Educación reinventada en tiempos de coronavirus
No hace mucho, mientras visitaba EE.UU., me enteré que la Universidad de Panamá (UP) había decidido que, por todo aquello relacionado con el coronavirus, era inevitable desestimar las clases presenciales y, en su lugar, incurrir en la educación a distancia.
Un cambio paradigmático desde la fundación en 1935 de esta institución. Reconozco que, de inmediato, entré en un estado de negación. Con mis 65 años de edad y una experiencia docente que supera los cuatro decenios, mi mente decía NO a todo lo que implicara educación virtual.
Estaba desanimado y con ganas de retirarme definitivamente de las aulas o, al menos, solicitar una licencia sin sueldo hasta que surgiera un retroviral o una vacuna que combata con efectividad al covid-19.
De pronto, leí en una revista el siguiente pensamiento de William Arthur Ward: “El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas”. Esta reflexión me reanimó en un santiamén. Claudicar, en verdad, nunca ha sido parte de mi naturaleza. Soy un luchador innato. Y me convencí de que, si otros pueden, yo no podía quedarme rezagado.
Mi primer objetivo fue descubrir en qué consistía la enseñanza virtual. Para ello tomé, de manera simultánea, dos cursos intensivos sobre educación a distancia.
Uno ofrecido por Future Learn, organización no lucrativa radicada en Londres; y otro facilitado por el Instituto Poynter, localizado en Tampa, Florida.
Como segunda fase, desempolvé mis archivos y comencé a revisar una media docena de seminarios que yo, en calidad de estudiante, había recibido tiempo atrás para enriquecer mi acervo cultural. Esos seminarios involucraban diversas disciplinas y conocimientos que emanaban de entidades prestigiosas como el Banco Mundial y la Universidad de Texas en Austin, por solo mencionar un par. El punto medular fue analizar cómo aquellos docentes habían aplicado las metodologías para la educación virtual.
Luego incurrí en la tercera fase: Una obligatoria adaptación de los contenidos de las asignaturas que yo impartiría. En otras palabras, ajustar las materias del estilo presencial a la modalidad a distancia.
Dado que los alumnos no me verían físicamente en acción dentro de un aula, ahora era inminente desarrollar clases magistrales con ayudas tecnológicas como PowerPoint, videos, esquemas, diagramas, foros, debates, talleres, análisis, casos y demás. Ya no era un secreto que existían las clases sincrónicas (en tiempo real) y asincrónicas (diferidas); estas últimas dedicadas para tareas y asignaciones de diversa índole.
Dado que ya contaba con las listas oficiales de los alumnos matriculados, decidí aplicar un censo para conocer cuál era el estatus de estos con relación a las tecnologías de comunicación e información. Mediante un cuestionario sencillo me percaté, luego de la respectiva tabulación, que una mayoría sólida de educandos contaba con las condiciones mínimas para afrontar la nueva modalidad virtual.
Esta pesquisa significó la cuarta fase. Cuando ya estaba armado todo el paquete académico, entonces llegó la hora de decidir (quinta fase) cuál plataforma, de las tantas que hay por el ciberespacio, sería la más idónea para impartir mis clases sincrónicas.
A manera de sexta fase, persuadí a varios de mis alumnos para que actuaran como enlaces entre mi persona y mis grupos. Como última fase, antes de comenzar las clases oficiales realicé simulacros con mis estudiantes: comprobamos que Cisco es una plataforma más que idónea para nuestras aspiraciones. Alegría colectiva.
Con el pasar del tiempo he comprendido que, como han observado varios pensadores, la peor educación es aquella que no se ofrece.
El autor es Profesor Titular III en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá


