comunicativa. En una sociedad donde las máquinas pueden crear imágenes, lo que realmente es difícil es seguir creando significado. La comunicación audiovisual real sigue siendo una conexión humana, y la capacidad de contar historias que resuenen, nos hagan pensar y transformen. Ningún algoritmo, por complejo que sea, ha logrado replicar esa dimensión con veracidad.

Referencias

  • American Psychological Association. (2020). Publication manual of the American Psychological Association (7th ed.).
  • Castells, M. (2023). La era de la información: economía, sociedad y cultura. Alianza Editorial.
  • García, J. & Torres, B. (2025). El rostro detrás del algoritmo: comunicación y ética audiovisual. Ediciones Universitarias.

La autora es Doctora y Docente de la Facultad de Comunicación Social

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