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Una mirada diferente

Por: I Kungiler |



La sociología nos enseña  que  la mayor parte de la población tiende a ver el mundo y entenderlo conforme a lo que sabe y conoce, sin ponerse en la piel del otro. Sin duda pienso que es así. No hay que ser sociólogo para compartir esa premisa.  Eso me trajo a la memoria, un pasaje de mi vida, hace dos décadas atrás, en una visita que hice a los Estados Unidos.

Aquella ocasión, tuve la invitación de un amigo a conocer su país, él me abrió la puerta de su casa y juntos recorrimos pedazos de su terruño en los Estados de Texas, Nuevo México, Arizona y Nevada; acampando a veces y durmiendo en el coche en otras ocasiones. Nombres y lugares que hoy solo quedan en mis reminiscencias. Mi amigo tomó la mayoría de las fotos que por ahí guarda mi padre, viejo guardador de espíritus impresos.

En aquella ocasión, los nombres de estos Estados dibujaban en mi memoria historia de indios y vaqueros, obviamente influenciado por las películas westerns de Hollywood de mí niñez. Vi algunas claro.

Al igual que los clásicos comics como el de Llanero Solitario. Pero bueno, así fui influenciado y lo reconozco. Pero no, yo en el camino conocí otras historias, aparte de las que me vendía la TV y otras zoqueteadas del cine gringo. Y conocí también de naciones fuertes como los navajos, los cherokes, sioux, las otras historias que nadie cuenta, las descubrí en mi juventud.

Así pues, cuando mi amigo me invitó a un Pow Wow, mi imaginación me transportó al desierto, con decenas de tipis, fogatas chispeantes, tambores, danzas, cantos, gritos en el valle y por supuesto que la luna de compañía cerca de un río. Con mucha emoción esperé aquella ceremonia durante días. Me dijo que se iba a realizar en Alburquerque, Nuevo México. Y así con ansias esperé. Llegó el día y aquella tarde nos encaminamos hacia el evento. Y, ¡sorpresa!, llegamos a un estadio de Baloncesto. Centenares de familias haciendo cola para la entrada. Adentro del estadio, puestos de comida rápida de las más conocidas, compramos mazorca, pierna de pavo y gaseosa.

El boleto indicaba el asiento que nos correspondía, he estado dos o tres veces en el Estadio Roberto Durán, pero aquel estadio, para mi vista era una locura.

El evento empezó, diferentes naciones indígenas desfilaron aquella tarde, cantos, danza, tambores, pero sin fogata, sin tipis, sin valles, sin luna. Solo reflectores y bocinas. Fue una experiencia diferente. Quizás no experimenté el  Pow Wow, en el desierto, ni cerca de un río. Pero aquella tarde comprendí hace veinte años atrás que la cultura para pervivir evoluciona y ocupa otros espacios.

A veces creemos entender el mundo, lo que no comprendemos son los cambios, sean para bien o para mal.

Todos tenemos miedo a los cambios. Pero son casi que necesarios. Desde entonces los cambios en el archipiélago habitado y gobernado por los poetas, como dice el maestro Inawinape extraviado entre lusitanos,  también ha cambiado. Lo he visto con detenimiento después de mi sorpresa con los hermanos Navajos, Sioux, Wichitas y Kiowas, aquella ocasión. Su universo no es diferente al nuestro.

Ellos han podido resistir en el mismo epicentro de los que impulsan la cultura globalizante. Su fuerza casi mutante es heroica. Digno de admirar. Desde aquella tarde he querido comprender esa dinámica incomprensible todavía para mí.  Hasta dónde será nuestra resistencia o simplemente empezaremos a formar parte de la economía creativa que impulsa el nuevo orden mundial, para jugar con nuestra inteligencia, pues hay que estar a la moda. Hacer de la cultura un negocio lucrativo. Me dirán que es  inminente.

Hay cosas que no deben cambiar, como el canto del saila, el arrullo de una madre, al arte verbal del argar. La danza es eso un juego en el tiempo y el espacio. En esta guerra de los cambios, obviamente, nos tocará perder un vocablo, una palabra, pero no perdamos nuestro espíritu.

Desde entonces he mirado mi cultura desde otra visión. Sin duda, la cultura vive una dinámica constante, permanente. Pero los vertiginosos cambios no nos han desligado de un principio que compartimos la mayor parte de los pueblos indígenas, el vínculo que tenemos con la madre tierra.

Esa relación la expresamos a través de nuestras producciones de cine, de teatro, de la pintura y todas las expresiones del arte, que de alguna u otra manera nos la hemos apropiado para mantener esa relación. Mantener viva ese espíritu y volver a lo esencial de ser dule, eso, ser dule: ser humano. Al final de cuentas, eso es lo que nos mantiene seguir siendo una nación fuerte: dulenega.

I Kungiler

VIANOR PEREZ R.Santa Mónica, Panamá

 
La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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