Panamá entre 1936 y 1945: Los años que forjaron la Identidad Nacional.
El periodo de 1936 a 1945 fue la culminación de un vigoroso despertar cívico y nacionalista que había germinado en la década de 1920. Los cimientos de esta nueva conciencia se encuentran en movimientos como La Federación Obrera de la República de Panamá (1921), el Movimiento Acción Comunal (1923), la Federación de Estudiantes de Panamá (1944), El Magisterio Panameño Unido (1944) y la Unión Nacional de Mujeres (1944). Todos estos movimientos se enfocaron en las reivindicaciones sociales y el fortalecimiento de la nacionalidad. Su acción refleja la profunda insatisfacción con la élite política tradicional y la urgencia de afirmar la soberanía frente a la poderosa influencia estadounidense, especialmente en la Zona del Canal (Pizzurno Gelós y Chandwick, 2005). Paralelamente, la educación se consolidó como el motor de la identidad: instituciones emblemáticas como el Instituto Nacional, la Escuela de Artes y Oficios y la Escuela Normal de Santiago (Juan Demóstenes Arosemena), formaron a generaciones de líderes y pensadores. Este esfuerzo educativo alcanzó su punto máximo con la creación de la Universidad de Panamá en 1935, durante el período presidencial del Dr. Harmodio Arias Madrid, representando un faro intelectual que se convertiría en el principal escenario para el debate sobre el futuro y la panameñidad (Castillero Calvo, 2005).
En este ambiente de efervescencia cultural y política, el Movimiento Nacionalista de la década de 1930 cobró una fuerza innegable, encontrando en figuras como Arnulfo Arias Madrid a su líder más carismático. Este movimiento buscó definir y proteger la identidad panameña, enfocándose en la defensa del mercado laboral para los nacionales y en una visión de la cultura panameña. Personalidades destacadas como la educadora Sara Sotillo, fundadora de la Federación de Mujeres de Panamá, y Octavio Méndez Pereira, primer rector de la Universidad de Panamá, jugaron un rol esencial promoviendo la educación cívica y la participación social como pilares de desarrollo patrio. Todo este contexto preparó el terreno para los hitos diplomáticos y constitucionales que definirían la década siguiente.
El año 1936 marcó un avance diplomático trascendental con la firma del Tratado Arias -Roosevelt, impulsado por el presidente Harmodio Arias Madrid. Este acuerdo fue un paso gigantesco en la reafirmación de la soberanía panameña, que puso fin al estatus de “protectorado” al eliminar la cláusula que permitía a Estados Unidos intervenir unilateralmente para garantizar el orden en el país (Mellarder, 1971). Por primera vez, se le dio a Panamá una participación más equitativa en la administración y la defensa del Canal.
Sin embargo, el punto álgido del nacionalismo en este periodo llegó con la presidencia de Arnulfo Arias Madrid (1940-1941) y la promulgación de la Constitución de 1941. Esta carta magna reflejó de manera explícita la ideología del movimiento, estableciendo una definición restrictiva de la nacionalidad y de los derechos de ciertos grupos étnicos (aunque estas restricciones ya estaban en la Constitución de 1904) en un intento por “panameñizar” el país, especialmente en el contexto de la economía de la Zona del Canal. Aunque Arias fue depuesto en 1941, su legado nacionalista sentó las bases para el diálogo político y social de las décadas venideras (Gandásegui, 1980). La entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial transformó radicalmente la relación bilateral. Con la firma del Convenio Fábrega -Wilson, Panamá se vio obligado a arrendar 134 “sitios de defensa” para proteger la ruta interoceánica. Si bien esta colaboración fortaleció la economía a corto plazo, el vasto incremento de la presencia militar estadounidense avivó la llama de la lucha por la recuperación total del territorio y sirvió como un recordatorio constante de la soberanía limitada (Pizzurno Gelós y Chandwick, 2005).
Concluyendo, el periodo de 1936 a 1945 fue un crisol de la identidad panameña. Una era en la que Panamá pasó a ser de un Estado tutelado a un actor que, aunque limitado, exigía respeto por su soberanía. Los movimientos cívicos, la fuerza de la educación universitaria y las luchas constitucionales sentaron un precedente inolvidable; la nación panameña se había forjado sobre la base del anhelo de una soberanía plena y la autodeterminación. La consolidación de la identidad y la lucha por la soberanía no sólo fue una disputa territorial o política, sino que tuvo una profunda raíz social y cultural, donde la educación y la organización de la sociedad civil (mujeres, obreros, estudiantes y docentes) se convirtieron en los verdaderos contrapesos a la influencia externa y a la elite tradicional. Este legado subraya que el progreso de un país depende intrínsecamente de una ciudadanía activa y educada que defienda su independencia.
La autora es estudiante de la Maestría en Historia de las Relaciones entre Panamá y los Estados Unidos. Centro Regional Universitario de Panamá Oeste (CRUPO). Universidad de Panamá.


