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Por: Maribel Wang | Publicado el: 15 mayo 2018



En ese aticulo presentamos las palabras de la profesora Maribel Wang, fue una carta de despedida que dejo aqui en la Facultad de Economía del CRUA, en Agradecimiento por la oportunidad que se le dio de ser docente en este centro de enseñanza superior.

En el segundo semestre del año 1999, por justa indicación de un profesor cuyo nombre melodioso siempre recordaré (Ciro De la Victoria), compré un libro de solapas azules, en cuya página 275, capítulo 11, introducía a un esplendoroso autor con una frase inmortal: el hombre cuyas ideas cambiaron la mitad del mundo, nació en Tréveris, Prusia, en 1818. Podrán imaginarse que se hacía referencia a Karl Marx. En una sintética biografía, los autores del libro iniciaban otro párrafo más adelante, con una descripción que aún hoy me eriza: A partir de 1857, un verdadero mar de tinta brotó de la pluma de Marx Aquella fue una revelación incomprendida. Nunca pude entender, hasta hoy, por qué esa frase no lograba olvidarla. Algo hay de cierto en que para algunas cosas se nace. Aquella dualidad economía-literatura, era el binomio perfecto en mi vida.

De allí empecé a amar la academia, pero situaciones económicas adversas, me llevaron a no discriminar ocupación alguna, y de oficio en oficio, llegué  a la banca. La universidad la visualizaba como una posibilidad remota y lejana. En el año 2008, el CRUA me abre las puertas con un curso de especialización. Nueve años después, el mismo centro volvía a recibirme por todo el año, como Docente Especial. Lejos estarían mis colegas de imaginarse lo que eso representó para mí. Para mis adentros, había ocasiones en las cuales, reía; otras, en las cuales la emoción me traicionaba y lloraba

Cada paso que daba, cada respiro, cada espacio visual que apreciaba, cada persona, en su individualidad, era resguardado en mi corazón con especial significación. Aunque llevaba para el año pasado, prácticamente once años de trabajar como docente en las universidades privadas, el arribar a mi alma máter, como docente, fue el sueño mil veces añorado, y fue como empezar de cero

Volviendo a empezar entonces el conteo de la docencia, ahora con la Universidad de Panamá como empleadora, está de más decir que llevaba demasiada ansiedad sobre mis espaldas. Una ansiedad inusual, que me ataba pasos y acciones. En eso me recibe cordialmente el profesor Jorge Castillo, ante un ramillete de catedráticos que pululaban en el devenir usual de los primeros días de clase. Su recibimiento natural, sus palabras calmadas y familiares, aminoraron es estrés. Pero de repente irrumpió por el pasillo el taconeo de una dama elegante, y su esencia envolvió la estancia: la profesora María Pedreschi, quien, en búsqueda de un marcador para su clase, me regaló una de las primeras sonrisas de bienvenida, al tiempo que lanzaba con su sola presencia, el reto de un perfil docente en mi propio género, admirable. Ese vaivén de emociones, fue suavizado posteriormente con la sola presencia del profesor Daniel Rodríguez, quien parece llevar en la sangre eso de que en Chitré nadie es forastero. Su estilo desenfadado, me hizo sentir que las cosas estarían bien, que no había por qué preocuparse.  Que allí estaban para ayudarme y para resolver.

A los días conocí a una profesora cuya mirada y sonrisa no podían menos que inspirar confianza, seguridad y afecto, la profesora Mayra Peralta, quien inevitablemente hace pensar en las flores, con su derroche de delicadeza y femineidad. Y, con el transcurrir de los días, tanto estudiantes como docentes, me citaban con insistencia a otra colega cuyos rasgos académicos denunciaban a una excelente profesional: la profesora Adys Pereira. Su persona superó las expectativas, que no eran bajas, por cierto, sino que su esencia, profesional, genérica y como colega, me inspiran. El profesor Hernán Pardo, manteniéndome siempre informada de las actividades, me hacía sentir un miembro más de la familia, que ha de enterarse de los pormenores que en ella acontecen.

Un día cualquiera, el profesor Castillo, quien tiene por costumbre otorgarme más del mérito que merezco, me lanzó el reto de que participara del Congreso Científico como expositora.  Aunque honraba, sentía que aquella propuesta era disparatada. Y recordé que estaba haciendo un trabajo en torno al dinero, de modo que me di cuenta que los caminos del Señor encontraban en la humildad del profesor Castillo, un vehículo expedito para concretizarse. Y como si se tratase de todo un personaje, me aborda posteriormente la licenciada Griselda Contreras, para publicar una nota de prensa por la presentación en el Congreso. Aunque habitual en este tipo de eventos, el que se fijase en esta servidora, con todo el peso de su profesión periodística y su marcado profesionalismo, me honró en grado sumo. Publicó una nota que aún hoy, me place consultar para volver a recrear ese momento.

Lejos estaría el profesor Quezada de imaginarse que, con su observación, en la fase de preguntas de la conferencia que dicté aquella vez, aduciendo que me adentrara en el pensamiento de  Karl Marx, volvería a remover la misma inquietud del primer semestre de 1999, cuando iniciaba una carrera en esta facultad, y me maravillaba de la vida de este interesante autor. Recuerdo que en el receso de aquella jornada reí sola, por los pasillos.  Nadie podía imaginar el gozo de todo lo que estaba viviendo. Como tampoco nadie podía arrebatarme aquellos momentos, en los cuales veía concretizar un sueño que se gestó desde mis días de estudiante.

Mi primera Junta de Centro fue también una novedad inolvidable. El profesor Leonardo Collado con su enérgico estilo y su intensa actividad, hace sentir que se está bajo el liderazgo de una persona confiable y firme. Mi natural introversión me impidió siempre dirigirme a su persona, otorgarle ese apretón de manos en agradecimiento a la confianza depositada en permitirme haber sido docente de la Sede.

Ocú me lo llevo también, entero en mi corazón, con su personal y sus estudiantes, con sus calles con sabor a pueblo, con su pan, y su San Sebastián. Ocú siempre me supo a mi natal Remedios, en la hermana provincia de Chiriquí. Más grande, más desarrollado, pero ameno, cálido, entrañable, musical y literario. Ocú es poesía pura.

La profesora Celia Fleck, el profesor Solís y el profesor Néstor, fueron igualmente siempre, muy cordiales y atentos con esta forastera, así como Katherine, quien, con su asombrosa eficiencia, no dudo que conquistará prontamente las metas que se ha propuesto y por las que lucha arduamente.

El profesor Rufino, con la característica humildad de los genios puros, me hizo recordara a Cantillon, Marx, Friedman e incluso John Nash, sólo que lúcido y sin los fantasmas del delirio.

La administración siempre cálida, hacendosa, diligente. Ocasionalmente, cuando me lanzaba por aquellos pasillos a ordeñar el artilugio del café, una palmada en el hombro del profesor Temístocles, me hacía sentir que estaba en casa. Qué maravillosa persona, al frente de la Secretaria Académica.

Ignoro qué concepto tendrán de mí, pero yo me llevo la mejor de las impresiones del CRU de Azuero, con sus pasillos impecables, su corazón de árbol de mango, sus bancas pulcras, sus baños limpios, su gente siempre sonriente y presta en dar los buenos días. En el CRUA empecé un sueño que ahora espero proseguir, adonde Dios me lleve, de la mejor manera.

Gracias por permitirme formar parte de este prestigioso Centro. Espero que me perdonen por haberme comportado como las implacables leyes del mercado, aprovechando las oportunidades y quedándome en el centro más cercano para aminorar tiempo y costos en materia de transporte. No se indignen por aspirar a dejar la puerta abierta, los responsables de esa intención, son ustedes con sus atenciones y cariño.

El CRUA, con toda su gente, estará siempre en mi corazón.

Muchas gracias, eternamente.

Maribel Wang

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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