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 Modernidad, colonialismo y el origen de los conflictos ecológicos

Por: Luis Antonio Montero Peñalba | Publicado el: 04 julio 2025



Comprender las crisis ambientales contemporáneas requiere analizar la articulación entre modernidad, colonialismo y los conflictos ecológicos. La modernidad, concebida como un proceso histórico-cultural vinculado al auge de la ciencia, la tecnología y el crecimiento económico, ha estado sustentada en una visión utilitaria y extractiva de la naturaleza, lo cual ha desencadenado consecuencias críticas tanto para los ecosistemas como para las sociedades, particularmente en las regiones sometidas al dominio colonial.

Desde sus inicios en Europa durante los siglos XV y XVI, la modernidad se expandió mediante la colonización, instaurando un modelo productivo orientado a la explotación intensiva del entorno natural. Este proceso no fue únicamente político y económico, sino también epistemológico, ya que implicó la imposición de una lógica que rompía con los saberes originarios y reorganizaba el paisaje según los intereses comerciales de las potencias imperiales.

De acuerdo con Enrique Leff (2004), la racionalidad moderna se estructuró en torno al control y la apropiación de la naturaleza, percibida como una entidad pasiva, carente de agencia, y susceptible de ser dominada por el ser humano. Esta lógica extractivista originó conflictos ecológicos que se manifestaron en la destrucción de hábitats, pérdida de biodiversidad y alteraciones significativas en los ciclos naturales.

En el contexto latinoamericano, la colonización provocó procesos como la tala masiva de bosques, la minería a gran escala y la introducción de monocultivos destinados a la exportación, prácticas que no solo degradaron el medio ambiente, sino que afectaron gravemente a las comunidades indígenas, cuyo modo de vida estaba profundamente enraizado en el territorio. Según Maristella Svampa (2015), estos procesos coloniales constituyen el trasfondo histórico de numerosos conflictos socioambientales actuales, en los cuales las poblaciones originarias luchan por recuperar sus tierras y formas de vida frente a la expansión del extractivismo.

La modernidad también impuso una noción lineal de tiempo y progreso que marginó las formas de conocimiento tradicionales, basadas en la reciprocidad con la naturaleza. Boaventura de Sousa Santos (2014) argumenta que esta hegemonía del saber moderno produjo un "epistemicidio", es decir, la eliminación sistemática de saberes ancestrales que promovían la sustentabilidad y el equilibrio ecológico. Por tanto, los conflictos ecológicos no son únicamente el resultado de la explotación de recursos, sino también de la imposición de una visión del mundo que invalida otras formas de conocimiento y existencia.

El capitalismo moderno, con su dinámica de acumulación continua, profundizó esta problemática al convertir la naturaleza en mercancía, subordinándola a la lógica del mercado. El concepto de “acumulación por desposesión”, propuesto por David Harvey (2004), explica cómo el despojo de tierras y bienes naturales a comunidades indígenas y campesinas ha sido un mecanismo central del capitalismo global, provocando desplazamientos forzosos, empobrecimiento y deterioro ambiental. De este modo, la violencia ambiental se encuentra íntimamente ligada a las violencias sociales y políticas.

Frente a este panorama, resulta indispensable reconocer que los conflictos ecológicos actuales hunden sus raíces en las estructuras coloniales y modernas. Superarlos exige una crítica profunda a esos modelos históricos y la construcción de alternativas basadas en la justicia ecológica y el reconocimiento de la diversidad de saberes. Como sostiene Arturo Escobar (2010), es urgente una descolonización tanto del pensamiento como de las prácticas ambientales, a fin de forjar relaciones más equitativas y sustentables entre los seres humanos y la naturaleza.

Además, no es posible comprender cabalmente esta problemática desde una visión puramente técnica o ambiental, sino que se requiere un enfoque holístico que contemple las dimensiones sociales, culturales y políticas involucradas. La modernidad europea, con su ideal de progreso, control racional y separación entre cultura y naturaleza, se constituyó como un proyecto de poder que justificó la explotación intensiva de los ecosistemas. Esta escisión epistemológica permitió legitimar prácticas extractivas que han generado impactos ecológicos de gran magnitud.

El colonialismo fue el medio a través del cual se implementó esta lógica a escala planetaria, especialmente en regiones de alta biodiversidad y presencia indígena, como América Latina, África y Asia. Las comunidades originarias, que mantenían vínculos de reciprocidad con el entorno natural, fueron desplazadas y sometidas a procesos de aculturación forzada. Esto produjo una doble pérdida: la del territorio físico y la de los saberes y prácticas tradicionales que garantizaban su cuidado.

Enrique Leff (2004) señala que la racionalidad tecnocrática de la modernidad instauró un antropocentrismo dominante, donde la naturaleza fue reducida a objeto de explotación sin reconocimiento de su valor intrínseco, espiritual o simbólico. Esta visión se expresa en la priorización de actividades económicas altamente destructivas como la minería, la agricultura industrial y la urbanización caótica, las cuales han conducido a la degradación ambiental y al agravamiento de la crisis climática.

El autor es Doctor en Filosofía (PhD.). Licenciado en Economía, Magíster en Planificación Nacional y Economía y Catedrático en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá

 

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