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Guararé: la gran casa común de las culturas panameñas

Por: Roberto Antonio Pinto Rodríguez, | Publicado el: 02 octubre 2026



Cada septiembre, Guararé vuelve a convertirse en uno de los grandes puntos de encuentro de la cultura panameña. Durante los días del Festival Nacional de la Mejorana llegan delegaciones, músicos, cantadores, artesanos, bailadores, investigadores, estudiantes y visitantes procedentes de distintos puntos del país. Expresiones nacidas y desarrolladas en comunidades muy diferentes coinciden entonces en un mismo lugar y, al hacerlo, permiten contemplar una parte importante de la diversidad cultural de Panamá.

Siempre he pensado que, durante esos días, Guararé se transforma en una especie de casa común del folclore panameño o, por qué no decirlo, en su cuna temporal. Terminada la Mejorana, cada expresión regresa a su pueblo, a su provincia, a su comarca, a los lugares donde ha sido transmitida de generación en generación. Pero mientras dura el Festival, todas encuentran allí un escenario compartido.

Esa capacidad de reunirnos es una de las grandes fortalezas de la Mejorana.

También implica una responsabilidad.

Un festival de esta magnitud no puede limitarse a mostrar nuestras tradiciones. Preservar una expresión cultural supone cantarla, bailarla y mantenerla viva, pero también preguntarse por su historia, documentarla, estudiarla y comprender las circunstancias que hicieron posible su aparición y permanencia. Por eso los espacios académicos dentro del Festival Nacional de la Mejorana tienen un valor particular.

El folclore no comienza ni termina sobre una tarima.

Detrás de un canto, de un instrumento, de una indumentaria, de una danza, de una comida o de una celebración existen historias de transmisión, adaptación, memoria y convivencia. Algunas pueden seguirse durante generaciones; otras todavía esperan ser investigadas. Y cuando ampliamos la mirada aparece algo que a veces olvidamos: Panamá no se construyó a partir de una sola tradición cultural.

Nuestro país es el resultado de muchos encuentros.

Están los pueblos originarios, cuyas historias y conocimientos anteceden por siglos a la República. Está la profunda presencia afrodescendiente, tanto colonial como antillana. Está la cultura campesina, que desarrolló formas propias de música, oralidad, religiosidad, vestimenta y trabajo. A ellas se sumaron comunidades que llegaron al istmo mediante distintos movimientos migratorios y que, generación tras generación, hicieron de Panamá su hogar.

La presencia china, por ejemplo, está estrechamente ligada a episodios de la historia del ferrocarril, al comercio y a la vida urbana. Comunidades árabes, hebreas, antillanas e indostanas participaron también en el desarrollo económico, profesional, social y cultural del país. Algunas conservaron religiones, gastronomías, celebraciones y redes familiares propias. Otras prácticas fueron cambiando con los hijos, los nietos y las nuevas generaciones nacidas en Panamá.

Entonces surge una pregunta que vale la pena hacernos:

¿Cuánto conocemos realmente de las comunidades que viven, trabajan y construyen Panamá junto a nosotros?

Compartimos ciudades, comercios, universidades, profesiones, escuelas y espacios públicos con personas cuyas historias familiares muchas veces desconocemos. Sabemos que están allí. Sabemos que forman parte del país. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntar de dónde llegaron sus antepasados, por qué vinieron, qué dificultades encontraron, qué conservaron de sus lugares de origen y qué fueron aportando a Panamá.

Desde esa perspectiva resulta especialmente pertinente el tema escogido este año para los espacios académicos del Festival Nacional de la Mejorana: “Las culturas panameñas: evolución, aportes y retos”.

La sola formulación del tema obliga a ensanchar la mirada.

Hablar de las culturas panameñas significa reconocer las expresiones tradicionales profundamente arraigadas en cada región del país, pero también estudiar los encuentros, desplazamientos y migraciones que han acompañado nuestra historia. Panamá ha sido durante siglos territorio de tránsito, comercio y movilidad humana. Era inevitable que esa condición dejara huellas en la manera en que vivimos, comemos, celebramos, creemos, trabajamos y nos relacionamos.

Por eso considero acertado que el Festival Nacional de la Mejorana conserve esta dimensión académica. Defender la cultura no consiste únicamente en proteger aquello que ya conocemos y reconocemos como propio. También exige formular preguntas sobre zonas de nuestra historia que todavía permanecen poco estudiadas o, sencillamente, fuera de la conversación pública.

Este año tuve la oportunidad de participar por segundo año consecutivo en esos espacios académicos. En esta ocasión me correspondió presentar la investigación “Cultura indostana en Panamá: evolución, aportes y retos”.

Y ocurrió algo que suele suceder cuando uno comienza a investigar seriamente un tema: aparecieron muchas más preguntas de las que tenía al principio.

Detrás de la presencia indostana en Panamá encontré historias de migración y comercio, de familias que fueron estableciéndose en el país, de discriminación jurídica y organización comunitaria; también historias de religiones, empresas, solidaridad, festividades y cambios entre una generación y otra. A medida que avanzaba la investigación aparecían nombres, documentos y acontecimientos vinculados con la historia nacional que, sin embargo, rara vez ocupan un lugar visible cuando contamos esa historia.

Eso merece atención.

Porque tal vez uno de los mayores aportes de los espacios académicos de la Mejorana sea precisamente ese: llevarnos fuera de lo conocido, obligarnos a formular nuevas preguntas y recordarnos que todavía quedan muchas historias panameñas por estudiar.

Investigar nuestras culturas no significa fragmentar Panamá en grupos separados ni elaborar un inventario de comunidades. La tarea es otra. Se trata de comprender los distintos caminos por los cuales personas de procedencias diferentes terminaron compartiendo un territorio, formando familias, creando empresas, participando de la vida pública, conservando determinadas costumbres, modificando otras y haciendo suyo este país.

La cultura también se construye cuando nos conocemos.

La convivencia cambia cuando conocemos la historia de quienes viven junto a nosotros.

Y reconocer la diversidad de Panamá no disminuye nuestra identidad nacional. Nos permite entenderla mejor, con sus cruces, sus diferencias, sus continuidades y también con las historias que durante mucho tiempo apenas hemos contado.

Investigar a la comunidad indostana me llevó justamente a esa conclusión.

Su historia comienza lejos del istmo. Pero no termina allí.

Con el paso de las generaciones, esa historia también se volvió panameña.

De ella hablaremos en el próximo artículo.

El autor, es doctor en Ciencias de la Comunicación Social, profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá y especialista en medios de comunicación y cultura. Ha dedicado parte de su vida a la promoción y preservación del patrimonio cultural panameño, tanto material como inmaterial, a través del audiovisual.

 

 

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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