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Un viaje a la velocidad de la luz

Por: Álvaro Guerra Him | Publicado el: 23 diciembre 2025



La luz es una de las manifestaciones más fascinantes de la naturaleza, tan común que muchas veces no nos detenemos a pensar qué es realmente. Nos permite ver el mundo, colorea nuestros días y hace posible la vida tal como la conocemos. Sin embargo, la luz no es solo lo que perciben nuestros ojos: es una forma de energía que viaja por el espacio y se comporta a veces como una onda y otras como una partícula. Comprenderla ha sido uno de los mayores logros de la ciencia y sigue siendo un tema central en la física moderna.

Durante miles de años, la humanidad se ha preguntado de dónde viene la luz y cómo llega hasta nosotros. En la antigua Grecia, filósofos como Empédocles pensaban que la luz salía de los ojos e iluminaba los objetos, mientras que otros, como Aristóteles, creían que era una propiedad del medio que se transmitía instantáneamente. No fue hasta el siglo XVII que científicos como Isaac Newton y Christiaan Huygens comenzaron a ofrecer explicaciones más precisas. Newton afirmaba que la luz estaba compuesta por diminutas partículas —a las que llamó “corpúsculos”—, mientras que Huygens defendía que era una onda que se propagaba a través del espacio. Sorprendentemente, siglos después, ambos tenían parte de razón.

La luz visible, esa que nuestros ojos pueden detectar, forma solo una pequeña franja del espectro electromagnético. A su alrededor existen muchas otras formas de luz que no vemos, como las ondas de radio, el infrarrojo, los rayos ultravioletas, los rayos X y los rayos gamma. Todas ellas son ondas electromagnéticas: vibraciones de campos eléctricos y magnéticos que viajan a una velocidad increíble. En el vacío, la luz se desplaza a unos 300 000 kilómetros por segundo. Es tan rápida que podría dar casi ocho vueltas a la Tierra en un solo segundo.

Pero ¿cómo viaja exactamente? La luz no necesita aire ni ningún otro medio para propagarse. A diferencia del sonido, que requiere un material para transmitirse, la luz puede avanzar incluso por el vacío del espacio. Esa propiedad explica por qué podemos ver las estrellas: la luz que emiten viaja millones de años hasta llegar a nuestros ojos. Cada rayo de luz transporta información sobre el objeto que lo emitió, su temperatura y su composición, convirtiéndose en un mensajero cósmico que nos permite conocer el universo sin tener que salir de la Tierra.

Cuando la luz encuentra un obstáculo o cambia de medio, como al pasar del aire al agua, se comporta de maneras sorprendentes. Puede reflejarse, refractarse, dispersarse o incluso doblarse ligeramente al pasar cerca de un objeto masivo debido a la gravedad, un fenómeno conocido como lente gravitacional. Estos comportamientos demuestran su naturaleza ondulatoria. Sin embargo, los experimentos del siglo XX revelaron algo aún más misterioso: la luz también puede comportarse como una corriente de diminutas partículas llamadas fotones, cada una portadora de una cantidad específica de energía. Este descubrimiento, liderado por Albert Einstein y otros físicos, dio origen a la mecánica cuántica, una de las teorías más revolucionarias de la ciencia.

La luz no solo nos permite ver, sino que también está en el corazón de muchos avances tecnológicos. Las fibras ópticas que transmiten datos por Internet, los paneles solares que transforman la radiación en electricidad, los rayos láser que se usan en cirugías y los telescopios espaciales que observan galaxias lejanas, todos dependen de nuestro conocimiento sobre cómo viaja la luz. Incluso los colores que percibimos cada día son el resultado de cómo los objetos interactúan con ella: los materiales absorben ciertas longitudes de onda y reflejan otras, lo que determina el color que vemos. Por ejemplo, una manzana parece roja porque refleja la luz roja y absorbe el resto.

En la naturaleza, la luz cumple un papel vital. Las plantas la aprovechan en la fotosíntesis para transformar energía solar en alimento, y los animales, incluidos nosotros, dependemos de ese proceso para sobrevivir. Además, la luz regula nuestros ciclos de sueño y vigilia, influye en nuestro estado de ánimo y guía a muchas especies en sus migraciones o comportamientos. Sin la luz del Sol, la Tierra sería un lugar oscuro, frío e inhóspito.

A nivel más profundo, la luz también nos conecta con el tiempo y el espacio. Cuando miramos el cielo nocturno, no vemos las estrellas como son ahora, sino como eran cuando su luz comenzó su viaje. Algunas de esas luces han estado viajando millones de años antes de llegar a nosotros. En cierto sentido, observar el firmamento es mirar hacia el pasado, hacia la historia misma del universo.

La luz, entonces, es mucho más que algo que nos permite ver. Es energía, información y belleza. Es una ventana al conocimiento científico, una fuente de vida y una inspiración artística. A través de ella comprendemos tanto lo infinitamente pequeño —como los fotones— como lo inmensamente grande —como las galaxias—. En cada amanecer, en cada arcoíris y en cada bombillo encendido hay un recordatorio silencioso de que vivimos en un universo iluminado. Entender cómo viaja la luz es, en cierto modo, entender cómo viaja la vida misma.

El autor es Doctor y Profesor del Departamento de Física, Facultad de Ciencias Naturales, Exactas y Tecnología de la Universidad de Panamá

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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