El sonido de los pueblos latinoamericanos
Cada pueblo tiene una manera de sonar. No me refiero solo a su música, sino a ese conjunto de voces, ruidos, cantos, campanas, pregones, animales, rezos, mercados, fiestas y silencios que forman su ambiente cotidiano. Los pueblos no solo se ven; también se escuchan. Y muchas veces, para comprender su identidad, hay que cerrar un poco los ojos y atender lo que el oído reconoce.
América Latina es un continente profundamente sonoro. Sus ciudades, campos, costas, montañas y comunidades tienen marcas acústicas propias. En algunos lugares, la campana de la iglesia organiza el tiempo. Puede anunciar una misa, una muerte, una boda, una fiesta o una alarma. En otros espacios, el pregón del vendedor atraviesa la calle y se vuelve parte de la vida diaria. Hay pueblos donde el tambor convoca, donde la guitarra acompaña la nostalgia, donde el acordeón anima la fiesta, donde una voz salomada cruza el monte y donde el canto de trabajo acompaña la faena.
En Panamá, esos sonidos forman parte de nuestra experiencia cultural. Quienes venimos del interior o hemos trabajado en comunidades sabemos que el sonido del campo no es vacío. Ahí están el canto del gallo, el llamado al ganado, el golpe del pilón, el agua de la quebrada, la conversación en el portal, la risa en la cocina, la música típica que sale de una radio y la saloma, capaz de expresar alegría, fuerza, amor o tristeza.
Los cantos de trabajo merecen una atención especial. El hombre del campo no solo trabajaba en silencio. Llamaba a los animales, cantaba, improvisaba, salomaba. En esas expresiones sonoras había comunicación práctica, pero también emoción. La voz servía para organizar el trabajo y, al mismo tiempo, para aliviar la soledad, expresar nostalgia o afirmar la presencia humana en medio del paisaje.
La mujer campesina también ha construido un universo sonoro de gran riqueza. En la quebrada, en el río, en la cocina, en el patio o mientras cuidaba a sus hijos, cantaba, salomaba, tarareaba o improvisaba versos. Muchas de esas expresiones no fueron grabadas con la frecuencia que merecían. Sin embargo, forman parte de una memoria femenina que ha sostenido buena parte de la tradición oral y musical de nuestros pueblos.
El sonido de América Latina también está en sus mercados. Allí se mezclan voces, ofertas, risas, discusiones, radios encendidas, pasos, motores, cuchillos, bolsas, monedas y saludos. El mercado es una partitura social. Cada vendedor tiene su manera de llamar; cada cliente, su forma de responder; cada producto, su ritmo de circulación. Quien graba un mercado no está registrando ruido: está documentando economía popular, lenguaje y convivencia.
Los pregones son otro patrimonio sonoro que debemos mirar con seriedad académica. A veces se les trata como simple folclore pintoresco, pero en realidad son formas de comunicación oral. Tienen tono, ritmo, intención y estrategia. Un buen pregonero sabe llamar la atención, diferenciarse, insistir sin cansar y convertir su voz en una marca personal. Recuerdo experiencias grabadas con personas de Monagrillo, donde el humor, la picardía y la manera de decir revelaban una inteligencia popular extraordinaria.
Los pueblos latinoamericanos también suenan en sus fiestas religiosas y populares. Las procesiones tienen rezos, cantos, pasos, campanas, bandas y murmullos. Los carnavales tienen tambores, cajas, voces, coros, gritos y… y nuestras murgas. Las patronales tienen fuegos, música, conversaciones y alegría. Cada celebración deja una memoria acústica que, si no se registra, se pierde con facilidad.
Desde el audiovisual, el sonido no debe ser tratado como un acompañamiento menor de la imagen. El sonido narra. El sonido ubica. El sonido emociona. Una imagen de un río sin el rumor de su corriente pierde parte de su fuerza. Una fiesta sin sus voces queda incompleta. Una entrevista sin los tonos del habla pierde humanidad. Por eso, quienes trabajamos en comunicación debemos darle al sonido la importancia que merece.
Hoy, cuando muchas producciones privilegian la imagen rápida y el impacto visual, conviene recordar que la identidad también entra por el oído. América Latina no puede comprenderse solo por sus paisajes. Hay que escucharla. Hay que escuchar sus campanas, sus tambores, sus pregones, sus acentos, sus rezos, sus cantos de trabajo y sus músicas populares.
El sonido de los pueblos latinoamericanos es memoria viva. Está en lo cotidiano, en lo festivo, en lo sagrado y en lo laboral. Está en la voz de la mujer que canta mientras lava, en el hombre que llama al ganado, en la campana que anuncia, en el vendedor que pregona y en el tambor que reúne. Ahí también se encuentra nuestra identidad.
El autor, Roberto Antonio Pinto Rodríguez, es doctor en Ciencias de la Comunicación Social, profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá y especialista en medios de comunicación y cultura. Ha dedicado parte de su vida a la promoción y preservación del patrimonio cultural panameño, tanto material como inmaterial, a través del audiovisual.


