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Tensiones y alianzas: entre América Latina y Estados Unidos, una constante histórica

Por: Elsa O. Marín R. | Publicado el: 23 septiembre 2025



Las relaciones entre América Latina y Estados Unidos han estado marcadas por un vaivén constante de hechos como: intervenciones militares, imposiciones políticas y, a la vez, programas de cooperación. Desde la Doctrina Monroe de 1823, Washington se reservó el derecho de intervenir en el hemisferio; bajo el argumento de protegerlo de influencias externas, esa visión cimentó un patrón de hegemonía que se proyectó durante dos siglos.

A comienzos del siglo XX, la política del “Gran Garrote” de Theodore Roosevelt reforzó la lógica intervencionista de Washington en el hemisferio, más tarde, durante la Guerra Fría, América Latina fue declarada frente estratégico prioritario contra el comunismo.

Bajo el paraguas de la seguridad nacional, Estados Unidos respaldó una serie de golpes de Estado en la región durante las décadas de 1960 y 1970. No se trató solo de Guatemala en 1954 o de Chile en 1973, sino también de Brasil en 1964, Bolivia en 1971 y Argentina en 1976, todos bajo la justificación de frenar el avance del comunismo. En la República Dominicana, en 1965, incluso intervino directamente para impedir el regreso de un gobierno elegido democráticamente.

Estos episodios, sumados a la coordinación represiva de la Operación Cóndor, muestran que la doctrina de la seguridad nacional fue utilizada como herramienta de hegemonía. Como advierte el sociólogo boliviano Juan Ramón Quintana en el 2016, la política estadounidense combinó “control financiero, expansión de mercados, explotación de materias primas y ocupaciones militares”. Esto demuestra que no solo se trataba de frenar ideologías, sino de garantizar el acceso a recursos estratégicos y consolidar la influencia de Washington en la región.

América Latina nunca permaneció pasiva, inspirados en el ideal bolivariano de una “patria grande”, los gobiernos buscaron mayor autonomía y diseñaron proyectos regionales. Surgiendo así propuestas como el Mercosur, centrado en la integración económica; la Alianza del Pacífico, orientada hacia la competitividad global; el

ALBA, que se presentó como alternativa solidaria al neoliberalismo; y la CELAC, concebida para articular una voz común latinoamericana y caribeña frente a las grandes potencias.

Con enfoques distintos, todos estos mecanismos compartieron un mismo objetivo: reducir la dependencia estructural de Washington y posicionar a la región como actor autónomo, esto reflejan la persistencia de un dilema histórico: resistir la hegemonía o buscar espacios de negociación equilibrada.

El siglo XXI se introdujo un giro adicional, la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, bajo Donald Trump, calificó a China y Rusia como “potencias rivales”, Washington reconocía que la disputa en América Latina ya no era solo económica, sino estratégica.

China consolidó su presencia con préstamos, inversiones en infraestructura, acuerdos energéticos y compras masivas de materias primas. Rusia, por su parte, amplió la cooperación militar y la transferencia tecnológica. Para Estados Unidos, esta influencia representa más que competencia: es una amenaza a su seguridad nacional, sobre todo en sectores como telecomunicaciones y defensa.

A esto se suma un factor clave: los recursos naturales, América Latina concentra enormes reservas de litio, petróleo y gas, indispensables para la transición energética global, perder influencia en este terreno implicaría para Estados Unidos un retroceso geopolítico y tecnológico.

Hoy, acuerdos como el T-MEC muestran que la integración económica con Estados Unidos sigue siendo estratégica para América Latina, especialmente para insertarse en cadenas globales de valor.

La región diversifica sus vínculos, La Alianza del Pacífico negocia activamente con Asia-Pacífico, mientras Brasil, México y Argentina participan en el G20. Esto refleja que América Latina ya no solo recibe las reglas del juego global, sino que también empieza a sentarse en la mesa donde se definen.

El futuro dependerá de la capacidad de los países latinoamericanos para negociar con mayor fortaleza y exigir transparencia en los acuerdos, Estados Unidos, por su parte, tendrá que replantear su visión de “patio trasero”, por socio estratégico en un mundo interconectado.

Estudiante de Maestría en Historia de América Latina de la Universidad de Panamá

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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