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De cómo las ideas permean la cultura de una sociedad

Por: Mauro Zúñiga Saavedra | Publicado el: 12 marzo 2026



Salvo que creas que tus ideas te pertenecen y que fueron implantadas en tu mente por el Dios de Descartes, realmente naces tabula rasa, mente en blanco, y vas absorbiendo mediante la experiencia propia las ideas del clima ético, político y estético del mundo en que vives. Sin darte cuenta absorbes todo lo que se te da sin reconocer que posees el instrumento para validar ideas, la facultad de la voluntad.

“Por su naturaleza, las ideas fundamentales se esparcen por toda una sociedad, influenciando a cada subgrupo, ignorando las diferencias de ocupación, educación, raza o clase. Los hombres que están siendo influenciados conservan la facultad de la voluntad. Pero la mayoría son inocentes en cuanto a una filosofía explícita y no ejercen el poder que tienen para juzgar ideas. Sin darse cuenta aceptan todo lo que se les da”, explicó el filósofo objetivista Leonard Piekoff.

Para esparcirse las ideas fundamentales deben tener primeramente una dimensión “científica”. Deben pasar el filtro de academias de prestigio nacional o internacional, sino obviamente no pueden disiparse a lo largo y ancho de los individuos que componen las sociedades.

Muchos “científicos” de hoy crean anticonceptos que reemplazan a conceptos universalmente válidos y van construyendo proposiciones hasta completar sus tétricos tratados que las revistas indexadas de las universidades a la que pertenecen van divulgando como potencial nuevo modelo para describir la realidad social. Luego llegan los medios de comunicación social y comienzan a universalizar el supuesto nuevo paradigma surgiendo movimientos sociales irracionales y hostiles alrededor de él, aunque el proceso dure décadas para que se consolide.

La técnica usada consiste en crear un término artificial, innecesario y racionalmente inútil cuyo objetivo es sustituir y destruir algún concepto válido; es crear un término que suena a concepto, pero que realmente es un “paquete oferta” de elementos dispares, incongruentes y contradictorios sacados de todo orden o contexto conceptual lógico, un “paquete oferta” cuya característica aproximadamente definitoria es siempre algo no esencial, Esto último es la “esencia” del truco.

“Un anticoncepto es un término innecesario y racionalmente inútil, diseñado para reemplazar y destruir a algún concepto válido. El uso de anticonceptos les da a quienes los escuchan una sensación de comprenderlos más o menos, de forma aproximada. Pero en el ámbito de la cognición, no hay nada peor que lo aproximado”, sostuvo la filósofa objetivista Ayn Rand.

Uno de los anticonceptos que está de moda hoy en día es polarización, pero Rand identificó otros términos como anticonceptos: consumismo, deber, etnicidad, extremismo, aislacionismo, meritocracia y simplista.

Veamos otro anticoncepto que está de moda, “constructo social”, usado por la ecléctica escritora Simone de Beauvoir en su famoso libro “El segundo sexo” considerado por la académica feminista Camille Paglia como “la obra maestra del feminismo moderno”. Beauvoir recurrió a una variedad de datos procedentes de la biología, sociología, psicoanálisis, historia, literatura, economía, existencialismo, fenomenología y marxismo.

A lo largo de la obra argumenta que el género es un constructo social (no se nace mujer, llega uno a serla). Su defensa del aborto, abiertos debates sobre la sexualidad femenina y su crítica descarnada al matrimonio escandalizaron al público convencional. El escritor católico Francois Mauriac escribió: “Hemos llegado literalmente al límite de lo abyecto. Esto es la ipecacuana que nos hacían tragar de pequeños para hacernos vomitar”.

Y no le falta razón al católico. Sostener que no se nace mujer es negar los tres conceptos axiomáticos: la existencia, identidad y conciencia. La mujer existe, tiene una identidad y no puede contrariar su naturaleza y lo sabemos a través de la razón y lógica aristotélica.

Beauvoir se proyecta como una nominalista post kantiana para quien la realidad es un término sin sentido, que nunca podrá saber si los conceptos se corresponden a algo o no, que el conocimiento consiste en palabras y que las palabras son una convención social arbitraria: constructo social.

Negando que los conceptos tengan una base en los hechos de la realidad, Beauvoir declara que la fuente de los conceptos es una decisión humana subjetiva. Las mujeres de la sociedad seleccionan arbitrariamente ciertas características para que sirvan de base (los esenciales) a una clasificación; a partir de ahí, ellos están de acuerdo en aplicar el mismo término a cualquier concreto que resulte exhibir estos “esenciales”, da igual los diversos que sean esos concretos en otros aspectos.

Bajo una interpretación nominalista fuerte, la sociedad como fuente caprichosa de conceptos decide qué características serán consideradas “esenciales” para clasificar a alguien dentro de una categoría de género. Por ejemplo, una comunidad podría declarar que ciertos modos de vestir, comportamientos o autoidentificaciones (autopercepciones) son los rasgos “esenciales” de una categoría determinada.

Luego se aplica el mismo término a todas las personas que exhiban esos rasgos, aunque difieran enormemente en otros aspectos biológicos o psicológicos. En este enfoque de Beauvoir, el concepto no deriva de una estructura objetiva de la realidad, sino de una decisión social sobre qué características tomar como base de clasificación.

El arbitrario anticoncepto “constructo social” reemplaza al concepto universalmente válido realista moderado “animal racional”.

“Un ser conceptual es movido por el contenido de su mente; en última instancia, por sus integraciones más amplias. Las acciones del hombre y la mujer dependen de sus valores. Sus valores dependen de su metafísica. Sus conclusiones en cada campo dependen de su método de usar su consciencia, de su epistemología. En la vida de tal ser, las ideas fundamentales, explícitas o implícitas, son el poder dominante”, aseguró Piekoff

El autor es Magíster en Periodismo Económico y Docente de la Facultad de Comunicación Social

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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