La cámara como memoria viva de los pueblos
En Panamá, la cámara ha sido testigo de la vida de los pueblos. Ha pasado por caminos de tierra, plazas, ríos, iglesias, fondas, patios, fiestas, oficios y conversaciones que forman parte de nuestra historia cotidiana. No siempre ha contado con grandes recursos. Muchas veces ha ido al hombro de periodistas, camarógrafos, productores o documentalistas que salían al interior con más voluntad que presupuesto. Pero gracias a esas imágenes hoy podemos volver a escenas que, de otro modo, habrían quedado solo en la memoria de quienes las vivieron.
Con los años he aprendido que la cámara no es un simple aparato técnico. Es una herramienta de observación, memoria e interpretación. Lo que queda en imagen no solo se conserva: también se organiza desde una mirada. Por eso quien trabaja en la audiovisual carga una responsabilidad cultural. No basta con llegar, encuadrar y seguir de largo. Hay que saber mirar, escuchar y respetar a la gente que abre las puertas de su comunidad.
Mis primeros trabajos estuvieron ligados al turismo. Recuerdo recorridos por ríos de Veraguas, visitas a comunidades, coberturas de fiestas populares y jornadas en espacios donde naturaleza y cultura aparecían unidas. También trabajé en FETV, TVN, RCM, y allí confirmé algo que se volvió convicción: Panamá no se entiende solo desde la capital ni desde las oficinas. Panamá se comprende caminando sus pueblos y oyendo sus voces.
En esos recorridos, la cámara cumple una función decisiva. Presencia lo que ocurre y permite que otros lo vean. Una fiesta patronal la viven quienes están allí; sin embargo, cuando queda registrada adquiere otra vida. Llega a casas distantes y a públicos que nunca estuvieron en ese lugar. Lo mismo ocurre con un río, una cantadera, una fonda o la conversación con un adulto mayor frente a su casa. La cámara no reemplaza esa experiencia, pero sí la prolonga.
Esa tarea ha sido clave en un país diverso como Panamá. No es igual mirar el Caribe que mirar Azuero, Darién, Veraguas, Chiriquí, Coclé o la ciudad capital. Cada región tiene su ritmo, su acento y su modo de presentarse ante el mundo. El audiovisual permite que esas diferencias dialoguen dentro de una memoria nacional amplia y fiel a lo que somos.
Ahora bien, cuando una cámara entra a un pueblo puede hacerlo de dos maneras. Puede quedarse en la postal bonita y en la toma fácil. O puede acercarse con respeto, demorarse en los detalles, escuchar a los habitantes y permitir que la comunidad se exprese con su voz. Esa diferencia es fundamental. El audiovisual cultural no debería convertir a los pueblos en decorado. Debe reconocerlos como espacios vivos, con historia, alegrías, saberes y dignidad.
La televisión panameña ha dejado ejemplos valiosos de ese trabajo. Reportajes culturales, transmisiones de festivales, coberturas de carnavales y piezas documentales han conservado imágenes de comunidades que se han transformado. Uno ve un registro antiguo y descubre una plaza distinta, una manera de vestir que casi no se ve o una costumbre menos frecuente. Allí está la fuerza del archivo audiovisual: no solo rescata imágenes, también permite leer los cambios.
Porque los pueblos no son piezas congeladas en el pasado. Cambian, crecen, reciben influencias nuevas y reformulan sus tradiciones. Por eso el audiovisual no debe perseguir una pureza imaginaria. Su tarea es documentar la vida como ocurre, con sus continuidades y sus transformaciones. Una tradición no pierde valor porque dialogue con el presente. Lo importante es entender qué significado tiene para la comunidad y cómo esa comunidad la reconoce como suya.
Hoy el celular ha multiplicado las cámaras. Cualquiera puede registrar una procesión, una saloma, una comida, un baile o el testimonio de un vecino. Eso democratiza la imagen, pero también abre preguntas urgentes. ¿Qué se conserva? ¿Dónde queda? ¿Cómo se organiza? ¿Quién le da contexto a ese material? Acumular videos no equivale a construir memoria. Para que el audiovisual se convierta en patrimonio hace falta cuidado, clasificación, relato y acceso.
Como comunicador, creo que Panamá debe pensar con más seriedad sus archivos audiovisuales comunitarios. Cada pueblo podría conservar las huellas de sus fiestas, de sus adultos mayores, de sus músicos, de sus oficios y de sus cambios urbanos o rurales. Allí pueden trabajar juntos medios, universidades, instituciones culturales y las propias comunidades. No se trata solo de producir para el momento. Se trata de dejar memoria para el futuro.
Por eso sigo creyendo en el poder de la cámara. Bien utilizada, puede mostrar lo que se está perdiendo, pero también aquello que permanece. Puede acercarnos a la palabra de un anciano, a la fuerza de una comunidad, a la belleza de una celebración y a la historia que late en cada pueblo. En un país donde tanta memoria ha dependido de la oralidad, la imagen se ha vuelto una forma necesaria de permanencia.
El autor, Roberto Antonio Pinto Rodríguez, es doctor en Ciencias de la Comunicación Social, profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá y especialista en medios de comunicación y cultura. Ha dedicado parte de su vida a la promoción y preservación del patrimonio cultural panameño, tanto material como inmaterial, a través del audiovisual.


