Añoro las bolitas de carne
Cuando llegan estas fiestas, los recuerdos y las nostalgias me invaden. Son como ese frÃo de invierno que se mete hasta partirte el alma. Mi mente se vuelve un carrusel de eventos idos los cuales me llevan a centrarme en mis padres y hermanos. Desde que me casé pasé del umbral de la cena modesta a la opulenta. Y es que mi esposa, dentro de la estrechez financiera, siempre disfrutó de lo que debe ser esa comida de Noche Buena.
En mis tiempos de chiquillo, el jamón y pernil, solo estaban en la imaginación. Lo nuestro, allá en el distrito de Bugaba, eran las bolitas de carne con un arroz donde apenas asomaba uno que otro guandú. ¡Eso sÃ, la chicha de tutifruti, al estilo mamá Fidelina, no podÃa faltar! Ahora, de vez en cuando, mi esposa me la prepara, lo cual le agradezco. La primera Navidad que ella pasó en mi casa, fue la de 1983. Ya tenÃa a nuestro primer hijo en el vientre y el choque de tradiciones la aplastó. Ella, acostumbrada a su cena con uvas, manzanas, nueces, el pan tradicional, los tamales, etc., tuvo que conformarse con las bolitas de carne. Aunque no lo dio a entender, intuà que añoranzas profundas invadieron su cabeza.
Hoy me lo cuenta, no para incomodarme. Lo hace para que aprecie cómo Dios nos ha bendecido. Y mientras para esos tiempos ella extrañaba su cena de Navidad, hoy le digo que añoro esos años, cuando los nueve hermanos, junto a mis padres, nos reunÃamos alrededor de una mesa a comer bolitas de carne.
Eran tiempos difÃciles, pero hermosos. Años en que aprendà a manejar la miseria y a construir los sueños de lo que serÃa mi vida. ¡Y de juguetes ni hablar! Esa condición de pobres, pero ricos en esperanza, nos llevó a construir los nuestros. Un trompo, un tractor, un carrito, todos hechos de madera, nos acompañaron por mucho tiempo. Y después del 25 Ãbamos a las casas de los que estaban en mejores condiciones sociales. No era para tocar puertas. La intención consistÃa en revisar los tinacos de basura. Allà encontrábamos aquellos juguetes viejos que desechaban, para ser reemplazados por los nuevos. Hoy tendré mi cena de Navidad con mi familia.
Viviré momentos alegres, pero haré una pausa para agradecerle a Dios por cómo nos hemos superado. A pesar de ese crecimiento sigo añorando mi cena simple, humilde… ¡Qué vivan las bolitas de carne y que aplaudamos, como nunca, el simbolismo del nacimiento de nuestro Redentor! Hoy la vejez toca a mis puertas. El recibo con agrado al saber que los tiempos vividos han sido extraordinarios. Y me dijo un vecino que la mente no envejece. Puede que las otras partes del cuerpo sÃ, pero mientras tengamos una mente sana, la juventud será eterna.
El autor es Periodista y Docente de la Facultad de Comunicación Social
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