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Nuevas evidencias documentales sobre origen de la pollera panameña

Publicado el: 30 agosto 2017



El historiador Mario Molina, en su libro La tragedia del Color en el Panamá Colonial (2011), presenta pruebas documentales de que la  primera  costurera  de polleras de quien se tiene noticia en Panamá se llamó  Juana Criolla, una negra esclava, niña costurera  de 16 años, cuyo valor fue tasado en 600 pesos, un valor muy alto para una  esclava en aquellos tiempos, esto se debía a que sabía elaborar polleras,  por lo que fue incluida como la parte más apreciada de la dote matrimonial de la hija de un español pudiente de Panamá la Vieja. En la carta de dote se contabilizaron  polleras de tafetán rosado, guarnecidas con puntillas de oro; había polleras de tela morada, fondo  en  oro,  guarnecida de pasamano  de oro, forradas en tafetán carmesí; unas naguas de tafetán carmesí, guarnecidas con punta de oro grande y un manto, todas  elaboradas por la esclava.  Los adornos originales de la pollera eran de oro. Todo este ajuar de la dote valía 430 pesos, pero como la esclava que los elaboraba iba de aditamento, la dote matrimonial era de gran prestigio social porque iba con la esclava que elaboraba el ajuar, lo cual triplicaba su valor.  Por lo que la esclava era lo más valioso de la dote, por ser costurera de polleras.

Esto es una evidencia histórica, no la opinión de un folclorista, por lo que toda esa idea de que la pollera tuvo otro origen hay que revisarlas. 

En otro documento, una lista de bienes embargados al mercader don Diego Gonzales,  en 1681, se le contabilizaron dos enaguas,  unas polleras carmesí y una mantilla pequeña de tafetán listado para niños. Otra referencia a las polleras es la de 1739, encontrada  en el testamento de Micaela Pacheco quien dejó en herencia a su hija una pollera de pequín amarillo (tela de seda, parecida a la sarga, generalmente pintada de varios colores, que antiguamente se traía de China), una saya de cota de espumilla, (saya o basquiña, blusa y corpiño ajustado), una mantilla de bayeta morada (tela tipo gamuza) con sus faralaes  (adorno de las bailarinas de flamenco que se colocan tanto al final de la falda como en las manga).  Por otra parte, se constata que  las esclavas iban ataviadas «casi a la par», con las polleras que ellas mismas fabricaban para sus amas. Ya que las damas de alcurnia españolas acostumbraban a salir con unas o varias esclavas como damas de compañía y no iban a permitir que fueran mal vestidas como «Silvia la runcha», sobre todo, si las costureras eran ellas mismas. Las costureras de polleras fueron las primeras esclavas capaces de comprar su libertad y sobrevivir vendiendo sus polleras. 

Una mulata famosa en la época, de acuerdo al historiador Castillero Calvo, fue Damiana Pérez, quien por su labor como costurera, pudo comprar su libertad en 600 pesos y ganarse la vida fabricando polleras. En su testamento, según el historiador Mario Molina, consta que poseía camisas de punta de encajes con mangas de clarín y  cambray, enaguas de Bretaña, polleras de color con sus puntos y galones de plata y de pequín carmesí, sayas con sus puntos de alto, medias de todos los colores, mantillas con sus fajas, sombreros guarnecidos, vinchas de tela, pañuelos de seda, hebillas, cadenas de relicarios,  rosarios de oro, zarcillos de perlas y calcetes escarpines.

Esto demuestra que la pollera no surge como vestido femenino elaborado  por los campesinos santeños. Lo más significativo, y que demuestra el vestuario de una negra, escribe Molina,  se reconoce en sus ropas y alhajas, propias de las que usan las mujeres de hoy con el atavío de la pollera.  Por tanto, es innegable que la pollera era un vestido elaborado y usado por las mujeres negras y mulatas como consta en los documentos  del siglo XVII y XVIII.

 Los viajeros que pasaban por Panamá  verificaron esta hipótesis de Mario Molina.   Las primeras polleras, según Antonio Pineda,  miembro de  la expedición  científica evangélica católica dirigida por el capitán italiano Alejandro Malaspina,  quien  vino a Panamá a finales del siglo XVIII. Los religiosos se escandalizaron por la sensualidad pecaminosa de las mujeres vestidas de polleras  en Panamá y por sus ritmos y bailes africanos coreados al son  del tambor

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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