El Arpa de Viento
Desde que se fueron los gringos por los problemas con el gobierno militar, no se ven a estos extraños visitantes que de forma continua se alojaban en la casa de un viejo veterano americano que vivÃa al final del camino. Pero ahora veo a un anglo barbudo, que siempre pasa sosegado hacia la casa de los Sanders.
Lo observo comer todo por partes mientras cierra los ojos: primero el pan, luego la tuna y al final los tomates, y después con afán continúa construyendo algo en la parte de atrás de la casa, lo cual no logro precisar aún qué es.
Pensé que solo hablaba inglés, pero un dÃa tocó a mi puerta para pedir una coa. Tuve la duda de abrirle porque es muy alto, sin embargo, parece frágil y no creà que fuera peligroso.
Cuando abrà le saludé en su idioma, pero él con fluido español me pidió una coa y le dije que la tomara y con esta clavó un largo y delgado poste.
Al terminar le pregunté si necesitaba algo más, pero no me respondió con su boca, sino con su vientre reflejado en su mirada. Asà que le regalé dos flautas de pan que recién habÃa horneado y sorprendido me preguntó:Â
— ¿Son fla-u-tas de pan?, y noté desde sus ocultos labios por su espesa barba que siguió pronunciando esta palabra, en su interno universo.
La otra tarde lo observé desde mi ventana sin que él lo notara, que movÃa su cabeza de abajo hacia arriba, como quien disfruta de un extraño sonido que emana del poste.
DÃas después tocó a mi puerta y por primera vez estaba sonreÃdo lavado y peinado. Invitándome a la inauguración de su obra y me solicitó que llevara pan de flauta: fla-u-ta con café, y luego me preguntó la fecha.
Le contesté, mientras mi mente me decÃa que faltan pocos dÃas para el primer aniversario de ese fatal accidente de mi esposo. Recordé los detalles y luego, me resonaban esas lÃneas de esa rara poesÃa.
Al pararnos frente a algo parecido a un poste con unas cuerdas de nylon amarradas a unos conos, que tenÃa varios pedazos de tubos de cobre enterrados en tierra. Me mostré falsamente deslumbrada, lo que él enseguida notó, diciéndome:
—Es un arpa de viento.
 Me sonreÃ, pero me contuve la risa para no ser descortés.
Y me dijo:
 —El Ruah cuando llega, la hará sonar y siguió explicando que era una palabra hebrea, que significaba soplo y en griego espÃritu, con tal elocuencia que exhibió mi notoria ignorancia. Por lo que no quise más reÃr por dentro, ya que algo cambió en mà después de escuchar esa extraña explicación. Y consideré que habÃan pasado tres semanas desde que él estaba habitando la casa contigua y nunca lo habÃa percibido en esa dimensión.
En los dÃas siguientes por las mañanas ajustaba el instrumento, y pensé que solo él podÃa escucharlo porque eran espÃritus. Luego por las tardes nos reunÃamos a tomar café y pan flauta cerca del raro aparejo.
En esas frÃas tardes grises, él me escuchaba descargar mis frustrados sueños por el corto tiempo de mi matrimonio. Después que un camión, por no arrollar a un indÃgena ebrio tendido en medio de la carretera esa madrugada, se salió de la vÃa y chocó el pick up de mi esposo.
Él, nunca me dijo un adiós ni siquiera un hasta luego y en mi mundo todo quedó asÃ, sin dÃas de risas ni sentido y de esto se cumplirÃa ya un año.
Recapacité diciendo: ¿Qué me pasó todos estos meses que casi no salÃa?, ¿es que no habÃa más hombres en el pueblo? ¿Y por qué sin buscar a este extraño del cual no sabÃa ni su nombre, habÃa llegado hasta mi puerta?
Lo más parecido a una despedida fue un papel que vi escrito en su billetera, que la FiscalÃa me entregó con otras prendas cuando la investigación del caso cerró:
Y mendigué siempre, mucho, un te quiero.
Vi mis números y estaban en cero.
Anhelé poseer un poco de afecto.
Olvidaré mejor ese proyecto.
Rogué, pues, y no tenÃa quién me amaraÂ
y soñé, que quizás tú me miraras.
Clamando, no conseguà ni un destello,Â
Pues te ocultabas bajo tus negros cabellos.
¿MorirÃa sin que nadie me llorara?
Viejo anhelo que mi alma rechazara.
Viciado por la angustia y desvarÃos,
quedarÃa al final de mis respiros.
Al soplar este podrás escucharme.
De mañanas, podré comunicarme.
Raro artefacto que mueve mi viento.
Ya que no pude, despedirme a tiempo.
En la mañana antes de cumplirse el aniversario de la fatÃdica fecha, el extraño enviado se despidió y noté que sus ojos eran profundos, sus oscuros párpados te dejaban una sensación de eternidad al verlos. Me dio la mano y descubrà una vieja cicatriz digna de cualquier carpintero y sentà un raro cosquilleo de nostalgia.
A las cinco y media de la mañana hora de la muerte de mi esposo, algo difÃcil de describir zumbaba, era como un bajo sonido de un cuerno y tuve miedo de salir a ver qué era. Pero desde mi cocina alumbré y entendà que era el arpa de viento, que ya tenÃa ruah, espÃritu, y un pasible sonido de un prolongado adiós.
El autor es Alférez egresado de la Escuela de Oficiales de la Benemérita Guardia Civil del Perú.


