El “Orejano” del Doctor Belisario Porras
El Dr. Belisario Porras Barahona, estando en Bogotá, el 1 de marzo de 1882, a la edad de 25 años, publicó el ensayo titulado “El Orejano”. Género discursivo que inicia señalando que, en términos generales, la acepción de la palabra “orejano” es un animal que no tiene la marca de su dueño; sin embargo, él lo usa, figurativamente, para referirse a los individuos de meollo endurecido.
Este ensayo es un relato refrescante, poético y real, que relata cómo era la vida de los campesinos azuerenses hace 139 años, los cuales, muy probablemente, tenían mucha coincidencia con los de otras regiones del interior de Panamá.
El orejano se muestra con todo su rústico esplendor, con su ciencia de campo, con sus creencias, con sus fiestas, cantos alegres y con sus ocupaciones habituales. Señala, que es hospitalario, generoso y que profesa profundo respeto a la sociedad. Describe la vestimenta de la época: “la gruesa chamarra desabotonada, calzón chingo, las cutarras, el sombrero de paja amarilla y el inseparable cuchillo, ceñido a la cintura”.
Y, que, para los días de festividad, suelen agregar cotón de bayeta azul que se usa por encima de la chamarra. Sobre la personalidad de aquellos lugareños dice: “Al que considera su rival, se le acerca con la punta desenvainada, el sombrero a la pedrada; y, le arrastra por delante el poncho, circunstancia que basta y sobra para que sea aceptado el duelo”. “Cada uno se envuelve el manto en la mano del brazo izquierdo para que le sirva de escudo”.
El orejano posee un proverbial ardor por el trabajo. El agricultor es movido por el código que reza: “Un campo es propiedad de quien lo desmontó, limpió y trabajó; así como un antílope pertenece al primer cazador que lo hirió”. Busca para la siembra el terreno virgen y tupido de árboles, para evitarse la molestia de emplear el arado. Nos señala Porras que: “el Istmo es la única tierra en donde el buey no ara”.
Él vive en comunidad, por lo que, “cuando juzga que está próximo el invierno, hace la invitación para la junta del desmonte, la cual tiene lugar poco más o menos a principios de mayo”. En la junta, las muchachas muelen el maíz cocido, machacándolo entre dos piedras y, con gracia seductora, hacen aquellas tortas en las palmas de las manos.
Además, se hace sancocho, mondongo y chanfaina. “La danza comienza y es seguida de la mejorana, entre el tumulto de parejas. Las flautas, violines y panderetas dejan oír alegres bambucos, cuyos sonidos parece que juguetearan en el ancho espacio de la llanura”.
También nos habla de la hierra, “en donde van saliendo las novillas del corral, en pos de los cuales se lanzan ágiles un par de robustos mozos que se disputan en la rápida carrera el derecho de colearlos”; y, ora a pie, ora a caballo, con maestría y vigor, dan en tierra con ellos entre los aplausos de los concurrentes. Sobre el velorio, nos señala que la filosofía del orejano es: “¿Por qué llorar y entregarse al dolor cuando el alma se desprende del barro vil que la aprisiona?”.
De aquí que las rosas y carcajadas alternan con los chistes y los cantos. La lectura del El Orejano nos recuerda nuestros orígenes y fortalece la identidad nacional. Nos deleita con ese pasado fundamental y aporta a la construcción y reconstrucción social de nuestra nación.
El autor es Rector de la Universidad de Panamá


