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Si Adam Smith caminara hoy por un campus universitario

Por: *Jay Molino, Ph.D. | Publicado el: 19 marzo 2026



Hay momentos curiosos en la vida universitaria. A veces uno camina por un campus temprano en la mañana, cuando el movimiento del día aún no ha comenzado del todo, y tiene la sensación de que cada edificio guarda historias que todavía no conocemos. En algún laboratorio alguien revisa datos que no terminan de cuadrar. En una biblioteca, un estudiante subraya con paciencia un párrafo que todavía no comprende del todo. En un salón pequeño, un grupo discute una idea que, si se toma en serio, podría cambiar la forma en que ven el mundo. El campus universitario tiene esa cualidad particular. Desde afuera parece tranquilo, pero en realidad es un lugar donde cientos de pequeñas exploraciones intelectuales ocurren al mismo tiempo.

Imaginemos, por un momento, una escena improbable. Un profesor escocés del siglo dieciocho aparece caminando por uno de esos campus modernos. Lleva un abrigo largo, observa con curiosidad las pantallas luminosas, los estudiantes que caminan con computadoras portátiles bajo el brazo y los edificios donde funcionan laboratorios llenos de instrumentos que en su época habrían parecido magia. Ese profesor se llama Adam Smith.

Si uno lo acompañara en ese recorrido, probablemente se detendría ante un microscopio capaz de observar estructuras invisibles para su tiempo. Escucharía conversaciones sobre inteligencia artificial, genética o energías renovables. Tal vez se acercaría a un grupo de estudiantes que discuten un proyecto de investigación y, con la curiosidad de un profesor genuino, preguntaría qué están intentando descubrir y por qué creen que vale la pena hacerlo. Y sin embargo, después de unos minutos observando todo aquello, es posible que algo de ese paisaje intelectual no le resulte del todo extraño.

Hace más de dos siglos, cuando Smith escribió The Wealth of Nations, intentaba responder a una pregunta que sigue siendo central hoy. Por qué algunos países prosperan mientras otros permanecen rezagados. Muchos lectores recuerdan su defensa del comercio y de los mercados, pero con frecuencia se pasa por alto una idea que se manifiesta con claridad en sus páginas. Smith comprendió que la educación y las habilidades adquiridas por las personas también forman parte de la riqueza de una nación.

Para él, las capacidades desarrolladas a través de la formación constituían una especie de capital. No un capital hecho de oro o de tierras, sino un capital construido a partir del conocimiento, de la disciplina intelectual y de la capacidad de comprender el mundo. Si ese viejo profesor escocés pudiera caminar hoy por un campus universitario, probablemente reconocería esa intuición en cada rincón. Vería estudiantes que aprenden programación, medicina, ingeniería, economía o biología. Vería profesores que dedican años a investigar preguntas que parecen pequeñas al principio, pero que, con el tiempo, terminan ampliando el conocimiento humano. También vería jóvenes que, sin darse cuenta del todo, están construyendo una forma muy particular de riqueza, la riqueza que nace del conocimiento.

Para quienes hoy atraviesan la vida universitaria, esta idea puede parecer abstracta. Las clases, los exámenes y las tareas suelen percibirse como exigencias inmediatas más que como parte de una construcción intelectual a largo plazo. Sin embargo, cuando uno observa la historia de los países que han logrado transformarse económicamente, se observa una constante difícil de ignorar. Muchos de ellos apostaron decididamente por sus universidades.

Países como Finlandia, Israel o Singapur comprendieron hace décadas que el conocimiento podía convertirse en una fuerza productiva extraordinaria. Fortalecieron sus universidades, apoyaron la investigación científica y establecieron conexiones entre el mundo académico y el sector productivo. No fue un cambio instantáneo, sino un proceso lento sostenido por generaciones de estudiantes, profesores e investigadores que creyeron en el valor del conocimiento. Hoy esas sociedades participan activamente en la economía del conocimiento.

El punto de partida de ese proceso siempre fue el mismo. Un estudiante, sentado frente a un libro, un laboratorio o una computadora, intentando comprender algo que todavía no entiende del todo. Ese momento aparentemente pequeño es, en realidad, uno de los más importantes en la construcción del futuro de un país.

Panamá se encuentra hoy en un punto interesante de su historia. Durante décadas, el país ha construido una economía dinámica basada en el comercio, la logística y los servicios internacionales. Esa base ha permitido un crecimiento notable. Sin embargo, el mundo está entrando en una etapa en la que el conocimiento científico y tecnológico se vuelve cada vez más determinante para el desarrollo económico. Las tecnologías emergentes, la biotecnología, la inteligencia artificial y las energías limpias están transformando industrias enteras, y en ese escenario las universidades adquieren un papel aún más relevante.

No solo forman profesionales. También producen conocimiento nuevo. Investigaciones en salud, ingeniería, ambiente o tecnología pueden generar soluciones a problemas locales y, al mismo tiempo, contribuir al conocimiento global. Ese proceso comienza en lugares que, desde afuera, parecen ordinarios. Un laboratorio universitario donde alguien prueba un experimento que todavía no funciona. Una biblioteca donde un estudiante lucha por comprender una teoría compleja. Un grupo de jóvenes que discute una idea que aún no tiene forma definitiva.

Si Adam Smith pudiera observar esas escenas hoy, probablemente vería algo que a pesar de las épocas, sigue siendo profundamente cierto. La riqueza de una nación no depende únicamente de sus recursos naturales ni de su comercio. También depende de la capacidad de su gente para aprender, investigar y pensar. Para los jóvenes universitarios esa idea puede sentirse como una invitación silenciosa.

Cada libro leído con atención, cada experimento realizado con paciencia y cada pregunta formulada con curiosidad forman parte de algo más grande que una simple tarea académica. Son pequeñas contribuciones al capital intelectual de una sociedad. Quizás Smith nunca imaginó los laboratorios, las tecnologías y los desafíos del mundo actual, pero probablemente reconocería el espíritu que anima a cualquier campus universitario.

Ese momento en el que alguien decide tomarse en serio la aventura de aprender, porque muchas veces, sin que nadie lo note de inmediato, es precisamente allí donde comienza la verdadera riqueza de un país.

El autor es científico panameño, profesor en la Universidad Especializada de las Américas (UDELAS) y miembro del Sistema Nacional de Investigación (SNI).

 

 

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