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La soberbia del imperio gringo y el desprecio por la soberanía mundial

Por: Dario Sanjur | Publicado el: 16 enero 2026



Lo que hoy presencia el mundo no es una política exterior audaz ni una estrategia de seguridad legítima: es una demostración burda de arrogancia imperial. Donald Trump, bajo el eslogan engañoso de “América Primero”, ha convertido la diplomacia estadounidense en un acto de intimidación permanente, donde la soberanía de otros países se trata como una ficha negociable y el derecho internacional como un estorbo.

La insistencia en apropiarse de territorios como Groenlandia, el abierto intervencionismo en América Latina, las amenazas veladas a países aliados y la presión económica y militar como método de “diálogo” revelan una visión del mundo anclada en el siglo XIX, cuando las potencias creían que el tamaño de su ejército legitimaba el robo, la injerencia y el chantaje. No es liderazgo: es prepotencia geopolítica.

Trump no oculta su desprecio por el multilateralismo. Rechaza organismos internacionales, minimiza acuerdos globales y actúa como si la voluntad de Washington estuviera por encima de la autodeterminación de los pueblos. Su discurso no busca cooperación, sino sumisión. No propone alianzas, exige obediencia. No respeta fronteras, las cuestiona si estorban a los intereses económicos o estratégicos de Estados Unidos.

En América Latina, esta postura revive los fantasmas del intervencionismo histórico: sanciones, amenazas, operaciones encubiertas y discursos moralistas que ocultan intereses económicos y de control regional. Países soberanos son tratados como “patios traseros”, y cualquier proyecto político que no se alinee con Washington es rápidamente etiquetado como enemigo. Es la Doctrina Monroe reciclada, pero con redes sociales, cámaras y un tono aún más agresivo.

Lo más grave es el mensaje que se envía al mundo: que la fuerza vale más que la ley, que el poder justifica el atropello y que la soberanía solo es respetable cuando conviene al imperio. Esta lógica no solo erosiona la paz internacional, sino que legitima un orden global más violento, más inestable y profundamente injusto.

La llamada “soberbia del gringo” no es un cliché ni una exageración retórica; es una actitud política concreta, peligrosa y ofensiva. Un país que se autoproclama defensor de la libertad no puede, al mismo tiempo, amenazar la libertad ajena. Un presidente que habla de democracia mientras pisotea la soberanía de otros pueblos cae en una hipocresía monumental.

El mundo no necesita más imperios ni caudillos con complejo de conquistador. Necesita respeto, cooperación y reglas claras. La política exterior de Trump representa exactamente lo contrario: un retroceso civilizatorio que degrada la diplomacia, normaliza el abuso de poder y convierte las relaciones internacionales en un campo de presión y humillación.

El autor es Periodista

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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