Narco cultura: Su influencia en los jóvenes
Son las tres de la tarde en la ciudad de Panamá y está cayendo como de costumbre, para esta época de julio, una lluvia torrencial. Me resguardo en uno de los puestos que venden mercancía en la esquina del antiguo McDonald 's de la Plaza 5 de mayo y me dirijo al dueño con una mirada aguardando su aprobación para guarecerme. Él, con una leve inclinación de la cabeza, me da el sí.
Miro a mi alrededor y me percato de lo llamativo de su mercancía, camisetas de todo tipo y marca, pero detengo la mirada en unas franelas que tienen estampada la cara de Pablo Escobar y su famosa frase “Plata o Plomo”. Escobar, el famoso narcotraficante colombiano líder del Cártel de Medellín, quien aterrorizó a todo un país, estaba allí viéndome fijamente. Treinta y un años después de su muerte sigue tan presente como si estuviera vivo.
Nacido el 1ero de diciembre de 1949 en Rionegro, Antioquía, hijo de campesinos, inició su vida delictiva contrabandeando en la década de los 60 y luego se dedicó a la producción y comercialización de la marihuana y la cocaína en los 70 y 80, época de “la bonanza marimbera”, convirtiéndose por muchos años, según la revista Forbes, en uno de los hombres más ricos del mundo, acumulando una inmensa fortuna entre bienes y efectivo.
Fue el autor intelectual de varios asesinatos entre ellos el de Guillermo Cano, director de El Espectador; Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia; y, Luis Carlos Galán, candidato presidencial.
Sin embargo, no serían las únicas muertes que le fueran atribuidas. De acuerdo con el especial de la Revista Semana titulado “Las cifras del mal: la violencia de Pablo Escobar”, se le atribuyen 632 atentados que dejaron aproximadamente 402 civiles muertos y 1,710 lesionados, 550 policías muertos, por los cuales pagaba en promedio 2 millones de pesos, 195 bombas, 111 pasajeros asesinados a causa de una bomba que detonó minutos después que despegará el vuelo de Avianca HK1803.
Está demás decir que, gracias a esta barbarie desatada, Escobar se convirtió en el enemigo número 1 de Colombia y de Estados Unidos.
El terror llegó a su fin el 2 de diciembre de 1993, cuando el Bloque de Búsqueda y los Pepes (los exsocios perseguidos por Pablo Escobar), lo ubican en la casa donde se escondía en Medellín, siendo abatido a tiros cuando intentaba huir por el techo. Recuerdo haber visto las escenas en la televisión, y a mi madre brincando de alegría por su muerte.
Nadie tenía idea que este no sería el fin del narcotráfico sino más bien la inmortalización de este a gran escala y surgiría entonces el término que hoy conocemos como “narcocultura”, el cual se extendería a Estados Unidos y México, principales rutas del tráfico de estupefacientes.
La Narcocultura: estética y ética
Se define como “narcocultura” a la influencia cultural ejercida por el narcotráfico en la sociedad, desde la estética hasta la ética. La “narcoestética” se caracteriza por la ostentación y exageración de lujos: autos caros de alta gama, joyas, fincas, mujeres esbeltas, es decir, un estilo de vida lujoso y excesivo, la cual es expresada en la música (los famosos narcocorridos mexicanos), el cine y la televisión.
En lo que respecta a la ética, esta se basa en el poder del dinero (el dinero lo compra todo), el irrespeto a las normas y la violencia. Se desarrolla un lenguaje propio para referirse a armas, drogas, sexualidad y muerte. Esta se fue consolidando mediante la difusión mediática del estilo de vida de los narcotraficantes.
El estilo de vida centrado en la narcocultura idealiza una condición de grandeza en donde el consumo suntuario y el éxito rápido se cristalizan. Es aquí donde yace el peligro.
La narcocultura y los jóvenes panameños
La romantización de la violencia, del consumo de drogas y del sexo han creado en los jóvenes la percepción de que ser un narcotraficante trae estatus y respeto. Gran parte de esta percepción es gracias al boom de series televisivas que exaltan este estilo de vida. Series como Las Muñecas de la Mafia, el Señor de los Cielos, El Cartel de los Sapos, Rosario Tijeras, entre otros, crean una expectativa falsa.
Panamá no escapa de esta realidad. El Distrito de San Miguelito, por ejemplo, ha sido secuestrado por el crimen organizado y/o pandillas, con el fin de ejercer un control territorial para traficar con toda tranquilidad. Esto ha traído como consecuencias un aumento en las cifras de homicidios registradas.
El ex jefe de Cartera del Ministerio de Seguridad Pública, Juan Pino, afirmó en una entrevista a Mi Diario que “el 45% de los crímenes que se comenten en el país ocurren en este distrito” y casi todos están asociados con el tráfico de drogas. Una cifra aterradora.
Si bien es cierto que no hay una prueba certera de que la narcocultura ha ejercido una influencia directa en la juventud panameña, queda claro que cada día son más los jóvenes que caen en las garras de las pandillas y las drogas. Es necesario la intromisión de las entidades gubernamentales para minimizar la vulnerabilidad de la juventud, mediante la creación de programas vocacionales y centros de atención con personal especializado presentes en cada uno de los corregimientos que conforman San Miguelito.
Es el deber de todos, del gobierno y la sociedad civil, proteger de la mejor manera posible a nuestros jóvenes. A los padres, les hago un llamado de atención, para que tengan un puente de comunicación con sus hijos, que éstos no sientan temor al hablarles de cualquier cosa, a fin de cuentas, en la mayoría de los casos los que mejor conocen a sus hijos son ustedes.
La autora es Estudiante de Periodismo


