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Lo que no se ve en el espejo: la otra cara de la moda rápida

Por: Hilary Ospina Mc Pherson | Publicado el: 09 julio 2025



Hace tan solo semanas y, con más de 300 votos a favor, Francia decidió corresponderle a su título de “capital mundial de la moda” y ser el primer país en adquirir medidas legislativas para combatir industrias de ‘moda rápida.’ Frente al impacto de este hecho, los cibernautas han respondido con una controversia enorme en redes sociales sobre si dicha acción ha sido acertada o no.

Lamentable, no incidiremos en este caso específico hoy, sin embargo; para responder a varias de las interrogantes generadas a raíz de esta noticia, abordaremos más a fondo de qué trata está problemática, buscando quizá la comprensión y responsabilidad ciudadana al respecto.

Ahora bien, en todo el mundo y casi como tradición, se producen más de 150 mil millones de prendas anuales que, en su mayoría, solo se utilizan una, algunas o hasta ninguna vez antes de ser desechadas.

Estamos abarcando entonces, un aproximado de 92 millones de toneladas de desechos textiles de los cuales se estima, que el 85% de estos terminan en vertederos o son incinerados.

Incluso si esto pareciera aterrador, apenas es la punta del iceberg.

Ampliando la investigación encontramos en la moda rápida el sector responsable del 10% de las emisiones globales de carbono, lo que supera en creces a las emisiones de vuelos internacionales y el transporte marítimo, juntas.

Si nos vamos al agua, hablamos de un consumo de aproximadamente 93 mil millones de metros cúbicos anuales que ocupa esta industria, representando casi el 4% de la extracción total de agua dulce a nivel mundial…sí, estamos agotando nuestras reservas naturales y nos preocupa más no haber escogido el ‘outfit’ perfecto para la fiesta.

Aún más complejo es que todo lo anterior, solo actúa como un tapabocas de la crisis real y severa que afronta nuestro medioambiente e incluso sin visualizarse a simple vista, Panamá está muy lejos de escapar ante ello, más bien se acerca a cada paso.

Cómo añadidura, se proyecta que el mercado de moda en Panamá alcanzará un volumen de US$418.4 millones para finales de este año 2025, con una tasa de crecimiento anual compuesta (CAGR) del 9.37% hasta 2029; para algunos empresarios una noticia excelente, para el planeta tierra pues…no tanto.

Y es que nuestro país no está exento a estas tendencias, donde la disponibilidad de obtener ropa asequible ha fomentado aquella cultura de consumo excesivo y descartable.

Entendido esto, el presente intenta analizar el efecto de la industria textil en la nación especulando, quizás de manera inductiva o hasta algo ingenua, que la sustentabilidad puede ser una solución posible a un problema que se torna urgente y que amenaza tanto la calidad de vida del ser humano como su equilibrio con el entorno.

No es un gran secreto que en los centros comerciales una camisa, un jean o hasta un par de zapatos puede resultar más económico que un almuerzo con poroto, arroz y carne.

Las rebajas y colecciones semanales nos hacen sentir que estamos a la moda, que tenemos acceso al ‘estilo, que encajamos’…este método ha cambiado los patrones de consumo mundial, fomentando compras desproporcionadas de productos, a menudo de breve duración.

La feroz demanda de ropa a bajo costo a nivel nacional, refleja ese llamado político a concientizar a la nación y a proporcionarle los bienes necesarios para suplir sus necesidades básicas sin comprometer al medio ambiente.

El ‘Fast Fashion’ no solo contribuye al aumento de residuos sólidos urbanos, sino que también es un actor significativo en la crisis hídrica y de contaminación marina. El 35% de los micro plásticos en los océanos provienen de fibras sintéticas liberadas durante el lavado de ropa.

Aquí en Panamá, donde aún existen debilidades en la gestión integral de residuos textiles, esta realidad se traduce en mayor presión sobre los ecosistemas, especialmente en zonas costeras y urbanas.

Como si esto no fuera suficiente, el fenómeno impacta en la salud mental y el tejido cultural. El acceso constante a nuevas modas genera ansiedad en los consumidores, sobre todo jóvenes, que sienten la necesidad de mantenerse “actualizados” para pertenecer a estándares y estereotipos dictados por las redes sociales y aquel que es más popular en el salón.

Además, se ha ido perdiendo la valoración por la ropa hecha localmente o con métodos artesanales, si es que alguna vez la hubo claro, afectando así a la identidad cultural y la economía creativa nacional.

Por ende, lo que hoy tenemos en las manos no solo repercute en una arista o en una pequeña parte de la población, más bien es un tema con un alto espectro de análisis y asimismo se tiene que abordar.

La buena noticia es que sí hay soluciones. Todo empieza cuando ciudadanos, autoridades y quienes trabajan en la industria textil se unen con compromiso. Apostar por un consumo responsable no significa dejar de vestir bien, sino aprender a hacerlo con intención, con historia y con respeto por el entorno que nos rodea.

No es sino empezar con pequeñas acciones como asistir a ferias y bazares vintage; producir y adquirir diseños de artesanos nacionales; educar a la población con un plan de acción concreto y exigirle al Estado que sea garante de promover reglas que rigen estás importaciones. Todos, pasos sencillos, pero extremadamente significativos, que lograrían marcar un precedente ante el panorama.

Tal como Coco Chanel dijo alguna vez: “la moda pasa de moda, el estilo jamás.” Y la verdadera tendencia del futuro no será la próxima colección de nuestro artista favorito, sino la capacidad de cada nación para preservar nuestra ‘Casa Común’.

La autora es Estudiante de Periodismo

 

 

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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