Las ferias de Portobelo: La huella del arriero, la economía de la carga, auge y dependencia de la figura del mulero
El presente artículo explora la efímera, pero monumental, transformación de Portobelo en el principal centro del comercio mundial. Este evento, que se repetía anualmente entre 1606 y 1739, durante un periodo de 40 a 60 días, revivía para albergar al evento comercial más crucial del imperio: “la majestuosa Feria de Portobelo”. (Castillero Calvo, 1992, p. 21). Portobelo se convertía en el corazón palpitante de la economía global.
Portobelo era el único punto donde convergían los dos flujos económicos más importantes del Imperio español. Por un lado, la plata extraída de las minas de Potosí, transportada por recuas de mulas desde la Ciudad Nuestra Señora de Asunción de Panamá; y, por otro, las manufacturas europeas proveniente de Sevilla, España.
Este evento fue fundamental para consolidar al istmo de Panamá como el eje del comercio transatlántico entre la Corona española y el Virreinato del Perú; sin embargo, “El éxito de este sistema radicaba en la destreza y eficiencia del transporte terrestre y fluvial que lograba conectar el Pacífico con el Caribe, atravesando la densa selva, ríos de la estrecha franja de tierra que hoy es Panamá”. (Castillero Calvo, 1992, p. 21).
En este contexto geográfico y logístico, el rol de los muleros y sus mulas resultaba absolutamente esencial, ya que la viabilidad y el éxito de las ferias estaban garantizadas por el único medio de transporte terrestre disponible: las recuas de mulas. Esta dependencia logística dio origen a la denominada "economía de la carga" un elemento clave tanto para el ritmo como para la sostenibilidad del comercio imperial. Los muleros se convirtieron en actores sociales y estructurales de gran relevancia para el desarrollo de la economía generada, asegurada por el flujo constante de la riqueza imperial.
El traslado de la vasta riqueza —plata peruana y mercancías europeas— se realizaba principalmente a lo largo de dos rutas históricas: el Camino Real y el Camino de Cruces. Estas combinaban tramos terrestres con tramos fluviales a través del río Chagres. El recorrido por vía acuática se efectuaba en bongos y chatas hasta su desembocadura, cerca de Portobelo.
La geografía del istmo imponía severas limitaciones al tránsito terrestre en rutas vitales, pues resultaban inaccesibles para los carruajes. Esta dificultad no se debía únicamente a la densa vegetación, sino también al lodo persistente que cubría los senderos, incluso durante la estación seca; convirtiendo a las mulas de carga en el único medio de transporte viable, y los muleros, en especialistas indispensables para el flujo comercial transístmico.
La magnitud de esta actividad es palpable en testimonios de la época; en 1637, el cronista Thomas Gage afirmó haber contado en "un solo día doscientas mulas cargadas únicamente con plata, organizadas en recuas de 50 mulas". (Gage, 1946, p. 104). Esto ilustra la intensidad del tráfico y el rol de las recuas como la unidad logística fundamental que movilizaba los vastos caudales imperiales.
Los muleros, (arrieros), eran responsables de toda la logística de transporte, incluyendo la seguridad y la rentabilidad de cada cargamento, debido a sus múltiples responsabilidades y al alto riesgo en la custodia y movilización de mercancías, también se encargaban del traslado de pasajeros (funcionarios, militares) por caminos inseguros y así como la gestión y el cuidado de la recua, asegurando su buen estado. Esta dinámica, exigía una considerable cantidad de mano de obra y provocaban un desgaste masivo del parque mular, lo que incrementaba notablemente su valor durante las ferias.
A mediados del siglo XVII, la economía panameña, y con ella la actividad esencial de los muleros, experimentó un declive drástico. (Castillero Calvo, 2017, p. 7). El colapso se dio por factores como: los ataques corsarios, contrabando y por el cambio logístico en la estrategia Imperial; debido al establecimiento de una nueva ruta marítima que rodeaba el Cabo de Hornos para llegar directamente al Virreinato del Perú eliminando por completo la necesidad del transbordo, lento, costoso y arriesgado, a través del istmo.
Este cambio dejó al descubierto la vulnerabilidad fatal del Istmo de Panamá, cuya economía se había basado casi exclusivamente en la dependencia de las Ferias de Portobelo y de la denominada economía de carga. Los muleros, a pesar de su posterior olvido, simbolizaron la fuerza laboral oculta que sostuvo la economía global del siglo XVII, ya que no solo transportaban metales preciosos y mercancías, sino que fueron agentes de la globalización temprana. Su trabajo cotidiano, realizado en un entorno implacable, constituyó la verdadera clave para el auge y la viabilidad de las Ferias de Portobelo y la economía Imperial.
El autor es estudiante de Maestría en Historia de las Relaciones Panamá con Los Estadios Unidos, Centro Universitario de Panamá Oeste.


