Los poderes del libro
Desde el código de Hammurabi hasta la escritura egipcia; desde los griegos hasta Roma; desde Gutenberg hasta Marshall MacLuhan, la cultura occidental ha insistido en que los libros potencian la imaginación; nos heredan la tradición; nos permiten compartir un lenguaje; nos desarrollan la conciencia de la realidad; nos enriquecen la personalidad; nos mantienen vivo el anhelo de libertad; no nos dejan olvidar la vieja pugna entre el poder ético de la verdad y el poder polÃtico de la mentira; entre la ficción  y la realidad; entre la conciencia crÃtica del saber y las necesidades del poder.
La mente no es más que el devenir de una conciencia creadora. Por eso, la poesÃa nos hace más humanos. ¿Quién no ha encontrado en la lectura la resina de la voluntad o los modelos de la continuidad y perseverancia? ¿Acaso la imaginación abierta por la lectura no nos lleva a la intuición y ésta a los poderes de la realidad y la verdad?
Las musas de HesÃodo advertÃan: «sabemos decir muchas mentiras semejantes a las cosas verdaderas, pero sabemos cuándo queremos proclamar verdades. Las de Homero, sostienen que Ulises dice muchas mentiras semejantes a cosas verdaderas».
Hölderlin decÃa que el cegado Edipo tenÃa un ojo en demasÃa. El de la conciencia. La tragedia de Sófocles nos recuerda asàlos peligros de la ignorancia. No podemos olvidar que el imprudente Penteo, el de Las bacantes fue vÃctima de sus pasiones o que el arrogante Hipólito no puede darse el lujo de desdeñar el amor. O que EurÃpides insista en la relación trágica que existe entre el ser bueno y el poder. O que el Fausto de Goethe comprenda que no puede dejarse arrastrar por la vulgaridad de Mefistófeles porque ha sido tocado por la belleza y el amor. En El Rey Lear, Shakespeare insiste en que la tercera mujer es la muerte. La primera es la madre, la segunda la amante y la tercera es la madre Tierra que nos acogerá en su seno. La verdadera tragedia del Rey Lear es la locura ajena a la moralidad humana.
Acaso esta no nace de la inocencia frente a los prejuicios en el caso del moro Otelo y el judÃo Shylock, que son destruidos por la envidia, la codicia y la hipocresÃa. Por otra parte estas estas verdades ficticias no son menos reales y solo son posibles a partir de una realidad imaginada, que explica la realidad, porque la imaginación es una potencia realizadora y a través de ella la vida va más allá de sà misma. Las musas estaban en lo cierto. El ser necesita la cultura para construir su humanidad.
¿Quién puede olvidar el vaticinio del filósofo  Martin Heidegger al indicar que en la cultura estaba la base de la espiritualidad, la cual  nos podÃa salvar del nihilismo? Nada más cierto.Â
Volver a activar los poderes de la lectura es el deber de nuestra modernidad porque el aura de nuestro mundo ha dejado de ser sagrada para ser el aura de la mercancÃa absoluta, que imagina el consumo como ética. Aunado a esto tenemos el incremento del analfabetismo cultural, que produce discontinuidad en la tradición y deja al hombre despojado de todo valor, lo deja en manos de la improvisación, la estupidez y la violencia. Por eso, la lectura es la imaginación que piensa.
Los libros nos permiten inventar la vida y potenciar sus posibilidades. En un instante de lectura el pasado y el presente están en la conciencia. Duplicamos la cultura y la asumimos como algo efectivo, Ãntimo y la transformamos en un poder de realidad capaz de construir nuestra propia dignidad. Estos son los poderes del libro porque la conciencia humana es poética.
*El autor es catedrático de la Escuela de Español de la Facultad de Humanidades


