Cuando la inteligencia artificial se cuela en la comunicación pública
En dÃas recientes, llamó la atención una publicación oficial en redes sociales en la que quedaron visibles indicaciones propias de una herramienta de inteligencia artificial. El hecho generó crÃticas, burlas y cuestionamientos. A primera vista, podrÃa parecer un simple descuido de edición. Sin embargo, el episodio revela un problema más profundo: la forma en que muchas instituciones están incorporando la inteligencia artificial a su discurso institucional sin suficiente criterio, exploración ni responsabilidad profesional.
El asunto no está en usar herramientas como ChatGPT. De hecho, la inteligencia artificial puede ser útil para organizar ideas, redactar borradores o agilizar ciertos procesos. El verdadero problema aparece cuando esa herramienta sustituye el juicio humano en lugar de complementarlo. Cuando un texto, ya sea institucional o académico, se publica sin una revisión cuidadosa, no solo falla la redacción: falla la credibilidad de la institución que lo emite.
En comunicación pública, cada mensaje cuenta. Un ministerio no publica como publica cualquier usuario. Comunica en nombre del Estado, de una entidad y de una función pública. Por eso, un error de este tipo no se percibe únicamente como una falla técnica, sino como una muestra de improvisación. Y en tiempos donde la confianza ciudadana ya está debilitada, la improvisación se paga caro.
Además, este tipo de incidentes deja al descubierto una confusión cada vez más frecuente entre asistencia tecnológica y delegación del pensamiento. Una cosa es utilizar la inteligencia artificial como apoyo para ordenar información o proponer borradores, y otra muy distinta es entregar a la herramienta la responsabilidad casi completa del mensaje. Cuando eso ocurre, la gestión comunicativa pierde densidad humana, se vuelve mecánica y, peor aún, queda expuesta a errores que un análisis profesional habrÃa detectado con facilidad.
También conviene recordar que la comunicación institucional no se limita a informar: representa. Cada publicación oficial proyecta una imagen de competencia, seriedad y control. Por eso, cuando una instrucción de inteligencia artificial aparece visible en un mensaje público, lo que se compromete no es solo la forma del texto, sino la percepción de la capacidad institucional para comunicar con rigor. En una época marcada por la vigilancia constante de las redes, ese tipo de desliz no se interpreta como un accidente menor, sino como sÃntoma de una debilidad más amplia en los procesos de producción del discurso público.
Este tipo de incidentes también pone en evidencia una cultura comunicacional marcada por la inmediatez. Hoy muchas instituciones, medios y oficinas digitales sienten la presión de publicar rápido, reaccionar al instante y mantenerse visibles en el ritmo acelerado de las redes sociales. Pero la velocidad, cuando desplaza la exploración y el criterio profesional, se convierte en una amenaza para la credibilidad. En Panamá ya hemos visto cómo esa lógica puede conducir a errores graves: rumores difundidos sin confirmación, noticias precipitadas sobre figuras públicas e informaciones oficiales que luego deben ser corregidas. La prisa por ser los primeros no siempre produce mejor comunicación; a menudo produce comunicación más frágil.
En ese contexto, la inteligencia artificial aparece muchas veces no como herramienta reflexiva, sino como atajo. El problema no es usarla, sino incorporarla dentro de una cultura donde lo urgente vale más que lo correcto. La tecnologÃa puede ayudar a redactar, resumir o proponer textos, pero no reemplaza la obligación humana de revisar, pensar y responder por lo que se publica.
Lo ocurrido deja una lección clara: el mayor riesgo de la inteligencia artificial en la comunicación no es que las máquinas escriban, sino que los seres humanos renuncien al rigor en nombre de la rapidez. En la era digital, comunicar bien sigue siendo, antes que nada, un acto de responsabilidad.
Los autores son Roberto Antonio Pinto RodrÃguez, Doctor en Ciencias de la Comunicación Social y profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá, especialista en medios de comunicación, cultura y procesos comunicacionales contemporáneos; y Arturo Coley Graham, catedrático de la misma Facultad y doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, España.


