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El patrimonio también se mira

Por: Roberto Antonio Pinto | Publicado el: 03 agosto 2026



Cuando hablamos de patrimonio, casi siempre pensamos en monumentos, iglesias, polleras, documentos históricos o piezas antiguas. Pero el patrimonio también se mira. Está en las imágenes que conservamos de nuestros pueblos, de nuestras ciudades, de nuestras fiestas, de nuestros barrios y de nuestras formas de vida. Está en la televisión que dejó constancia de una procesión, en la noticia que mostró una calle, en el video donde quedó una cantadera, en la fotografía de un bus cargado de color, en el archivo de una fiesta patronal o en la imagen de una ciudad que ya cambió.

El patrimonio no vive solo en vitrinas ni en museos. También está en aquello que una comunidad reconoce como parte de su memoria. Allí el audiovisual tiene un valor enorme. La imagen permite ver prácticas, espacios, rostros y gestos que muchas veces no aparecen en los relatos oficiales. Nos muestra el país vivido, el país que canta, trabaja, baila, se mueve, protesta, conversa y recuerda.

En Panamá solemos asociar la identidad cultural con el interior, y es comprensible. Allí se han preservado expresiones fundamentales de nuestra tradición: la música típica, las cantaderas, los tambores, los bailes, las patronales, los carnavales, las comidas y muchos oficios. Pero también tenemos que mirar la ciudad como espacio de memoria cultural. La ciudad de Panamá posee su propia historia visual y sonora. Sus barrios, sus avenidas, sus mercados, sus edificios, sus buses, sus esquinas y sus músicas también forman parte del patrimonio.

Los diablos rojos, por ejemplo, no fueron solamente un medio de transporte. Fueron una imagen cultural de la ciudad. Sus colores, sus frases, sus dibujos, su música, su ruido y su presencia en las calles marcaron la vida cotidiana de varias generaciones. Para muchos panameños, recordar la ciudad de otros años es recordar también esos buses, sus rutas, su ambiente y la manera en que reunían distintas expresiones populares. Eso también es memoria audiovisual.

Algo parecido ocurre con el reggae de los barrios, con la música que sonaba en las calles, con los bailes urbanos, con las maneras de hablar de la juventud, con los programas de radio, con los videos musicales y con las imágenes de una ciudad que fue construyendo su propia cultura popular. No podemos pensar la identidad panameña solo desde una mirada rural o folclórica. Panamá es interior, costa, montaña y tradición; pero también es barrio, ciudad, tránsito, mezcla, juventud y música urbana.

El audiovisual permite unir esas dimensiones sin forzar una por encima de la otra. Puede mostrar una cantadera en el interior y también un baile urbano en la capital. Puede registrar un tambor en una fiesta tradicional y una canción nacida en un barrio popular. Puede acercarse a una procesión en un pueblo y a una avenida llena de buses pintados en la ciudad. Todo eso forma parte de la experiencia cultural panameña. El patrimonio no debe entenderse como una imagen quieta, sino como una memoria en movimiento.

Durante años, la televisión y las noticias fueron dejando escenas que hoy tienen un valor histórico enorme. En su momento quizá se registraron como parte de la rutina diaria: una calle inundada, una cobertura de fiesta, una nota sobre transporte, una actividad escolar, un festival o un problema comunitario. Sin embargo, con el tiempo esas imágenes se convierten en documentos culturales. Nos permiten ver cómo eran los pueblos, cómo vestía la gente, cómo hablaba, cómo lucían las casas y cómo sonaban las calles.

Por eso afirmo que el patrimonio también se mira. No basta con decir que una tradición importa; hay que verla, preservarla y compartirla. La imagen ayuda a que el patrimonio sea comprendido por nuevas generaciones. Un joven puede leer sobre una fiesta antigua, pero cuando ve una grabación, escucha el tambor, observa la tuna y mira los rostros en movimiento, establece otra relación con la memoria.

Sin embargo, mirar el patrimonio exige sensibilidad. No se trata de convertirlo todo en espectáculo ni de reducir la cultura a color, música y paisaje. El patrimonio tiene espesor social. Detrás de cada expresión hay historias familiares, luchas comunitarias, aprendizajes, cambios y sentimientos de pertenencia. El audiovisual debe ayudar a entender esa profundidad, no a borrarla.

Como comunicador social y trabajador del campo audiovisual, creo que una de nuestras tareas es ampliar la mirada sobre lo que merece conservarse. A veces pensamos que solo lo antiguo o lo típico tiene valor patrimonial. Pero también hay patrimonio en una grabación de barrio, en un programa de televisión, en una imagen de archivo de la ciudad, en una entrevista a un músico popular, en una fiesta escolar o en un video comunitario. Todo eso cuenta la vida del país.

Hace falta una política de preservación audiovisual más consciente y sostenida. Medios de comunicación, universidades, archivos, instituciones culturales y comunidades tendrían que asumir esa tarea de forma conjunta para conservar imágenes y sonidos antes de que desaparezcan. Cada cinta deteriorada, cada archivo borrado y cada grabación sin identificar suponen una pérdida irreparable para la memoria nacional. En ese patrimonio visual y sonoro permanece una parte esencial de nuestra historia colectiva.

El autor, Roberto Antonio Pinto Rodríguez, es doctor en Ciencias de la Comunicación Social, profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá y especialista en medios de comunicación y cultura. Ha dedicado parte de su vida a la promoción y preservación del patrimonio cultural panameño, tanto material como inmaterial, a través del audiovisual.

 

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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