Es un derecho colectivo el autocuidado. ¿Qué tiene que ver la sociedad?
El autocuidado suele ser presentado como una responsabilidad individual, un acto personal que cada quien debe asumir para mantener su bienestar físico y emocional. Sin embargo, esta visión simplista invisibiliza las múltiples barreras sociales que dificultan que muchas personas puedan realmente cuidar de sí mismas. El autocuidado no es solo una tarea privada, sino un derecho que debe ser protegido y promovido desde la sociedad y las políticas públicas.
En primer lugar, vivimos en un entorno que glorifica la productividad constante y el sacrificio personal, donde el valor de una persona se mide muchas veces por su capacidad para rendir sin pausas. Esta cultura del “estar siempre activo” genera estrés, agotamiento y culpa cuando alguien decide priorizar su descanso o salud mental. Así, el autocuidado se convierte en un lujo inaccesible para quienes enfrentan jornadas laborales extensas, precariedad económica o responsabilidades familiares desproporcionadas.
Además, existen desigualdades estructurales que limitan el acceso a recursos básicos para el autocuidado, como una alimentación saludable, espacios seguros para el ejercicio, atención médica o tiempo libre, el poder abrir el grifo y contar con disponibilidad continua del agua. Las personas en situación de pobreza, comunidades marginadas o grupos vulnerables enfrentan obstáculos adicionales que no pueden superar solo con voluntad personal. Por ejemplo, no se puede exigir que alguien cuide su salud mental si no cuenta con servicios accesibles o si vive en un entorno social que estigmatiza la búsqueda de ayuda.
Otro aspecto crucial es el peso de los roles y estereotipos sociales que condicionan cómo se entiende el autocuidado. En muchas culturas, cuidar de uno mismo puede ser visto como un acto egoísta o indulgente, especialmente para mujeres y personas cuidadoras, quienes suelen priorizar el bienestar ajeno por encima del propio. Romper con estas ideas implica reconocer que el autocuidado es fundamental para poder sostener relaciones saludables y contribuir a la comunidad.
Para favorecer el autocuidado como un derecho colectivo, la sociedad debe crear condiciones que lo faciliten y legitimen. Esto implica políticas públicas que garanticen acceso universal a servicios de salud física y mental, jornadas laborales justas, espacios públicos seguros y campañas que promuevan la importancia del bienestar integral sin culpas ni estigmas. También es necesario fomentar una cultura que valore el descanso, la expresión emocional y el equilibrio entre la vida personal y laboral.
Quizás algún día el autocuidado pueda ser visto no como acto aislado ni exclusivo de la voluntad individual, sino como un derecho que debe ser protegido y promovido desde la sociedad, eliminando las barreras estructurales y culturales que lo limitan. Solo así podremos construir comunidades más saludables, justas y solidarias, donde cada persona tenga la posibilidad real de cuidar de sí misma y, en consecuencia, de los demás.
La autora es Docente de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Panamá


