¿Para dónde vamos?
El Presupuesto General del Estado, que debiera ser una previsión lo más cercana posible a la realidad de los ingresos para consecuentemente definir los gastos para un ejercicio económico determinado (y no al revés, vale decir, definir gastos y después ver de dónde se obtienen los recursos) sorprende que para la vigencia fiscal del año 2021, éste sea de 24,088.9 millones, es decir, un incremento del 3.3% con relación al del año 2020, que por ley fue de 23,322.4 millones, cuando es más que claro que los ingresos del Estado se verán seriamente afectados.
Otra de las alternativas del Estado para equilibrar sus finanzas sería “intentar” implementar un alza de impuestos, lo que, si bien se aparenta lejana; dada la envergadura de la crisis actual no resulta imposible, aunque si descabellada y cortoplacista, pues los países que tienen mejor calidad de vida y economía son aquellos que más libertad económica ofrecen y que no castigan a sus ciudadanos con una elevada carga impositiva. Los impuestos en sí son un acto violento (por su coercitividad) que veja la propiedad privada. A mayor presión fiscal, más impuestos, más recursos que retrotraen el accionar voluntario del mercado. Por otro lado, el Estado gasta sin economizar, sin maximizar la utilidad de los receptores; aunque la casta política sostenga lo contrario y diga conocer en que consiste el bienestar de los terceros y cómo alcanzarlos.
Podría hablarles de Dios, pero él no tiene cabida para dónde vamos. Podría hablarles de honor, pero él parece haberse esfumado de la conciencia nacional. Así las cosas, y a menos que actuemos con diligencia y luces largas, la respuesta a mi aseveración de “para dónde vamos”, parece estar más cerca de una de las frases esbozada al principio de la célebre canción carnestolenda de Don Pedro Altamiranda “Las Tablas” (que me abstengo de citar pues seguramente el editor censurará); que de un dogma de fe esperanzador.
El autor es estudiante de Periodismo


