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La jerga Chucha o xuxa

Por: Darío Sanjur | Publicado el: 16 marzo 2026



Muchos panameños hablamos como vivimos, directo, espontáneo y sin mucho rodeo y es que nuestra forma de expresarnos viene cargada de historia, barrio, familia y calle. Sin embargo, todavía hay quienes se avergüenzan cuando escuchan o dicen palabras que forman parte del día a día, como chucha o xuxa, como si usarlas fuera sinónimo de mala educación o falta de cultura. Y ahí es donde vale la pena detenernos a reflexionar.

Las jergas panameñas no nacieron de la nada. Son parte de nuestra identidad cultural, una manera muy nuestra de expresar emociones, sorpresa, enojo o confianza. Se oyen en la casa, en el bus, en la cancha, en el trabajo y hasta en conversaciones entre amigos profesionales. Negar eso es tapar el sol con un dedo. Pretender que no existen es desconocer la realidad cotidiana del país.

Claro está, todo tiene su contexto. No es lo mismo hablar en una entrevista de trabajo, en un aula universitaria o en un acto protocolar, que estar conversando entre frenes o en confianza. Saber cuándo y cómo usar el lenguaje también es educación. Pero una cosa es el manejo adecuado del contexto y otra muy distinta es sentir vergüenza de nuestra manera de hablar, como si lo panameño fuera algo que hay que esconder.

Muchas veces copiamos modelos ajenos y creemos que hablar “correcto” es hablar como en otros países, usando palabras rebuscadas o acentos forzados. Eso no nos hace más preparados ni más inteligentes. La verdadera formación se nota en la capacidad de comunicarse con claridad, respeto y conciencia, sin renunciar a quiénes somos.

Además, el lenguaje evoluciona. Las jergas cambian, se transforman y se adaptan a nuevas generaciones. Lo que hoy escandaliza, mañana puede ser parte normal del habla. Así ha pasado siempre. Lo importante no es la palabra en sí, sino la intención con la que se usa.

Como sociedad, debemos dejar de satanizar nuestras expresiones populares y empezar a valorarlas como lo que son: una muestra viva de nuestra identidad. Educar no es callar ni imponer silencios incómodos, sino enseñar a usar el lenguaje con criterio, sin complejos ni dobles discursos.

Hablar como panameños no es motivo de vergüenza. Vergüenza sería negar nuestras raíces por miedo al qué dirán. Porque al final del día, nuestra jerga también cuenta nuestra historia, y esa historia merece decirse sin pena y con orgullo.

El autor es Periodista

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