la ruta de la seda: ¿puente al desarrollo o nueva dependencia?
Desde que China lanzó la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, por sus siglas en inglés) en 2013, conocida popularmente como la Ruta de la Seda, ha surgido un intenso debate que resuena especialmente en América Latina y el Caribe. Proyecto ambicioso y de mayor influencia en términos de políticas y economía en nuestra era, diseñado para conectar regiones geográficas a través de infraestructuras, comercio, energía y tecnología.
El investigador Juan Sebastián Schulz señala que la Ruta de la Seda se basa en un discurso complejo que combina la idea de que todos los países deben integrarse en un mismo orden internacional, compartiendo normas y objetivos comunes (universalismo), con el reconocimiento de que cada nación o cultura es única y tiene el derecho de preservar su identidad, su sistema de gobierno y sus tradiciones. “La Ruta de la Seda se presenta como la alternativa: un espacio donde todas las naciones tienen cabida sin que una sola imponga las reglas del juego”, afirma Schulz.
A simple vista, es difícil no sentirse optimista con las transformaciones que sufren otros países con la modernización y el desarrollo de proyectos, telecomunicaciones, vías férreas, autopistas, sistemas portuarios; entre otros. Como apuntan Seijas y Teruggi a un socio sólido en el escenario global como es China, ofrece la oportunidad de diversificar las relaciones internacionales y reducir la excesiva dependencia de Estados Unidos.
De acuerdo a la investigadora, Lucía Bravo advierte que esta iniciativa podría llevar a la región a caer en viejos patrones: exportar materias primas sin valor agregado e importar manufacturas y tecnología, lo que se traduce en “modernización en apariencia, dependencia en escala”. Riesgo que se sustenta en la experiencia de latitudes que muestra que los préstamos chinos, aunque son rápidos y con menos condiciones, pueden traer consigo consecuencias complicadas.
En las últimas dos décadas, China ha encontrado en Suramérica un terreno ideal para expandir sus inversiones y fomentar la cooperación. Como menciona Enrique Dussel Peters (2021), los proyectos de infraestructura no son solo una cuestión de inversión extranjera directa; son acuerdos donde la obra final queda en manos del país receptor. Esto implica que, más allá de construir puertos, carreteras o plantas de energía, se está creando una red de conectividad que asegura el flujo de materias primas hacia los mercados chinos.
Los datos respaldan esta tendencia, según Ray (2024), las exportaciones hacia China están lideradas por el cobre, el hierro, la soya y el petróleo. Para asegurar este suministro, las empresas chinas han invertido en ferrocarriles, puertos, transporte urbano y proyectos energéticos. La infraestructura no es un fin en sí misma, sino un medio para garantizar el acceso a recursos estratégicos.
Brasil, sin duda, es el socio más importante de China en la región. El 93 % de la soya que importa China proviene de este país, junto con más del 80 % del hierro de la región (Ray, 2024). Esta relación se fortalece con inversiones en puertos, parques industriales y energías limpias, como el proyecto solar en Ceará, que Power China adquirió en 2023 por 360 millones de dólares. Además, las iniciativas conjuntas en satélites e hidrógeno verde demuestran que la cooperación va más allá de los productos primarios, aunque la base sigue siendo la exportación de materias primas.
En Perú, el cobre es el protagonista. Proyectos como Toromocho, operado por Chinalco, evidencian la importancia de la minería en la relación con China (AidData, 2023). A esto se suma la construcción del Puerto de Chancay por COSCO Shipping, que promete convertir al país en un nodo logístico clave en el Pacífico (Reuters, 2023). Este caso ilustra cómo la infraestructura se conecta directamente con el corredor extractivo.
La g pregunta que nos hacemos es si esta dinámica podrá romper con la histórica dependencia de la región o, por el contrario, si terminará reforzando viejos patrones bajo una nueva apariencia. Como bien recordaba Bolívar en el Congreso Anfictiónico de 1826, si América Latina no forja su propio camino, quedará relegada a ser un simple peón en el tablero mundial. Hoy, ante la Ruta de la Seda, esa advertencia resuena con fuerza. El tren pasa frente a nosotros, pero está en nuestras manos decidir si lo tomamos como pasajeros sin rumbo o si nos convertimos en arquitectos de nuestro propio camino, con dignidad y una voz auténticamente latinoamericana.
La autora es estudiante de la Maestría en Historia de América Latina Universidad de Panamá


