Secuestro de niños, negocio en auge
Es espeluznante la noticia sobre cadáveres de niños asesinados en México para sacarles sus órganos, para la refacción médica de un enfermo rico. También es parte del escándalo el repeluzno moral de la indiferencia, el zumo de la ignorancia que facilita el nuevo turismo de trasplantes. Sin duda, hay una cadena delictiva que se inicia con el secuestro y termina con el trasplante de órganos. ¿Quien elige al niño o a la niña? ¿Quién los secuestra? ¿Quién los asesina? ¿Qué médico les saca los órganos? ¿Quién cuida los órganos para transportarlos? Quién los vende, quién los trasplanta, quiénes se benefician con el turismo de trasplantes. ¿Quién? ¿Quién? ¿Quién? En Panamá hay 61 casos de niños desaparecidos y varios jóvenes asesinados, cuyos cuerpos aparecen sin órganos o son quemados para que no se sepa de su extracción. Y la mayorÃa de la población no lo sabe.
El caso más significativo es el de Mónica Serrano, desaparecida en 2003. En un colegio privado de Chorrera en tres años hubo dos intentos de robo de niños. En un estacionamiento del Supermercado el Pueblo se intenta raptar a un niño. En Chiriquà capturan a una roba niños y en Costa del Este hay otros intentos. Por tanto, en Panamá este es un problema real. Los padres y cuidadores negligentes no deben olvidar que ni convertidos en piedra dejarán de sentir dolor por la desaparición de un hijo y menos si saben que su cuerpo puede ser destazado para sacarle órganos.
Paulo Sérgio Pinheiro, experto de Naciones Unidas, considera: «este problema debe tratarse como problema de La salud pública, de la justicia penal, de los servicios sociales, de la educación, de las organizaciones de derechos humanos, de los medios de comunicación y las empresas». Todos tienen un interés común en la eliminación de esta modalidad de violencia contra la infancia. Hay que añadir la responsabilidad de los padres en el primer eslabón de la cadena.
A pesar de ello, es extraño que en Panamá los medios de comunicación no reporten noticias sobre el asunto. O no les interesa el tema de los 61 niños desaparecidos para informar sobre la solución de su caso o alertar a la ciudadanÃa sobre los peligros del secuestro de niños. Hoy, ser niño o niña es un factor de riesgo. Los datos disponibles dice Pinheiro «sugieren que los niños y las niña más pequeños sufren mayor riesgo de violencia fÃsica, mientras la violencia sexual afecta predominantemente a quienes han llegado a la pubertad o la adolescencia. Los niños parecen tener mayor riesgo de sufrir violencia fÃsica que las niñas, mientras las niñas tienen mayor riesgo de sufrir trato negligente y violencia sexual».
Por eso, hay que cuidar con esmero acucioso a los niños y niñas, no hacerlo se considera trato negligente, sobre todo, cuando las nuevas modalidades del comercio de órganos están en auge. Hoy, hay organizaciones mafiosas que los usan en la prostitución forzada, la pornografÃa, la pedofilia, el turismo sexual, para matrimonios serviles y, en el peor de los casos, para traficar sus órganos y venderlos por sumas millonarias, dejando el cuerpo como una carcasa desechable, como ocurrió en México.
El tráfico de niños es una práctica de secuestro, desaparición y ocultamiento de la identidad de niños, muchas veces mediante partos clandestinos y adopciones ilegales. Es una cadena que empieza con el ladrón de niños, sigue con el traficante, el que transporta los órganos y termina con el médico que los opera, para satisfacción del beneficiado. Hay que preguntarse cómo elijen a su vÃctima, ¿al azar'? o se fijan en los certificados médicos para ver si son compatibles con el niño rico enfermo. Cuál es la fuente de órganos, ¿Los niños o niñas bajo cuidados negligentes, los niños y niñas pobres y desamparadas, los niños huérfanos o los niños refugiados. O los niños que vienen o van solos a las escuelas? Cualquier niño puede ser vÃctima. Las noticias hacen referencia a 10 mil niños sirios desaparecidos en Europa. ¿Dónde están? ¿En los basureros de los hospitales?
Ahora pregúntese por qué no sabemos nada de los niños desaparecidos en Panamá.
El autor es catedrático de la Escuela de Español de la Facultad de Humanidades.*
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