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Los Siete Reales

Por: Luis Thurber luisthurber@gmail.com | Publicado el: 14 octubre 2019



 

Esa mañana de 1941, los dueños del periódico no sabían que noticia publicar en la portada, sí el último viaje del tranvía de la “Panama Electric Company”, o la noticia que mantenía a la ciudad conmocionada.

El canillita Mario pregona: ¡Han encontrado el tesoro del pirata Morgan! Mario, solo repite lo que le dicen en el local de despacho, ya que aún a sus 11 años no sabe leer.

Todo el mundo compra “La Estrella” esa mañana, como “pan caliente” del restaurante y panadería peruano ubicado a un costado del hallazgo. ¿Quién sería el afortunado de haber encontrado el tesoro?… Capaz es un familiar cercano ¡pa’ pedirle plata! Ya que la cosa aquí en Panamá siempre ha estado dura pa´ nosotros, los de abajo… comentan algunos.

En la portada se ve la foto del ingeniero Rolando junto al capataz Eugenio Andante, este último es un hombre duro de toscas manos y de trato intimidante; que no cualquier obrero puede ignorar, ya que toda su vida ha estado en el negocio de las palas y los bloques.

Después de algunas semanas de infructuosa búsqueda, se retiran los excavadores dejando montículos de lodo rojo y ladrillos levantados por doquier, y no todos en el barrio están satisfechos por esta noticia. Ya que suspendieron los trabajos de la remodelación, aun incluso después que el arqueólogo del Smithsonian dijo que: “Lo que se encontró en Calle Octava Catedral fue una vieja ancla” y descartó que hubiese algún tesoro. Debido a estos atrasos el inversionista desistió de continuar con los trabajos de remodelación del Hotel, contiguo a la panadería y restaurante “Las Líneas de Nazca”.

-- ¿Usted es el encargado de la obra?  Y antes de recibir la respuesta dijo… bueno, yo soy Armando Chumpitaz el dueño de la panadería y restaurante.

--Espero que no estén pensando dejar toda la calle con los inmensos huecos, y lodo por todos lados…  

--Por lo menos tapen los huecos que hicieron en el patio de atrás de mi propiedad… ¡Por favor!

Eugenio Andante no quiere pelea… y se retira con su personal dejándolo… con la palabra en la boca.

Igual que casi todas las noches antes de dormir, Armando, para olvidar las presiones del día, piensa en su tierra Nazca de donde salió dejando a Andrea… La violinista.  Él, mandó varios cables y cartas, pero ella nunca respondió a pesar que esa noche de despedida, le dio lo mejor de ella como prueba de su amor.

Se preguntaba… ¿Sí había quedado algún fruto de eso?… Él todavía la amaba y al recordar sus delicados ojos llenos de lágrimas…sucumbía. Todo esto lo dejaría por ella. Todo esto era para ella… Ya que no quería volver a su tierra sin un dote para la distinguida familia a la que ella pertenecía…  Sin éste, no lo dejarían pasar de la puerta. Pero los años pasaban y era grande el temor por volver y ser rechazado; por lo que prefería vivir mejor el idilio y en su confusión, no sabía que era mejor, volver o seguir todavía mensualmente enviando una carta.

Un domingo molesto porque le habían dejado los montículos de tierra en el pequeño patio de atrás de su negocio, tomó él mismo una pala que usó para llanear y al esparcir la tierra… Escuchó algo que sonó al aplanar con ésta. Al principio creyó que era una piedra, pero tenía brillo… ¿Qué era eso? Tomándola la lavó con cuidado y vio un Real de la Corona Española.

A partir de ese momento, en uno de los cuartos que colindaba con la remodelación paralizada, levantó las tablas y comenzó a hacer un profundo hoyo. Y casi al borde del suelo… Encontró una segunda moneda… Pero… ¿Cómo haría con la tierra, sí seguía excavando?

Al comienzo aparecieron cúmulos de tierra sobre algunos montículos; pero tendría que buscar otra forma y ser más cuidadoso, ya que algunos habían escuchado las paladas en la noche… Por lo que aprovechó y difundió la vieja leyenda que: “El pirata que abrió el hueco para enterrar el tesoro de Morgan, había sido asesinado y echado en el hoyo para que no dijera nada” … Y eso le paraba los “pelos de punta” a la gente del viejo vecindario, que optaron por casi no pasar a altas horas por allí.

Una mañana lluviosa sin previo aviso llegó un joven, su cara le pareció familiar, sus ojos le recordaban a alguien…  Pero… ¿A quién?  El joven preguntó por el Sr.  Chumpitaz. Antes de explicarle el motivo de la visita, bajó la cabeza para disimular sus lágrimas. Luego le entregó una caja con un viejo violín y una carta que decía: “Armando amor mío, estos son los dos sujetos más adorados por mí, y te los devuelvo… El producto de nuestra única noche juntos… Y el violín que me regalaste… Siempre te amaré… Andrea.

Armando preguntó por su amada Andrea… El muchacho contestó: Mi mamá murió hace tres meses y me dio esta carta; y con el poco dinero que nos quedó, viajé hasta aquí… Ya que mis dos tíos y mi abuelo, no nos quisieron en su casa… Y ha sido duro todos estos años poder sustentarnos, con solo el talento de los toques de violín de mi madre en los parques.

Armando disimuló otra lágrima… mientras escuchaba al joven hablar. (…)

Desde ese día, yo lo ayudó en todo, aunque todos dicen que está medio loco, ya que, teniendo una casa, duerme en ese cuarto atrás del negocio donde no deja entrar a nadie.  Todos comentan de los fantasmas y piratas que asustan en las noches y dicen que por eso es que el viejo Chumpitaz anda así… Pero mi padre, me pidió que “calentara” la casa que compró y terco él, se queda solo aquí en el negocio…  Y no hay forma de convencer al viejo, muy anciano ya… Algunos se ríen porque cambia siempre de candados, y les dijo a los empleados que no quería “Chismosos” cerca al patio de atrás. (…)

Hoy vengo del hospital, mi corazón está destrozado, siento que son pocos años los que lo tuve. Todos dicen que fue un gran hombre, hasta en el restaurante le colocaron una placa como “Hijo Meritorio del Barrio”, aunque era “El Extranjero del barrio Catedral”.

Al abrir el misterioso cuarto, encuentro mucha tierra roja en una esquina y un profundo hueco hacia el terreno de al lado… ¡Milagro que con las lluvias todo esto no se ha derrumbado!… A un costado de su humilde cama veo una vieja foto de mi madre, su violín y la carta que le traje. Y debajo un pequeño cofre, con siete Reales de oro de la Corona Española.

Yo soy el hijo de ése inmigrante ahora, dueño del restaurante y de los siete Reales …Ssshhhh…   Solo te pido un favor…No se lo digas a nadie.

Y desde esa noche para todos en el restaurante… toco el viejo violín, mientras recuerdo a mi madre…

El autor es Alférez egresado de la Escuela de Oficiales de la Benemérita Guardia Civil del Perú.

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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