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La radio como casa de la memoria popular

Por: Roberto Antonio Pinto Rodríguez | Publicado el: 23 julio 2026



La radio ha sido una de las grandes casas de la memoria popular latinoamericana. Antes de que la televisión ocupara un lugar central en los hogares, y mucho antes de que las redes sociales marcaran el ritmo de la conversación pública, la radio acompañaba la vida diaria de los pueblos. Estaba en la cocina, en la sala, en el taller, en el bus, en el campo, en la tienda, en la escuela y en la noche. No pedía ser mirada; bastaba con escucharla.

En Panamá, como en buena parte de América Latina, la radio ha cumplido una función cultural de enorme valor. Ha sido medio informativo, espacio musical, escenario de humor, compañía doméstica, plataforma educativa y puente entre comunidades. Muchas personas conocieron artistas, fiestas, noticias y relatos gracias a una emisora. La radio no solo transmitía contenidos: construía hábitos, horarios y formas de convivencia.

Desde la comunicación social, la radio puede entenderse como un territorio de encuentro. En ella han convivido la noticia urgente, el anuncio comercial, la música típica, el bolero, la salsa, el reggae, la décima, el comentario deportivo, la radionovela, el concurso y el saludo comunitario. Esa mezcla, que podría parecer desordenada, expresa precisamente la riqueza de la cultura popular. La radio nunca fue un medio distante. Fue cercana, oral, inmediata y profundamente afectiva.

En muchos pueblos, la emisora local ha sido casi una institución comunitaria. Allí se anuncia una actividad religiosa, se informa sobre una defunción, se invita a una fiesta, se felicita a alguien por su cumpleaños, se transmite una cantadera o se comparte una noticia del lugar. La radio ha servido para que la comunidad se escuche a sí misma. Y eso, desde el punto de vista cultural, tiene un valor inmenso.

La radio también educó el oído de varias generaciones. Nos enseñó a reconocer voces, estilos, géneros y formas de narrar. Había locutores cuya sola presencia bastaba para identificar una emisora. Había programas que marcaban el inicio del día, la hora del almuerzo o el cierre de la noche. Había familias que organizaban su rutina alrededor de ciertos espacios radiales. Esa relación entre sonido y vida cotidiana forma parte de la memoria sentimental del país.

En América Latina, la radio fue, además, un escenario de imaginación. Quienes escuchaban radionovelas, cuentos, narraciones deportivas o programas humorísticos no recibían imágenes hechas: las construían mentalmente. Esa capacidad de sugerir mundos a partir de la voz es una de las grandes virtudes del medio. La radio despierta la imaginación porque trabaja con la palabra, la música, el silencio y los efectos sonoros.

En Panamá, muchas expresiones musicales encontraron en la radio una vía de circulación. La música típica, el tamborito, la tamborera, la cumbia, la salsa, el calipso, los combos nacionales y el reggae panameño se difundieron a través de emisoras que ayudaron a formar públicos. Un artista podía hacerse conocido porque su canción sonaba una y otra vez. Una transmisión en vivo podía convertir una fiesta local en una experiencia escuchada por personas de otras regiones.

También conviene reconocer el papel de la radio en la formación del gusto popular. La radio no solo reflejaba lo que la gente quería escuchar; también influía en lo que la gente aprendía a valorar. Programaba, repetía, recomendaba, presentaba novedades y legitimaba artistas. Por eso, estudiar la radio es estudiar una parte fundamental de la cultura nacional.

Pero la radio no pertenece únicamente al pasado. Aunque hoy compite con plataformas digitales, pódcast, videos y redes sociales, conserva una fuerza particular. En situaciones de emergencia, sigue siendo un medio confiable y accesible. En zonas donde otros servicios no llegan con facilidad, continúa acompañando. Y en la memoria de muchas personas, sigue siendo el medio de la cercanía.

Como productor audiovisual, siempre he pensado que no podemos separar la imagen del sonido. La radio nos enseña que el sonido también construye identidad. Una voz puede representar una época. Una cortina musical puede devolvernos a la infancia. Un jingle puede activar recuerdos colectivos. Una transmisión antigua puede ayudarnos a comprender cómo se comunicaba el país.

Por eso, la radio debe ser estudiada como patrimonio cultural. Sus archivos, grabaciones, entrevistas, programas y transmisiones no son materiales secundarios. Ahí está la voz de una sociedad que se informó, se entretuvo, se emocionó y se reconoció a través del sonido. La radio fue, y sigue siendo, una casa de la memoria popular: una casa hecha de voces, música, relatos y silencios que todavía nos acompañan.

El autor es doctor en Ciencias de la Comunicación Social, profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá y especialista en medios de comunicación y cultura. Ha dedicado parte de su vida a la promoción y preservación del patrimonio cultural panameño, tanto material como inmaterial, a través del audiovisual.

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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